Mostrando entradas con la etiqueta Annie Leonard. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Annie Leonard. Mostrar todas las entradas

Hacerlo mejor


"Más es mejor". La regla de oro de la economía vuelve a cabalgar por sus fueros en la última curva de la recesión. La máxima aspiración de los políticos es volver a funcionar como antes, de ahí el empeño por tenernos a todos pendientes del aumento del PIB, aunque no sepamos realmente lo que estamos midiendo.
"Para los economistas, no hay distinción entre el dinero gastado en hacer la vida mejor y el dinero gastado en hacer la vida peor", apunta Annie Leonard, la experta en desarrollo sostenible y cooperación internacional que se hizo mundialmente famosa con el vídeo de 'La historia de las cosas'. "El PIB es un cajón de sastre donde todo cabe por igual, desde el dinero invertido en educación al dinero gastado en cárceles, en armas o en medicamentos".

Arropada por los dibujos de Free Range Studios, los mismos que sirvieron para ilustrar los efectos de la sociedad de consumo en plena era de la vacas gordas, Leonard vuelve estos días a la carga con 'La historia de las soluciones', donde propone un cambio fundamental en la ecuación.
"En el Juego del Más, los políticos celebran el crecimiento de la economía al mismo tiempo que nuestra salud se deteriora, que el bache entre ricos y pobres se agranda y que los casquetes polares de derriten", advierte Leonard. "El PIB se ha convertido en la regla de oro de la economía, pero en realidad no nos dice nada de cómo lo estamos haciendo como sociedad".

"¿Qué ocurriría si cambiáramos el objetivo el juego?", se pregunta la comunicadora ambiental más efectiva y directa de Norteamérica. "¿Qué pasaría si la meta de la economía no fuera más sino mejor: mejor salud, mejores trabajos, mejores posibilidades para sobrevivir en el planeta? ¿No saldríamos ganando todos?".

'La historia de las soluciones' vino precedida de 'La historia del cambio', nacida de la frustración de Leonard tras los primeros cuatro años de presidencia de Barack Obama. Convencida de que el cambio personal no es suficiente, Leonard hacía una llamada a la movilización ciudadana para buscar alternativas reales frente a la parálisis política.

 
"No basta con 'ser el cambio que quieres ver en el mundo', como decía Gandhi", se lamentaba Leonard. "Hemos llegado a un punto en que es imprescindible una acción colectiva para forzar los cambios necesarios en el sistema".

"Las pequeñas acciones están bien, pero no son suficientes, ni van a servir para 'salvar el planeta', como leemos en las portadas engañosas del perfecto consumidor 'verde'", se lamenta la comunicadora californiana. "Si los cambios se quedan en uno mismo, si se limitan a los aspectos materiales, nos van a servir para lavar nuestra conciencia de consumidores y poco más".

En 'La historia de las soluciones', Leonard vislumbra sin embargo los cambios que se están produciendo a nivel local, desde la explosión de cooperativas al auge de la economía colaborativa, pasando por el cúmulo de iniciativas para regenerar el tejido productivo de las ciudades. A escala local, de la ciudad Cleveland al pueblo italiano de Capannori, se está empezando a funcionar con otra ecuación que, a su entender, tendría la capacidad de transformar toda la economía desde la base.

"Será duro cambiar el propósito de la economía de un día para otro", advierte Leonard. "Pero poniendo el énfasis en soluciones transformadoras, se puede llegar a un punto de inflexión y hacer que el nuevo objetivo sea precisamente éste: hacerlo mejor. Creo que el cambio es totalmente posible en una generación, pero antes tendremos que plantarle cara a los predicadores del 'Más es Mejor'".

Como botón de muestra, Leonard habla del vertiginoso avance experimentado en apenas cinco años por los teléfonos móviles. "De la noche a la mañana, los teléfonos son ya ordenadores, cámaras, GPS, aparatos de música y muchas otras cosas más. Si el mismo esfuerzo de cientos de expertos para buscar soluciones y hacerlo mejor, se pusiera en los sectores más apremiantes de nuestra economía, otro gallo cantaría".

Pero los móviles, convertidos también en el último fetiche consumista, son para Leonard el espejo cóncavo al que nos seguimos mirando como sociedad: "Somos mejores jugando, pero hemos elegido el juego equivocado".

En 'La historias de las cosas' -un fenómeno viral en la Red, con 12 millones de pinchazos- Annie exploraba el ciclo completo: de la producción a los residuos, pasando por la distribución y el consumo, para hacernos ver los excesos de un sistema que hace aguas ante nuestros ojos. Aquel vídeo fue un auténtico viaje al fondo de la Tierra (y a todo lo que los humanos estamos haciendo con ella), fruto de su experiencia en cooperación internacional en Bangladesh, India y Haití.

A sus 49 años, Annie Leonard recuerda sin embargo cómo empezó a atar cabos ya de niña, cuando preguntaba por la invisible conexión entre la desaparición del bosque y la expansión de los centros comerciales en su Seattle natal. Su verdadera iluminación ocurrió en el vertedero de Fresh Kills, que durante medio siglo digirió más de 11.000 toneladas diarias de basura en Nueva York.
"Cuando lo cerraron en el 2001, la montaña de desechos era 25 veces más alta que la estatua de la Libertad", recuerda. "Aquella visión impactante me dio mucho que pensar. ¿Quién puede haber concebido este sistema tan monstruoso? ¿Cómo permitimos que esto siga ocurriendo? Yo misma no acababa de entenderlo: tardé 20 años en hacer la conexión".

Después de concentrar sus energías en hacer visible el problema -la cultura del 'más es mejor'-, Annie Leornard se ha propuesto ahora explorar las soluciones con esta nueva serie que arranca con el vídeo 'The story of solutions', traducido para la ocasión por El Correo del Sol. Con su veta crítica habitual, pero con su rabioso y contagioso optimismo, Leonard vislumbra la llegada del nuevo paradigma que podría acabar de un plumazo el modo en que funcionan las empresas y se organizan las sociedades humanas. Hacerlo mejor: ni más ni menos.

Publicado en El Mundo.es

¿Cambiamos el mundo?


Hay dos maneras de “cambiar” el mundo. Una: empezando por uno mismo y predicando con el ejemplo. Otra: lanzándose sin más a la acción colectiva y directa.
Las dos estrategias tienen sin duda sus riesgos… Unos terminan despegando los pies del suelo, emboscados sin remedio en su laberinto interior, cuadrando la postura del loto y mirándose a todas las horas al ombligo. Otros no acaban de poner los pies en la tierra, se olvidan de sí mismos y se dejan la piel en la persecución de una quimera que queda demasiado lejos.

Todos los que experimentamos ese impulso por “cambiar” el mundo nos hemos movido entre los dos extremos y ahí seguimos, dándole vueltas al dilema. ¿Por dónde empezamos?
A mis espaldas tengo precisamente 365 maneras de cambiar el mundo, el “bestseller” de Michael Norton, con un consejo para cada día: abraza a alguien, di gracias, recolecta el agua de lluvia, hazlo en un váter seco, cambia las bombillas, recarga baterías… Al final, resulta que el año es bisiesto, y Norton tiene incluso una pequeña gran acción reservada para el 29 de febrero: “Limpia tu cabeza (y haz sitio para nuevas ideas)”.

¡Agotador!
Confieso en que una época de mi vida intenté aplicarme el cuento, e incluso me atreví a dar consejos sobre cómo “cambiar” el mundo con lo que tenemos más a mano. Pero el tiempo pasa, la experiencias te marcan y hoy en día huyo de todos estos manuales, y muy en especial de los que te invitan a “salvar” el planeta (el planeta se salva por sí solo, como lo demostró Alan Weisman en El mundo sin nosotros).

