28 de marzo de 2012

El nudista errante


Diecisiete veces ha terminado entre rejas Steve Gough, y todas ellas por una simple razón: andar desnudo. En cueros vivos cumple la última condena de 657 días por alteración del orden público. Sus carceleros en la prisión de Perth (Escocia) son inflexibles con él: si no se pone la ropa, no sale de la celda.
    
Y ahí sigue el nudista en chirona, exhibiendo sin pudor su ajada piel (52 años), clamando por la máxima expresión de “la verdad y de la libertad”, que para él consiste en desprenderse de toda ropa.
Gough asegura tener a su lado la Convención Europea de Derechos Humanos, pero los jueces británicos han sido implacables, sobre todo en Escocia. De poco han valido las peticiones a favor de su puesta en libertad de decenas de grupos nudistas de todo el mundo. De poco también la campaña orquestada por en Facebook, y las súplicas de su ex compañera Malanie Roberts, con quien recorrió de norte a sur el país en aquel documental que inmotalizó como The Naked Rambler.
    
“Vivo a un nivel más profundo”, confiesa el “nudista errante” al Guardian, que le enrevistó en su salsa y sin salir de la celda. “A veces me levanto por las mañanas y pienso: ¿qué estoy haciendo aquí? Pero lo que estoy haciendo va más allá de mí. Estoy retando a la sociedad, porque la sociedad se equivoca”.
      
“Podemos vivir la vida que otros esperan o podemos vivir nuestra auténtica verdad”, asevera Gough entre barrotes. “La diferencia es entre una vida consciente y una vida consciente. Para mí es la misma diferencia entre vivir o no vivir”.

       
La epifanía nudista, confiesa, le llegó mientras estaba viviendo en Canadá. Atrás quedó su pasado bélico como miembro de la Royal Marines, atrás también su vida prosaica como conductor de camiones o su búsqueda de estilos de vida más o menos comunales. Por el camino se quedaron también su ex mujer y sus dos hijos. Con la mochila a cuestas, se fue a vivir a Vancouver, y ahí fue donde experimentó la transformación...
    
 “Me di cuenta de que soy bueno. A un nivel elemental, todos somos buenos si somos capaces de creer en la parte más fundamental de nosotros mismos... Un día me levanté a desayunar desnudo, y eso fue todo. A mi familia no pareció molestarle”.
     
Los problemas empezaron a su regreso a Easleigh, en Inglaterra, donde se fue a vivir con su madre. Un día salió a hacer la compra desnudo y se montó un gran revuelo. Acabó en comisaría, pero al poco le soltaron porque la policía fue incapaz de responder a su pregunta: “¿Acaso es ilegal caminar sin ropa por la calle?”.

      
Tras esa experiencia agridulce –hubo quien siguió sus pasos y decidió desnudarse-, Gough decidió cargar con los bártulos y lanzarse a la carretera, haciendo proselitismo de la “libertad máxima”. Con el tiempo encontraría a una incomparable compañera de viaje, Melanie Roberts, que compartió sus peripecias en cueros durante varios meses. Hasta que les echaron el guante, en las cercanías de Edimburgo, y la cosa empezó a ponerse cruda. Con todo su pesar, y aunque compartía en el alma su filosofía de vida, Roberts se separó de Gough porque no quería pasarse la vida de cárcel en cárcel.
      
La gota que colmó el vaso fue en el 2066 durante un vuelo, otra vez rumbo a Edimburgo. Embarcó vestido, pero salió desnudo de los servicios del avión y contribuyó a una especie de motín a bordo. Nada más aterrizar fue detenido, y desde entonces ha pasado más tiempo entre rejas que al aire libre.
     
La última vez lo arrestaron al minuto escaso de salir de la cárcel de Perth, cuando no pudo reprimir el impulso y se desnudó en la misma puerta. Se dejó poner las esposas porque sabía lo que le esperaba. Y desde su celda de confinamiento, tal y como vino al mundo, defiende ahora su cordura a prueba de ropajes: “Me hacen evaluaciones mentales, pero estoy bien. Estoy en lo más alto de mi juego mental: tengo una claridad envidiable”
 
Carlos Fresneda / Londres
Publicado en El Mundo, papel

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