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¡A la ecología por la economía!

Thomas Kolster, de WhereGoodGrows.

La economía es de Marte, la ecología es de Venus. Lo que hemos vivido en las últimas décadas es el permanente desencuentro entre las dos ramas que, se supone, deberían brotar del mismo árbol. Pero las dos “ciencias” han estado durante mucho tiempo a palos y es ahora cuando recogemos los frutos… podridos.

La economía y la ecología deben encontrarse necesariamente en la Tierra, y en eso estamos. Al fin y al cabo, la raíz es la misma: “oikos”, la casa (o sea, el planeta que nos da cobijo). La diferencia está en todo caso en la “savia”: una debería velar por la administración y la gestión de los recursos, y la otra por el conocimiento y por el cuidado de ese gran ser vivo que llamamos Gaia.

Después de la delirante aventura interplanetaria, el aterrizaje forzoso del 2008 debería servir finalmente de punto de encuentro… “¡A la ecología por la economía! (y viceversa)”, como hace poco le oí proclamar a nuestro amigo y director de EcoHabitar Toni Marín, uno de los primeros en olerse la inevitable convergencia.

Los tiempos están cambiando, que diría Bob Dylan, y esta misma semana ha saltado la liebre del marido economista y la esposa ecologista… Pues resulta que al gobernador del Banco de Canadá y futuro gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, le ha salido una mujer muy “verde” (en el buen sentido).

Diana Carney, la esposa del banquero, ha expresado sus simpatías por el movimiento “Occupy” y ha reconocido que la “desigualdad económica” es el problema más grave de nuestro tiempo. A sus 46 años, ha decidido recuperar la infancia perdida (hija de un granjero) y convertirse al “credo verde”, montando en bicicleta, cultivando sus verduras y recomendando “frugalidad” frente al hiperconsumismo en su propio blog.

Los canadienses no ven nada extraño en el matrimonio entre el economista y la ecologista (más allá de la contradicción de vivir en una confortable mansión de un millón de euros en Ottawa). Los medios británicos, sin embargo, se han llevado las manos a la cabeza y han condenado a la mujer del banquero como “anti-capitalista” y “eco-guerrera”… Vuelta a empezar.

Lo último que necesitan la economía y la ecología es una nueva guerra, después de las armas de destrucción masiva empleadas para negar el cambio climático. Llegados a este punto se impone necesariamente una tregua, como la firmada esta misma semana en Londres en la conferencia “Sustainable Brands”. 

Había que haber visto a Paul Gilding, ex director ejecutivo de Greenpeace y autor de “La gran disrupción”, dando una lección de futuro a los empresarios y a los expertos en marketing: “Hemos llegado al “pico” del estado de negación en el que vivíamos. La economía necesita tocar tierra y recuperar su propósito real: mejorar nuestras vidas”.

La economía necesita aprender de la ecología y alinearse con la naturaleza. Y la ecología tiene que aprender de la economía y hacerse más práctica. Una y otra deben sacar partido de la “colaboración”, la palabra clave en el mundo que viene, en opinión del creativo iconoclasta Thomas Kolster, que pronto lanzará la mayor plataforma colaborativa “on line” para el cambio social: WhereGoodGrows Donde Crece lo Bueno…

Carlos Fresneda
Publicado en el blog Realidad Paralela de El Correo del Sol 

Esposa 'indignada' de banquero

Casada con el nuevo gobernador del Banco de Inglaterra, está siendo crucificada por la prensa como 'anticapitalista' y ecologista radical

A los británicos les ha sentado muy mal que tenga que venir un banquero canadiense, Mark Carney, a sacar las castañas del fuego. Pero peor aún que ver a un extranjero sentado en el “trono” del Banco de Inglaterra es si acaso el credo “verde” de su mujer, Diana, nacida en Gran Bretaña, simpatizante del movimiento “Occupy” y ecologista activa, de ésas que va a todos los sitios en bicicleta, que cultiva sus verduras en el patio trasero y que recomienda que consumamos menos y de un modo responsable en su propia web.
      