Últimamente me siento mucho más cerca de la postura de Annie Leonard, que, después de incitarnos a todos a ser mejores “consumidores” con La historia de las cosas, ha llegado a la conclusión de que más nos vale ser mejores “ciudadanos” si queremos realmente cambiar las “cosas”.
“Las soluciones no están a la venta”, sostiene Annie Leonard en su última serie de micro-documentales. “ Comprar mejor y de un modo más consciente no es suficiente. Tampoco basta con 'ser el cambio que quieres ver en el mundo', como decía Gandhi. Hay que 'hacer' el cambio, y eso sólo es posible pasando a la acción colectiva".

Con La historia del cambio (nacida de su frustración de los últimos cuatro años de la era Obama), Leonard se ha propuesto agitar una vez más nuestras conciencias y sacarnos de nuestra zona de confort como consumidores “verdes”.

Lo primero: reivindicar nuestra condición de ciudadanos... "Da la impresión de que hay un complot para reducirnos a la categoría de consumidores. Se diría que somos lo que consumimos y que hemos dejado de ejercer por desidia el "músculo" de ciudadanos. Nos olvidamos de que los grandes avances sociales en la historia se han producido precisamente por la presión de los ciudadanos, forzando los cambios políticos que en última instancia han permitido cambiar el sistema".

Una gran idea, compartida por el mayor número posible de gente y puesta en acción… “Así es como realmente construimos el poder para propiciar los cambios reales”, sostiene Annie Leonard, sin acritud y con una sonrisa abierta, en un tono muy lejano a la verborrea de los políticos al uso, que son gran parte del problema. La autora La historia del cambio, criticada despiadadamente por republicanos y libertarios, no piensa sin embargo bajar la guardia y quiere seguir tendiendo puentes entre la crítica a la sociedad de despilfarro y la llamada a la acción “por un mundo posible y decididamente mejor”.

 
El “volantazo” de Annie Leonard a sus 48 años, después de media vida dedicada a explorar los entresijos de la sociedad de cosumo, me recuerda a la “crisis” personal experimentada por Bill McKibben, autor de “El fin de la naturaleza”. Cada libro publicado, cada regreso a casa, cada charla ante una audiencia más o menos multitudinaria, le dejaban a McKibben una inexplicable sensación de vacío. Algo en lo más íntimo le decía que había llegado el momento de pasar a la acción.
Empezó por lo que tenía más cerca, movilizando a un grupo de estudiantes universitarios en Vermont. Allí prendió la chispa de Step It Up, embrión de lo que con el tiempo fraguaría en 350.org, el movimiento por la conciencia ante el cambio climático que ha dado la vuelta al planeta.

En su propia tierra, y desafiando la complacencia de Obama, McKibben se dejó detener a las puertas de la Casa Blanca junto con decenas de manifestantes a la vieja usanza, y en protesta por la construcción de un oleoducto para transportar el petróleo de las arenas alquitranadas de Alberta (Canadá) hasta el corazón de Texas. La “sentada” dio sus frutos y Obama canceló temporalmente el proyecto.
El paso al frente de McKibben y los suyos (todo esto no habría sido posible sin el apoyo de una “masa crítica”) me vino al recuerdo durante una reciente conversación con el filósofo británico Julian Baggini, autor de La queja. De los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas.

“No podemos tener un cambio positivo si alguien no se levanta y dice: “¡Esto no funciona!””, recuerda Baggini. “Al fin y al cabo, eso es lo que hicieron Martin Luther King o Nelson Mandela. Lo más fácil es expresar la frustración: no estás contento, te indignas… Pero con eso no basta, está claro. Hay que canalizar el descontento o todo seguirá igual. Quejarse es bueno… siempre y cuando venga acompañado de una acción positiva”.

Hablamos con Baggini de la tesitura de los “indignados” y de cómo poner toda esa frustración en marcha: “El mensaje -la queja- le ha llegado sin duda a la sociedad y a los políticos. Pero creo que ha faltado un plan de acción. Está muy bien fijarse como meta eso de que la pobreza pase a la historia o que haya menos desigualdad económica. ¿Pero cómo llegamos hasta allí? No se puede ignorar la complejidad de los problemas, ni dejarnos las energías en quejas genéricas. La “buena” queja tiene que ser específica y proporcionada”.
Nos dejamos de lamentos y acudimos por último a Satish Kumar, activista, “sabio” y caminante, además de director de Resurgence & The Ecologist. Kumar reconoce el valor de la reivindicación política, pero a diferencia de Annie Leonard invoca la máxima de Gandhi como una verdad inalterable: “Sé tú mismo el cambio…”.


“Los cambios no se consiguen de un día para otro, requieren ante todo paciencia y persistencia, que fueron precisamente las herramientas que usó Gandhi para desafiar el inmovilismo de su época”, recuerda Kumar. “Yo sigo creyendo en el valor de un ejemplo, alguien que 'camine' realmente lo que predica”.

“Creo también en un cambio a nivel más personal, holístico y profundo, más allá de nuestros hábitos como consumidores”, concluye el activista de origen indio, afincado en el sur de Inglaterra. "Y creo por último en el poder acumulativo de las acciones individuales en masa. Soy de los que piensan que en eso estamos, en plena transición hacia otro modelo de conciencia y vida en la Tierra. Aunque a veces nos gustaría ver más indicios…”

  Satish Kumar, director de la revista Resurgence & The Ecologist.

Carlos Fresneda
Publicado en el blog La Realidad Paralela de El Correo del Sol

No basta con cambiar las bombillas...

            Foto: Isaac Hernández

Cambiar las bombillas. Comprar biológico o local. Abonarse a una cooperativa de consumo. Compostar la basura en casa. Moverse en bici por la ciudad... Annie Leonard hizo todo eso y mucho más, pero no notó un gran cambio más allá de su entorno personal.
     
Las pequeñas acciones están bien, pero no son suficientes, ni van a servir para "salvar el planeta", como leemos en las portadas engañosas del perfector consumidor "verde". Si los cambios se quedan en uno mismo, si se limitan a los aspectos materiales,nos valdrán en todo caso para lavar nuestra conciencia de consumidores y poco más.
  
Al menos eso es lo que piensa la sagaz autora de "La historia de las cosas" en su última entrega de aún más largo alcance: "La historia del cambio"... "Las soluciones no están a la venta. Comprar mejor y de un modo más consciente no es suficiente. Tampoco basta con "ser el cambio que quieres ver en el mundo", como decía Gandhi. Hay que "hacer" el cambio, y eso sólo es posible pasando a la acción colectiva".
   
A sus 48 años, Annie Leonard se ha ganado a pulso su reputación como la comunicadora más directa, efectiva y popular al servicio de la causa ecológica. "La historia de las cosas" fue un auténtico viaje al fondo de la Tierra (y a todo lo que los humanos estamos haciendo con ella). El agua embotellada, los productos electrónicos o el endeudamiento personal pasaron luego bajo su peculiar y ácido análisis, ilustrado por los dibujos animados de Free Range Studios.
   
Con "La historia del cambio" (nacida de su frustración de estos cuatro años), Leonard se ha propuesto desmontar los últimos mitos de la "Economía Dinosaurio" y hacer una llamada a la movilización ciudadana para buscar alternativas reales.
     
Lo primero: reivindicar nuestra condición de ciudadanos... "Da la impresión de que hay un complot para reducirnos a la categoría de consumidores. Se diría que somos lo que consumimos y que hemos dejado de ejercer por desidia el "músculo" de ciudadanos. Nos olvidamos de que los grandes avance sociales en la historia se han producido precisamente por la presión de los ciudadanos, forzando los cambios políticos que en última instancia han permitido cambiar el sistema".
     
Annie reconoce que su preocupación por todo lo que hay detrás del "sistema" le viene de niña, cuando se preguntaba por la invisible conexión entre la desaparición del bosque y la expansión de los centros comerciales en su Seattle natal. Su verdadera iluminación ocurrió en el vertedero de Fresh Kills, que durante medio siglo digirió más de 11.000 toneladas diarias de basura en Nueva York.
  
"Cuando lo cerraron en el 2001, la montaña de desechos era 25 veces más alta que la estatua de la Libertad", recuerda. "Aquella visión impactante me dio mucho que pensar. ¿Quién puede haber concebido este sistema tan monstruoso? ¿Cómo permitimos que esto siga ocurriendo? Yo misma no acababa de entenderlo: tardé veinte años en hacer la conexión."
  
Su experiencia en Bangladesh, India y Haití fue vital para acabar de atar los cabos sueltos. Annie Leonard se remonta a los estragos de la extracción: de la deforestaciones masivas en el Amazonas o en Indonesia a la decapitación de las montañas Apalaches o las arenas de alquitrán de Alberta. Como ocurre con los desechos, el sistema tiene la virtud de esconder las consecuencias de lo que consumimos desde el lugar de origen, casi siempre remoto, casi siempre a expensas de la explotación laboral, la corrupción política y el deterioro ecológico...
   
"Y, aun así, hay una verdad fundamental que vale en todo el planeta. Lo que llamamos desechos son sobre todo recursos. Así, revueltos, no sirven para nada. Acabamos enterrándolos en un vertedero o, lo que es peor, quemándolos en una incineradora. Si los separamos, podremos volver a usarlos como papel, como metal, como vidrio, como compost para fertilizar la tierra".
     
En "La historias de las cosas", convertido de un auténtico fenómeno en la red con doce millones de "pinchazos", Annie exploraba el ciclo completo, de la producción a los residuos, pasando por la distribución y el consumo. Ya entonces se dio cuenta que, pese a todos los esfuerzos, nuestro poder como consumidores tiene un techo natural.
   
... "Por mucho que nos esforcemos en menguar el cubo de la basura, la mayor cantidad de desechos es la que produce la industria. Y ahí es donde la presión social y la acción política son fundamentales. Necesitamos leyes de responsabilidad productiva en todo el planeta: el 80% del impacto de un producto se decide en la fase de diseño."
      
La distribución es el tercer engranaje del sistema, y Annie Leonard nos recuerda como Walmart, la mayor cadena de supermercados del mundo, tiene un sistema informático de transporte y localización de sus mercancías que rivaliza con el del mismísimo Pentágono: "El movimiento de la relocalización ha empezado con los alimentos, pero se está extendiendo a otros campos, desde la extracción de recursos a la energía, como ocurre con el movimiento de Ciudades en Transición".
    
Llegamos de esta manera al cuarto piso de la pirámide, acaso el más importante, el que da sentido al sistema: el consumo. "No me gusta que me llamen anticonsumista", puntualiza la autora de La historia de las cosas, "pero sí quiero denunciar los efectos del hiperconsumismo, que se produce cuando tomamos más recursos de los que necesitamos y que el planeta puede sostener."

"Con el 5% de la población, Estados Unidos consume el 30% de los recursos y es responsable del 30% de los residuos", certifica Leonard, que posa para las fotos junto a las botellas de plástico compactadas por el Centro Ecológico de Berkeley, su pueblo adoptivo... "No hace falta ser un genio de las matemáticas para darse cuenta de que harían falta de tres a cinco planetas si los 7.000 millones de habitantes de la Tierra imitaran las pautas de consumo del sueño americano".
    
Conclusión: hace falta un nuevo paradigma (o un nuevo planeta), y en eso estamos: "La gente está cambiando su relación con las cosas. Ya no hace falta poseerlas y acumularlas, sino simplemente tener acceso a ellas: compartiéndolas, reusándolas, intercambiándolas, prolongando su uso para que no acaben en un vertedero... Y creando de paso comunidad."
         
El "consumo colaborativo", la tendencia imparable que se está abriendo paso también en España, ilustra precisamente su visión de cambio: una gran idea, compartida por el mayor número posible de gente y puesta en acción... "Así es como realmente construimos el poder para propiciar los cambios reales. Dejando atrás la preocupación, la frustración y el miedo y creando espacios para la acción ciudadana".

 
      
Todo esto lo dice Annie Leonard sin acritud y con una sonrisa abierta, en un tono muy lejano a la verborrea de los políticos al uso, que son gran parte del problema. La autora "La historia del cambio", criticada despiadadamente por republicanos y libertarios, no piensa sin embargo bajar la guardia y quiere seguir tendiendo puentes entre la crítica a la sociedad de despilfarro y la llamada a la acción "por un mundo posible y decididamente mejor".

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de elmundo.es

SOMOS LO QUE DESECHAMOS

Cada persona genera más de 500 kilos de basura al año o, lo que es lo mismo, una ingente cantidad de recursos naturales desperdiciados. Reducir, reusar y reciclar debiera ser el objetivo de todos, como ya lo es de un buen número de ciudadanos y de activistas que han emprendido el camino hacia los ‘cero residuos’.

Annie Leonard tiene un vicio más bien sucio, pero absolutamente confesable: hurgar en los cubos de la basura... “Es una de mis actividades favoritas cuando viajo. Me gusta ver lo que tira la gente: no conozco una manera mejor de conocer una familia, una comunidad, un país... Deberíamos mirar más en nuestros propios cubos, y darnos cuenta de que muy poco de lo que tiramos es realmente desechable.”

Sigamos, pues, el consejo de la sagaz directora y autora de La historia de las cosas (que ahora nos llega en forma de libro, editado por el Fondo de Cultura Económica) y hagamos un sano ejercicio de autocrítica. O contratemos por un par de horas a un auditor casero de basura como los que ya existen en Estados Unidos.


Tengamos en cualquier caso el valor de mirarnos al espejo de todo lo que desechamos a diario: mondas de fruta y verdura, restos de comida cocinada, envases de plástico, servilletas de papel, trapos sucios... Nos esforzamos en reciclar, pero no es suficiente. El cubo se llena sin remedio. Unas veces por desidia, otras por comodidad. Probamos con la compostera, pero es difícil mantener a raya los olores. Lo del papel y el vidrio lo tenemos solucionado. Nos esforzamos en separar todo lo que podemos, aunque la bolsa se llena inevitablemente. Seis kilos de basura doméstica por una familia media de cuatro personas. Unos 575 kilos al año por cabeza si vivimos en España, 760 si estamos en Estados Unidos...

“Y, aun así, hay una verdad fundamental que vale en todo el planeta”, seguimos con Annie Leonard. “Lo que llamamos desechos son sobre todo recursos. Así, revueltos, no sirven para nada. Acabamos enterrándolos en un vertedero o, lo que es peor, quemándolos en una incineradora. Si los separamos, podremos volver a usarlos como papel, como metal, como vidrio, como compost para fertilizar la tierra. Por eso es tan importante conocer nuestra basura y meter la mano en ella para ver cuánto podemos reutilizar. ¡Es una tarea fascinante!”
A sus 46 años y con un documental de apenas 20 minutos, Annie Leonard ha golpeado las conciencias de millones de ciudadanos en todo el planeta. La historia de las cosas es un auténtico viaje al fondo de la Tierra (y a todo lo que los humanos estamos haciendo con ella), de la mano de esta infatigable activista y comunicadora, que se ha pasado media vida buceando en el cuarto trastero de la sociedad de consumo.