Con la inquina habitual, la prensa conservadora británica se ha lanzado sobre la yugular de la esposa del banquero, crucificada a toda página como “anti-capitalista”, “anti-sistema” y “eco-gerrera”. La campaña emprendida por el Daily Mail y el Daily Telegraph amenaza con no dar tregua, y la propia Diana Fox Carney, 46 años, ha tenido que parapetarse y recibir con un portazo a la canallesca.
      
Diana llevaba una vida más o menos plácida en su país adoptivo y en uno de las zonas residenciales más caras de Ottawa, Rockcliffe Park. Pese a la aparente contradicción (el matrimonio y sus cuatro hijas viven en una mansión de más de un millón de euros), la mujer del hasta ahora gobernador del Banco de Canadá pudo circular tranquilamente por el “carril bici”, calzar unas alpargatas de fibra vegetal de diez dólares y hacer guantes para sus hijas con jerseys usados sin que nadie la señalara con el dedo.


Pero aquí está la prensa británica, que no escarmienta, indagando en los detalles escabrosos de su “doble vida” y prometiendo nuevas y jugosas exclusivas que tal vez acaben comprometiendo el nombramiento de Mark Carney, quien por cierto tendrá que pedir la nacionalidad británica antes de dar el salto a la City (donde ganará 624.000 libras al año, uno 750.000 euros).
     
En Canadá, el matrimonio entre el financiero y la ecologista no causó apenas controversia, ni siquiera cuando ella aceptó la vicepresidencia de Canada 2020 (uno de los “think tank” más a la izquierda), ni tampoco cuando creó su propia web haciendo proselitismo de la frugalidad.
     
El año pasado, en plena eclosión de los “indignados”, Diana Carney se desmarcó con unas declaraciones a la web iPolitics arremetiendo contra “las instituciones financieras podridas e indadecuadas”, asegurando que la desigualdad económica “es la gran cuestión de nuestro tiempo” y justificando las acciones del movimiento Occupy como expresión de “la frustración popular”.
    
La prensa británica desempolva ahora sus declaraciones como si fueran “la prueba del delito”. Todos sus hábitos, desde el uso de un pintalabios “ecológico” al hecho de ir a todas las partes con su termo, se ven como “sospechosos”. Su libro favorito, “The Spirit Level” (la obra de Richard Wilkinson y  Pickett que convirtió la desigualdad en un palpitante tema político) ha sido condenado poco menos que como un libelo. Y los ataques no han hecho más que empezar…
     
Su propio padre, Christopher Fox, propietario de una granja industrial de cerdos, ha reconocido que su hija “siempre tuvo algo de eco-guerrera”. Aunque estuvo interna en uno de esos carísimos colegios privados de la campiña inglesa y estudió Filosofía, Política y Económicas en Oxford, la chica se rebeló a su manera y triunfó en el equipo femenino de hockey. Mark Carney también daba codazos sobre el hielo, en el equipo masculino de Oxford, y así fue como se conocieron.
     
Diana estudió luego Relaciones Internacionales en Pensilvania y trabajó como asesora económica y agrícola, mientras su marido medraba en el mundo de las finanzas y rompió el techo del millón de dólares al año con apenas treinta años y en Goldman Sachs. Aparentemente, fue ella la que le hizo poner los pies en la tierra y salir justo a tiempo de la burbuja financiera, en febrero del 2008, para convertirse en el gobernador más joven en la historia del Banco de Canadá.
      
Puestos a definirse a sí misma, la propia Diana admite que no es una “eco-purista”. Por experiencia propia, tal vez, reconoce que “la acumulación de cosas materiales no nos hace felices”. Y aunque está contenta por el “ascenso” de su marido, digamos que no se muere de ganas por regresar a su tierra y ponerse a tiro de la canallesca: “Canadá es un país difícil de dejar. Volveremos en cinco años”.