“Soy ambivalente sobre el reciclaje. Lo amo y lo odio... Si reciclamos, quiere decir que tiramos menos cosas y que usamos menos cosas. Pero el problema está cuando la gente piensa que reciclar es la solución. Y no es así: reciclar es el último recurso. Tenemos que respetar el mantra por riguroso orden: reducir, reusar, reciclar.”
Aunque ya de pequeña se preguntaba por esa invisible conexión entre la desaparición del bosque y la expansión de los centros comerciales en su Seattle natal, su verdadera iluminación ocurrió en el vertedero de Fresh Kills, que durante medio siglo digirió más de 11.000 toneladas diarias de basura en Nueva York. 

                       Annie Leonard, autora del documental La historia de las cosas, en el Centro Ecológico de Berkeley.

“Necesitamos leyes de ‘responsabilidad productiva’: el 80% del impacto de un producto se decide en la fase de diseño”

“Cuando lo cerraron en el 2001, la montaña de desechos era 25 veces más alta que la estatua de la Libertad”, recuerda Annie. “Aquella visión impactante me dio mucho que pensar. ¿Quién puede haber concebido este sistema tan monstruoso? ¿Cómo permitimos que esto siga ocurriendo? Yo misma no acababa de entenderlo: tardé veinte años en hacer la conexión.”
Su experiencia en Bangladesh, India y Haití fue vital para acabar de atar los cabos sueltos del sistema. Annie Leonard se remonta a los estragos de la extracción: de la deforestaciones masivas en el Amazonas o en Indonesia a la decapitación de las montañas Apalaches o las arenas de alquitrán de Alberta. Como ocurre con los desechos, el sistema tiene la virtud de esconder las consecuencias de lo que consumimos desde el lugar de origen, casi siempre remoto, casi siempre a expensas de la explotación laboral, la corrupción política y el deterioro ecológico.

El segundo capítulo, la producción, nos toca más de cerca... “Por mucho que nos esforcemos en menguar el cubo de la basura, la mayor cantidad de desechos es la que produce la industria. Y ahí es donde la presión social y la acción política son fundamentales. Necesitamos leyes de responsabilidad productiva en todo el planeta: el 80% del impacto de un producto se decide en la fase de diseño.”

La distribución es el tercer engranaje del sistema, y Annie Leonard nos recuerda como Walmart, la mayor cadena de supermercados del mundo, tiene un sistema informático de transporte y localización de sus mercancías que rivaliza con el del mismísimo Pentágono: “El movimiento de la relocalización ha empezado con los alimentos, pero se está extendiendo a otros campos, desde la extracción de recursos a la energía, como ocurre con el movimiento de Ciudades en Transición”.

Llegamos de esta manera al cuarto piso de la pirámide, acaso el más importante, el que da sentido al sistema: el consumo. “No me gusta que me llamen anticonsumista”, puntualiza la autora de La historia de las cosas, “pero sí quiero denunciar los efectos del hiperconsumismo, que se produce cuando tomamos más recursos de los que necesitamos y que el planeta puede sostener.”

“Con el 5% de la población, Estados Unidos consume el 30% de los recursos y esresponsabledel 30% de los residuos”, certifica Leonard, que posa para las fotos junto a las botellas de plástico compactadas por el Centro Ecológico de Berkeley, su pueblo adoptivo... “No hace falta ser un genio de las matemáticas para darse cuenta de que harían falta de tres a cinco planetas si los 6.800 millones de habitantes de la Tierra imitaran las pautas de consumo del sueño americano”.

Conclusión: hace falta un nuevo paradigma (o un nuevo planeta), y en eso estamos: “La gente está cambiando su relación con las cosas. Ya no hace falta poseerlas y acumularlas, sino simplemente tener acceso a ellas: compartiéndolas, reusándolas, intercambiándolas, prolongando
su uso para que no acaben en un vertedero... Y creando de paso comunidad.” 


CONSUMO COLABORATIVO
A la chita callando, y aprovechando el tirón hacia abajo de la crisis económica, el hiperconsumismo está dejando paso a la era del consumo colaborativo. O al menos eso es lo que sostienen Rachel Botsman y Roo Rogers, autores de What’s Mine is Yours (Lo que es mío es tuyo). “La obsesión por consumir y gastar dejará paso al redescubrimiento de los bienes colectivos”, vaticinan Bostman y Rogers. “Los retos económicos forzarán la creación de un sistema sostenible para servir las necesidades humanas, basado tanto en los viejos principios del mercado como en la conducta colaborativa.”

Deron Beal ha llevado todo eso a la práctica con el mayor grupo de trueque en el mundo, Freecycle: más de siete millones de usuarios repartidos por 85 países y ramificados en 5.000 grupos de intercambio locales. “Todos los días reusamos el equivalente a 700 toneladas de materiales”, se jacta Deal. “Más o menos la carga diaria que recibe una vertedero de tamaño medio.”
Freecycle nació de la manera más insospechada en el 2003 como un simple grupo de Yahoo, con una veintena de miembros interesados en intercambiar objetos gratuitamente. La primera posesión que cambió de manos on line fue precisamente el colchón de soltero de Deron Beal, que acabó haciéndose sin desembolso alguno con el viejo sofá que aún cumple su función en pleno desierto de Arizona. 

     Deron Beal, de Freecycle.

Freecycle es el mayor grupo de trueque del mundo: “Todos los días reusamos el equivalente a 700 toneladas de materiales” 

Desde Tucson, y a la velocidad del rayo, los freecicladores se fueron propagando hasta llegar al millón en apenas un año. A este lado del Atlántico, calaron sobre todo en el Reino Unido. En España existen ya una veintena de grupos, desde Madrid (con 2.117 miembros) a Icod de los Vinos, en Santa Cruz de Tenerife (51 miembros). En el grupo Barcelona (963 miembros) se ofrecían estos días un cochecito de bebé, un somier, una bici estática o cuatro sillas de oficinas de Ikea; se buscaban entre tanto un kimono de aikido, una máquina de coser, un banjo y varios teléfonos móviles con cargadores.
“La gente intercambia sobre todo muebles y objetos domésticos, pero cada vez hay más aparatos electrónicos, con lo que también contribuimos a paliar el problema del e-waste”, señala Beal. “Y hay usuarios de todas las edades, desde el anciano de 92 años que coleccionaba piezas de bicicleta para luego fabricarlas él mismo, al niño que decidió crear un orfanato para hámsters abandonados”.

“La basura de unos es el tesoro de otros.” El viejo lema cobra una nueva dimensión en la era de internet. Freecycle tiene además la virtud de crear lazos materiales entre la comunidad virtual: “La sensación de desprenderte de algo que puede serle útil a otra persona es algo muy gratificante y casi olvidado en esta sociedad de usar y tirar que hemos creado. Y para los niños es un juego con el que aprender a reusar, compartir y apreciar el valor de las cosas”.

El siguiente paso de Freecycle es extender sus redes por los países en desarrollo haciendo accesible el contacto y el listado de los grupos locales por teléfono móvil. “El trueque es un valor universal que subsiste en prácticamente todas las culturas”, apunta Deron Beal. “La tecnología puede no sólo contribuir a reforzar los lazos sociales, sino mitigar el deterioro del medio ambiente.”


Enlace a post Freecycle

CONSUMO COLABORATIVO Y ECOLÓGICO, TAMBIÉN EN MUCHAS CIUDADES ESPAÑOLA,   por Rafael Carrasco

España no acaba de tomarse en serio la gestión de sus desechos y, pese a los 25 años –ahora se cumplen– que hemos tenido para aprender de Alemania, Francia y demás socios de la UE, seguimos aún muy lejos del resto de Europa o, incluso, de Norteamérica. Según los últimos datos de la oficina estadística europea –Eurostat–, España recicló en 2008 el 14% de los residuos urbanos que produjo y compostó un 20% de los desechos orgánicos, muy por debajo de la media comunitaria –40%–, emparejándose más con Malta, Polonia o Bulgaria que con sus vecinos del norte.

Cada año se genera en España una media de 575 kilos de residuos por persona, una cifra algo superior a los 524 kilos calculados en el conjunto de la Unión. El 57% de esa cantidad va al vertedero, mientras que en la UE sólo lo hace el 40%. Dicho en otras palabras: España está en la zona de los países que producen mucha basura, reciclan poco y recuperan menos.

El concepto de consumo colaborativo es prácticamente desconocido en nuestro país, aunque sí existen iniciativas contrarias al usar y tirar que en Norteamérica formarían parte de esa corriente. Las más conocidas tal vez sean las que tienen que ver con el transporte, y que han proliferado en estos últimos años de crisis económica para abaratar el uso del coche privado. Es el caso del carpooling (Ver Correo del Sol, página 8), que consiste en compartir los gastos de gasolina entre personas que realizan regularmente los mismos trayectos gracias a una página web de suscripción, generalmente, gratuita. Empresas como Amovens o Viajamosjuntos.com se dedican profesionalmente a esto y sus sistemas se desarrollan hoy en numerosos municipios de toda España –generalmente, la web del ayuntamiento es el vehículo que pone en contacto a las futuros carpoolers–.

En esta misma línea se inscribe el denominado carsharing, un sistema muy profesional que permite utilizar un coche sin ser ninguno de los usuarios propietario del mismo; éstos pagan a una empresa por el uso del coche, pero se olvidan de seguros, letras mensuales y demás.Con esta misma filosofía funciona el Bicing de Barcelona y otras experiencias de alquiler de bicicletas para moverse por la ciudad sin preocupaciones.

Pero en cuanto a residuos físicos los Ekocenter y almacenes de Emaùs son el mejor ejemplo de cultura de la recuperación. Son mercados estables donde se expone y se vende, con un fin social, toda clase de objetos en perfecto uso y a bajo precio. En ocasiones, los objetos son reparados, otras son reciclados, pero la mayoría de las veces son,simplemente, objetos de segunda mano. Emaùs es una
de la treintena de entidades agrupadas en la Asociación de Recuperadores de Economía Social y Solidaria (AERESS), una plataforma hacia la inserción laboral de personas marginadas o en riesgo de exclusión y que centra su actividad en la recuperación, la reutilización y el reciclado de materias desechadas. En su web se puede encontrar información de dónde y cómo llevar o adquirir objetos de segunda mano.

Mención aparte, por su originalidad, merece Makea, una iniciativa de la Asociación Cultural de Reutilización Creativa Makea, de Barcelona, que pretende fomentar una segunda –y hasta una tercera– vida de los objetos que normalmente acaban en la basura. Makea –que parodia los muebles y utensilios de usar y tirar por antonomasia, los de Ikea– no funciona como rastrillo virtual de objetos, sino que, a través de su recetario y de sus acciones de divulgación o demostración,pretenden avivar el ingenio de la gente para procurarse una silla a partir del tambor de una lavadora rota o un cabecero de cama con un palet de obra.

Las cooperativas y asociaciones de trueque, que en la Argentina del corralito permitieron sobrevivir con dignidad a seis millones de personas, son otra forma de plantar cara a la crisis económica y ambiental optimizando el uso de las cosas. El trueque vivió un gran auge a mediados de los años 90 y ha renacido gracias a internet y las redes sociales. Entre los cientos de iniciativas de trueque a lo largo de toda España, puede destacarse Adelita, una red madrileña con tienda real en la céntrica calle Arenal. Recientemente, se han incorporado al proyecto nuevos socios y planea crear una red de tiendas por todo Madrid donde cualquier persona podrá llevar objetos en buen estado para intercambiarlos por otros de segunda mano sin gastar un céntimo. Iniciativas como Freecycle –una red internacional con grupos en Madrid, Barcelona y otras ciudades– permiten también regalar cosas en desuso para que no vayan al vertedero cuando pueden ayudar a otras personas.

Yendo más allá se ha creado QueCambiamos.com, una web española que permite a sus usuarios poner anuncios clasificados sobre cualquier posesión que tengan y deseen cambiar. Desde permutas de vivienda a intercambio de casas vacacionales o videojuegos que se ofrecen a cambio de una bici. Algo parecido, pero con una intención más social,lo hace el blog sindinero.org, biotrueke.org (el mercado on line de segunda mano de Bilbao) o lanochedelosninos.org  (“una web para promover el intercambio de juguetes entre niñ@s madrileñ@s”).

Una forma excelente de reciclar nuestros conocimientos y aptitudes para que generen más beneficios a los demás son los bancos de tiempo, una institución muy arraigada ya en la cultura urbana de nuestro país. Se trata de un trueque de servicios donde la moneda de intercambio es el tiempo: una hora de trabajos de jardinería compra una hora de alguien que nos enseñe a cocinar. Julio Gisbert, autor del libro Vivir sin Empleo y del blog ha creado una lista en Google Maps con los 163 bancos de tiempo que funcionan en España, todos, con sus direcciones, teléfonos, emails y enlaces web.

CERO RESIDUOS
En Boulder (Colorado), a los pies de las Montañas Rocosas, los propios vecinos pasaron a la acción contra el derroche de los recursos y pusieron en marcha en 1976 uno de los programas pioneros de reciclaje en Estados Unidos: Eco-Cycle. Eric Lombardi, visionario de los desechos, tomó el mando de este centro innovador en el que trabajan 60 personas capaces de procesar hasta 40.000 toneladas de residuos al año.
El último apéndice del centro es el departamento de materiales difíciles de reciclar (de zapatillas deportivas a viejos aparatos de vídeo y faxes), con el objetivo de ampliar cada vez más el espectro. Aunque la auténtica meta de Lombardi es la de residuos cero: reaprovechamiento total.
“Llegar a residuos cero no es una utopía, sino un imperativo en la era del cambio climático”, sostiene Lombardi. “Los vertederos urbanos producen grandes cantidades de metano, que es un gas invernadero 72 veces más potente que el CO2. Una gran ciudad como San Francisco se ha propuesto esa meta para el 2020, pero el objetivo es mucho más asequible para ciudades pequeñas como Boulder.”

Lombardi ha diseñado su Parque de Residuos Cero con capacidad para reciclar o reaprovechar todos los desechos generados en una ciudad de 300.000 habitantes, incluida una planta de compostaje para
los residuos orgánicos, un centro para el reuso, otro para la recuperación de nutrientes tecnológicos, otro para reciclables difíciles y una última instalación para procesar los residuos finales.