Carlos Freseneda / Londres
Publicado en la contra de El Mundo el 29.11.2012

Simplicidad para tiempos difíciles

Cecile Andrews, en un café de Seattle.

   Cecile Andrews, en un café de Seattle.
"Irónicamente, la crisis económica está obligando a mucha gente a cambiar". Lo atestigua desde la lejana Seattle Cecile Andrews, mientras apura un té en The Green Bean, la cafetería local que ocupó el espacio dejado por un McDonald's. "Conforme la economía hace aguas, la gente se ve obligada a salir de la rueda de consumismo y a conectar con otra gente. Sólo así, creando comunidades conectadas, es como podemos aspirar a eso que llamamos felicidad".

La primera vez que quedamos con Cecile Andrews fue hace quince años, en otro cálido y agradecido café local (The Honey Bear) y en una atmósfera bien distinta. Eran los años "prósperos" de la década Clinton, cuando un nutrido grupo de norteamericanos decidió plantarle cara a la cultura dominante y poner en marcha el movimiento de la "simplicidad voluntaria".

El autor de 'Walden', Henry David Thoreau, era entonces la guía filosófica y vital: "Me siento agradecido por lo que soy y tengo. Es sorprendente cómo uno puede darse por contento con nada en concreto, sólo con un sentido de la existencia. Me río cuando pienso en mis vagas e indefinidas riquezas. Mi 'banco' nunca podrá agotarlas, porque mi riqueza no está basada en las posesiones sino en el disfrute de la vida".

Andrews nos vuelve a recordar las palabras siempre proféticas de Thoreau, que parecen escritas expresamente para estos tiempos difíciles: "La mayoría de los americanos están muy confundidos sobre la felicidad y han propagado esa falsa idea por el planeta. Creen firmemente en que si eres rico, eres feliz. La gente cae en la trampa de la competición y la independencia, hasta acabar terriblemente solos y endeudados".

En 'Auténtica Felicidad', Martin Seligman ya advirtió que el dinero -una vez satisfechas las necesidades básicas y un mínimo de bienestar- no contribuye apenas a hacernos más felices. El factor más importante, a título individual, es encontrar "un significado a la vida", embarcarse en una meta o en una causa superior que sirva de acicate y estímulo.

Andrews, que organiza tertulias sobre 'La Felicidad y la Nueva Simplicidad', nos invita a ensanchar aún más del concepto, siguiendo la ruta trazada por los científicos Richard Wilkinson y Kate Pickett en 'Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva'.

"¡Demasiado dinero puede hacernos menos felices! La desigualdad económica ha dinamitado la cohesión social. El 'bache' de la riqueza ha servido para romper las conexiones y crear una cultura de 'tú eres lo que posees', en vez de fomentar una cultura basada en el bien común", explica Andrews.
A los hechos nos remitimos: el Indice de Felicidad del Planeta revela que son las sociedades más igualitarias y con mayor eficiencia ecológica –como Costa Rica- las que van a la cabeza (España hace la número 76 y Estados Unidos, la 114). A nivel mundial, y pesar de la crisis, hay ya una tendencia imparable a bajar del pedestal el sacrosanto Producto Interior Bruto y redefinir la felicidad y el bienestar de las sociedades, siguiendo las recomendaciones del premio Nobel de Joseph Stiglitz.

Andrews, autora entre otros libros de 'Menos es Más', tiene muy clara cuál es la pregunta y cuál la respuesta aún en tiempos como los que vivimos: "¿Qué nos hace más felices? ¡Los lazos sociales! El nuevo camino hacia la simplicidad pasa necesariamente por la creación de una comunidad activa. Y en los movimientos Occupy y Transition se están plantando las semillas: gente unida por el entusiasmo de la acción colectiva, al encuentro de más gente para marcar la diferencia". La iniciativa Occupy ha puesto el tema de la desigualdad sobre la mesa, mientras que Transition aboga por la relocalización de la economía y la adaptación al cambio climático y la crisis energética.

Carlos Fresneda (Corresponsal) | Londres