“Se trata de una alternativa sensata a las incineradoras y a los vertederos”, asegura Lombardi. “No podemos seguir llamando basura a lo que no lo es. Hay que separarla en tres cubos: reciclables, compostables y residuos. Todas las tecnologías que propongo en mi parque de residuos cero son simples, de baja tecnología y están suficientemente probadas. Y lo que es mejor, es una opción tan ecológica como rentable”.

“Si no hacemos pronto la conexión entre nuestra economía y nuestro medio ambiente (que produce todos los recursos para fabricar nuestros productos), el planeta se encargará de hacerlo por nosotros”, vaticina Elizabeth Royte, autora de Garbage Land. Desde que cerró Fresh Kills, el megavertedero que despertó la conciencia ecológica de Annie Leonard, Nueva York exporta toda su basura diaria, a un altísimo precio...
“Todos deberíamos hacer el esfuerzo por visualizar el impacto de lo que desechamos”, sugiere Elizabeth Royte. “La visita al vertedero tendría que ser obligatoria en las escuelas para que los niños aprendan pronto la lección: la basura no desaparece mágicamente, sino que se acumula o se quema, que es aún peor. Hay que verla y olerla para hacer la conexión.” 

Royte decidió no sólo investigar su propia basura, sino seguirle la pista con vocación de periodista de investigación o detective. El MIT de Massachusetts, por cierto, ha puesto en marcha un proyecto, bautizado como Trash Tack, para seguir electrónicamente la pista a la basura y conocer el auténtico impacto de todo los que desechamos. “Nada hay tan personal y local como nuestra propia basura, y sin embargo nada tiene posiblemente un mayor impacto global”, asegura Royte, que se pregunta qué pensarán los arqueólogos en trescientos años cuando descubran la insospechada vuelta al mundo no sólo de las materias primas, también de los residuos. Royte se siente deudora del arqueólogo de la basura, William Rathje, que en 1973 lanzó el Garbage Project, con la intención de reconstruir la vida y milagros de los habitantes de Tucson a partir de lo encontrado en sus cubos... “Hurgar en nuestra propia basura es la última experiencia zen de nuestra sociedad”, escribía Rathje. “No sólo puedes verla, olerla y registrarla, sino que puedes llegar a una intimidad táctil con ella. De una manera o de otra, todo el mundo debería rebuscar en las inmundicias.”

Christine Datz-Romero, nacida en Alemania y afincada en Nueva York, no tiene ningún reparo en tocar la basura ajena, sobre todo si es orgánica. Cuatro veces a la semana, la furgoneta del Lower East Side Ecology Center (LESEC) despliega su carga de cubos en el mercado de Granjeros de Union Square, a donde los vecinos del Bajo Manhattan llegan con sus mondas de verduras, sus restos de arroz, pan o pasta o los posos del café, que también son compostables.

“Si todo esto lo sacara un camión fuera delaciudad, estaría llevándose sobre todo agua y nutrientes para la tierra”, apunta Christine. “¡Qué cosa más absurda! Quemar gasolina, recorrer cientos de millas, para transportar agua pesada a un lugar lejano. Por eso es tan importante dar una solución local al tema de los residuos”.

ARTE EN EL VERTEDERO
 
En Río de Janeiro se llaman catadores, en El Cairo se les conoce como los zaballeen. Su afán diario es el mismo: remover toneladas de basura y recuperar lo que otros tiran. Mucho antes de que las sociedades occidentales acuñaran el reciclaje, estos sufridos expertos en residuos (seguidores de la tradición de nuestros traperos y recuperadores) han ido marcando la senda ecológica.

Los 60.000 zaballeen hasta hace poco reciclaban el 80% de la basura que pasa ba por sus manos. Hasta que las autoridades municipales de El Cairo –con 18 millones de habitantes– decidieron repartir la tarta de las 4.000 toneladas diarias de residuos entre varias multinacionales y bajar el listón del reciclaje al pírrico 20%.

EL asedio de los gigantes de la basura a barrios enteros como Mokattan, donde se hacinan miles de zaballeen en casuchas a medio construir y en un sórdido laberinto de desechos, da pie a uno de los documentales más impactantes de los últimos años: Garbage Dreams. Adham, Nabil y Osama son los tres protagonistas adolescentes que sueñan con traer a su barrio lo mejor de las técnicas occidentales de reciclaje. En la otra punta del globo, tiAo, zumbim, Suelem, isis e irma se ganan la vida como catadores en Jardim Gramacho, el mayor vertedero del mundo. Unos 3.000 recuperadores cosechan allí hasta 200 toneladas de desechos reaprovechables, armados con guantes y cubos.

El artista brasileño VikMuniz los retrató insitu y los implicó en un singular proyecto de arte, fundiendo fotografía y basura. Más de un millón de visitantes pasó por la exposición en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro y contribuyó a la causa con 300.000 dólares, que han servido para sacar de las favelas a los ilustres catadores. Otro documental, Wasteland, de Lucy Walker, nos cuenta esta apasionante historia de arte en el vertedero que nos hará reflexionar sobre la dimensión humana de lo que desechamos. 


WASTE LAND Official Trailer from Almega Projects on Vimeo.

ALIMENTAR A LOS GUSANOS

Los dos centros de recogida del LESEC (el otro está en la calle siete) procesan todos los años 200 toneladas de basura orgánica. Los jardines comunitarios y las universidades se han apuntado al compostaje, pero el Ayuntamiento de Nueva York no acaba de subirse al carro, aunque más del 25% de los desechos diarios son pefectamente compostables. En San Francisco, la ciudad que presume de reciclar o reaprovechar el 75% de sus residuos, la recogida selectiva la realiza el propio camión de la basura. 


“En Nueva York, con la altísima densidad y la gente viviendo en apartamentos pequeños y de gran altura, es difícil compostar en casa”, reconoce Christine Datz-Romero. “La solución debería ser buscar barrio a barrio. Pero haría falta un esfuerzo mucho mayor: nosotros llegamos de momento a 1.500 familias. Nos financiamos básicamente condonaciones y con el dinero que conseguimos con las bolsas de tierra abonada.”
“Alimenta a los gusanos”... El reclamo es irresistible en el puesto de Union Square, donde más de 500 personas vierten cadasábado sus desechos. Para Christine, el compost es principio y fin: “Nada representa mejor el ciclo de la vida en la tierra. Las hojas caen, se degradan en la tierra, la abonan para la primavera. Con el alimento pasa lo mismo: si sabemos ponerlo de vuelta a la tierra, garantizará el crecimiento de la próxima cosecha. Estamos usando los recursos y poniéndolos en su lugar para que el ciclo continúe. En la naturaleza no existe lo que nosotros llamamos desperdicios”.

Carlos Fresneda
Enlace a pdf publicado



 Post con diversos vídeos de Annie Leonard, entre ellos La Historia de las Cosas

¡QUE VIENEN LOS BIONEROS!


Los Bioneers son un heterogéneo grupo de activistas, científicos, pensadores e inventores con un fin común: buscar soluciones inteligentes, éticas y naturales para devolver la salud al planeta. En octubre se reúnen en Escocia y ‘abren’ sus conferencias y talleres al gran público.

Todos los hongos son mágicos”... La proclama de Paul Stamets, el micólogo más revolucionario de la galaxia, ha calado bien hondo desde aquella cumbre de los Bioneros, cuando anunció a bombo y platillo el lanzamiento de “la caja de la vida”, el invento con el que aspira a reforestar el planeta.

Imaginemos a Paul Stamets subido a lo alto de un escenario, con su sombrero fabricado con hongos y calado hasta las orejas, como un duende recién escapado de un cuento. Viajemos con él a lo más profundo del bosque y dejémonos guiar por el instinto y por sus sabias palabras: “Las soluciones están literalmente bajo nuestros pies”.

Visualicemos sobre la marcha la inmensa red del micelio que alimenta y protege los árboles y las plantas, y que conecta hasta el último resquicio de vida... “Porque los hongos son los auténticos guardianes de los ecosistemas, la inteligencia natural de la tierra, nuestra última gran esperanza. Y su mensaje es es así de claro: todo está interconectado.”  Acompañemos luego al micólogo mágico por una incursión intergaláctica a toda pantalla, o por los vínculos invisibles que hacen posible Internet, y hagamos finalmente la conexión.

 

Stamets encarna como pocos el espíritu de los Bioneros, pioneros de la biología, veinte años difundiendo las soluciones desde el corazón de la naturaleza. La carpa de los Bioneers se levanta cada otoño en San Rafael (California), y por ella desfilan los científicos, inventores, pensadores, activistas y ecologistas más respetados del planeta.  El invento de Stamets es la ‘caja de la vida’, con semillas de árboles y esporas de hongos para crear un bosque

Fue a primeros de los noventa, más o menos cuando se acuñaba la idea del “desarrollo sostenible”, cuando Kenny Ausubel y Nina Simons decidieron convocar la primera reunión de su genuina tribu con una misión inaplazable: restaurar la natutaleza y devolverle el equilibrio perdido. La misión de los Bioneros es ahora más apremiante que nunca, y con ese espíritu acaban de tender puentes hacia Europa (la pasada primavera en Holanda; este otoño, en Escocia) como preámbulo de esa red global que se está propagando como el micelio de Stamets.
La idea del cradle to cradle (reutilización total) de William McDonugh se gestó precisamente en una de las primeras reuniones anuales de los Bioneros. Janine Benyus impulsó también desde ahí su visión de la biomímesis, que ha dado la vuelta al mundo. Paul Hawken habló por primera ver del capitalismo natural y Fritjof Capra tejió la red de la vida. John Todd presentó en público a las ecomáquinas (depuradoras naturales de algas y plantas acuáticas) y Jason McLennan sorprendió en la última edición con el reto de los edificios vivos, que aspira a revolucionar la arquitectura.

El reconocimiento de los Derechos de la Naturaleza, incorporado a la Constitución de Ecuador, fue otra propuesta que brotó de la hoguera incombustible de Bioneros, que pasó por momentos difíciles, pero que encontró una nueva razón de ser a partir del documental La hora 11 –producido y presentado por Leonardo DiCaprio– y en la era del cambio climático. El climatólogo de la NASA James Hansen ha sido una de las estrellas del pasado cónclave californiano (del 15 al 17 de octubre), que ha tenido como hada madrina a Jane Goodall y su visión de los próximos cincuenta años.

Stamets y su reino de los hongos

Pero volvamos con el duende Paul Stamets ahora que le hemos puesto en su contexto y visitémosle en su reino particular de los hongos, bautizado como Fungi Perfecti y a los pies de las impresionantes Olympic Mountains, uno de los parajes más vírgenes del noroeste de Estados Unidos.

Cualquiera diría que el micólogo esperaba nuestra llegada en el momento más mágico, cuando los primeros rayos acarician los parasoles, esas setas de pie esbelto y sombrero deforma asombrillada (a juego con el del propio Stamets) que parecen desperezarse a primera hora del día. Con la cámara en un trípode, Stamets se deleita en la contemplación de su crecimiento (hasta 40 centímetros de altura pueden alcanzar) como un padre que atestigua el estirón de sus hijos.

Fungi Perfecti se dedica sobre todo a la comercialización de hongos medicinales, productos para gourmets (como el puré de trufas blancas o el chocolate CordyChi) y todo lo necesario para el cultivo doméstico (de las setas de ostra al shiitake). Stamets es también un precursor de las aplicaciones de los hongos para romper las toxinas, y entre sus clientes insospechados ha llegado a figurar el Pentágono. La Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) llamó a sus puertas para ayudar a combatir el vertido del Golfo de México con micorremedios naturales.

Casi toda su experiencia está cocentrada en un fascinante compendio, Mycellium Running, aunque está convencido que lo que la gente necesita a estas alturas no son más libros sino herramientas para pasar a las “acciones individuales en masa”. 


Con la habilidad de un prestidigitador, Stamets nos lleva a la parte más recóndita de su reino y nos muestra de pronto su codiciado invento, la caja de la vida...
“Aquí, en una simple caja de cartón reciclado, viajan comprimidas las semillas de un centenar de árboles y las miles de esporas que ayudarán con el tiempo a crear un pequeño bosque. Si seguimos detalladamente los pasos, cada caja plantada en casa y transplantada luego a un lugar permanente servirá para secuestrar al menos una tonelada de CO2 a lo largo de 30 años”.

La idea es repartir un millón de cajas de la vida a un dólar cada una. “Con llegar al 1% de los envíos en Estados Unidos, podríamos reforestar una superficie de 2.500 hectáreas todas la semanas. Si la idea fructifica y se extiende a otras partes del mundo, podría ser la mayor reforestación colectiva de todo el planeta.”
Abetos, secuoyas, fresnos, cedros, olmos... Desde el frondoso noroeste de Estados Unidos, Stamets aspira a adaptar con el tiempo su invento a otros climas, y en eso anda, divulgando su idea de sol a sol, convencido de que “nos queda poco tiempo” para hacer las paces con el planeta.

En las culturas occidentales, recuerda, los hongos han tenido siempre mala fama y se han asociado tradicionalmente con la descomposición o la muerte. “Ahora que estamos empezando realmente
a conocerlos y a valorar su función, nos estamos alineando con la visión oriental, donde las setas se han visto siempre como símbolo de renacimiento y renovación”... Sostiene Stamets que estamos en los albores de una auténtica “revolución micológica”, a la que ya le ha encontrado un lema: “Sana la Tierra y la Tierra te matendrá sano”.

Dolman y el planeta agua
“¡Vaya con Gaia!”, es el saludo en español original (virado al chicano) que nos dispensa otro notable bionero, Brock Dolman, cabecilla la revolución hídrica. Las charlas de Dolman son inmersiones profundas en el Planeta Agua y en todo lo que el venerado líquido significa: “El ciclo del agua es inevitablemente el círculo de la vida”.


Se diría que Dolman tiene algo de zahorí con bigote y que invoca a su paso la lluvia. Un tremendo aguacero, de esos que dan la vuelta al paraguas, se desata a nuestra llegada al Art and Ecology Center de Occidental (California), donde Dolman y su equipo de permacultores, horticultores, educadores, activistas y artistas han creado un espacio de total fusión con la naturaleza, concebido para el mayor deleite de los sentidos y el mayor aprovechamiento del venerado líquido.


“La salud del agua es la medida infalible de la salud de la tierra”, advierte Dolman. “Es básico preservar la calidad y la cantidad del agua, porque nuestra vida depende de ello. Hemos entrado en un período de extremos climáticos, las inundaciones y sequías se alternan cada vez con más frecuencia, y cada comunidad y cada país dene tener su propio bote salvavidas”.

“Conoce tu cuenca de agua”, es otro de sus lemas predilectos. “No nos valen los mismos remedios de adaptación en Australia que en España, pero la filosofía es idéntica en cualquier lugar del planeta... Desde que arrancó eso que llamamos civilización, a la vera del Tigris y el Eufrates, el agua ha sido fuente de innumerables conflictos. Tenemos que dejar las peleas de lado, dejar de competir por y con el agua. Tenemos que hacer equipo con ella.”

Aljibes, cisternas, acequias, bancales, sumideros... La lluvia pone en marcha un flujo que se va canalizando a nuestro paso por el Art and Ecology Center, donde los huertos orgánicos reciben en sabias dosis el maná del cielo. “La agricultura se lleva del 60% al 80% del agua en California”, recalca Dolman. “Tenemos que implantar técnicas de captación y ahorro del agua en las ciudades, y cada uno debemos poner nuestra gota de agua, pero la mayor revolución hídrica es la que tiene que producirse en la agricultura industrial, que es también la mayor contaminadora del agua.”

Andy Lipkis, el hombre-árbol
Dejamos al mensajero del agua en su modélico retiro al norte de San Francisco, y viajamos por la costa oeste siguiendo la vieja senda de las secuoyas, dejando atrás las brumas de Big Sur y adentrándonos en el smog de Los Angeles. “La situación ha mejorado bastante desde los años ochenta”, certifica el bionero local por excelencia, Andy Lipkis. “Pero no podemos olvidar que 5.400 personas mueren todos los años por enfermedades respiratorias en la ciudad, y que el asma es una auténtica epidemia sobre todo entre los niños que viven en las inmediaciones de las autopistas.”
Lipkis sufrió asma de niño y su refugio fue el bosque. A los 15 años ya tuvo claro que lo suyo era plantar árboles y en 1973 decidió alumbrar TreePeople, pionero del movimento de reforestación urbana que, tiempo después, ha sacudido Estados Unidos. Él mismo ha perdido ya la cuenta de los árboles plantados,pero estima que los miles de voluntarios de su oganización han participado en la siembra de dos millones de hermanos vegetales en Los Angeles.


“La gente tiene la idea de que esta ciudad es un enjambre de autopistas”, apunta Lipkis, ”aunque la verdad es que el centro está aquí, en las colinas de Hollywood, y ya ves el vergel en el que estamos”.
La sede de TreePeople está en el mítico Mullholand Drive, en uno de esos sinuosos cañones a los que ocasionalmente llegan los coyotes. Desde aquí, Andy Lipkis, el hombre-árbol, nos invita a asomarnos al futuro de su ciudad –de cualquier ciudad– con otra perspectiva...

“Toda civilización que corta los árboles está condenada a la desaparición, como nos ha recordado Jared Diamond en Colpaso. De la misma manera, un barrio sin árboles es un lugar muerto. Los árboles son nuestro soporte de vida, aunque hasta hace poco su presencia en la ciudad era poco menos que ornamental. No hay dinero en el mundo para pagar su trabajo: absorben el CO2, limpian la contaminación, capturan el agua, nos protegen de las tormentas y de las sequías, nos propocionan sombra, nos dan oxígeno”.

La raíz de TreePeople es el hermanamiento ser humano-árbol, y el tronco es sin duda “esa conexión entre la gente que quiere llevar salud y comunidad a su vecindario”. El ideal de Lipkis es el citizen forester, algo así como el ciudadano forestal, cuidador del ecosistema urbano, familiarizado con el terreno (y, por supuesto, con la cuenca de agua).

Las plantaciones semanales de Tree-People –que cuenta con 15.000 miembros y dos mil voluntarios– se hacen siguiendo un meticuloso ritual que empieza con una fiesta vecinal en la calle y concluye con un círculo alrededor de cada árbol, que se humaniza con un nombre: “Los árboles necesitan a la gente, la gente necesita a los árboles. ¡Bienvenido Herbert!”.

Podríamos seguir a muchos otros bioneros hasta su cuna, como Jerome Ringo, unas de la voces más poderosas de la justicia ambiental en Luisiana, al frente ahora esa Alianza Apolo donde se dan la mano ecologistas, sindicalistas, acitivistas sociales y empresarios comprometidos con las energías renovables. Seguiríamos el periplo por Alaska con Sarah James, de la tribu de los Gwich’in, reclamando los derechos de los pueblos indígenas contra las explotaciones petrolíferas y ante la amenaza del cambio climático.

Volveríamos a California para hacer una parada obligada en Berkeley, donde vive la bionera mayor Annie Leonard –la autora de La historia de las cosas, obligando a los americanos a replantearse sus pautas de producción y consumo–, y también Michael Pollan, autor de El detective en el supermercado, que en la última edición de los Bioneros defendió el valor de la comida local frente al yugo de la alimentación industrial: “La nueva pregunta cada vez que nos sentemos en la mesa debería ser ésta: ¿cuánto petróleo nos estamos comiendo?”.

Haríamos, por supuesto, un alto en Nueva York, siguiendo el ritmo trepidante de Jack Hidary, fundador de Pace, empeñado en acelerar la transición hacia las renovables en los hogares y en el transporte. Y acabaríamos el trayecto en “Soñando Nuevo México”, el proyecto visionario impulsado por los Bioneros y apadrinado entre otros líderes por el hispano Arturo Sandoval.

Los Bioneros tienen precisamente su sede en Sante Fe, y allí fue donde Kenny Ausubel concibió este semillero de cambios e innovaciones que con el tiempo se ha convertido en esta tribu global, unida en torno a las verdaderas biotecnologías.

“Tenemos por delante la ardua tarea de rediseñar el mundo, pero las soluciones están a nuestro al alcance”, advierte Ausubel. “El manual de instrucciones está en la propia naturaleza; no tenemos más que descifrarlo y pasar a la acción”. 

Carlos Fresneda
Publicado en Integral 370, octubre 2010



¿Eres un bionero? por Daniel C. Wahl
Co-director del ‘Findhorn College’. Ha colaborado con Kenny Ausubel para traer los Bioneers a Europa. Junto con Marcello Palazzi, de la Fundación Progressio, organizó el evento Bioneers Global en zeist y ahora preparajunto a otros bioneros el próximo evento en Europa: la conferencia ‘Bioneers at Findhorn’.

El mero hecho de que estés leyendo estas líneas en ‘Integral’ nos lleva a la conclusión probable de que estás involucrado –o, al menos, interesado– en la innovación social y ecológica,la justicia ambiental y social,la educación medioambiental, el liderazgo de las mujeres,la sabiduría indígena,el apoyo a la juventud y el desarrollo sostenible a escala local,o unode losmuchos otros camposde actividad donde la gente desarrolla medidas prácticas para un futuro positivo. Durante más de 20 años, los Bioneers han puesto de relieve las mejores prácticas y procesos en estos ámbitos. Ahora, el movimiento se está expandiendo más allá de EEUU, hacia Europa y Asia, y amplía los círculos de la colaboración.
Como una red de redes que comparte una meta y ética común, el movimiento Bioneers aprovecha el poder de la colaboración y del intercambio de ideas inspiradoras para catalizar un cambio que sea eficaz y profundo. Kenny Ausubel y Nina Simons fundaron Bioneers en 1990 con la convicción de que “los principios de la naturaleza –el parentesco, la cooperación, la diversidad, la simbiosis y la creación de ciclos continuos con ausencia de residuos– también pueden servir como guías metafóricas para organizar una sociedad equitativa, solidaria y democrática”.
La conferencia anual en San Rafael, California, durante la última década, se ha convertido en un oasis de esperanza: más de 3.000 personas se congregan para compartir sus ideas, experiencias y su pasión por la co-creación de un futuro positivo.
El evento es transmitido en directo vía satélite a los festivales y conferencias de todo Estados Unidos, por lo que alrededor de 18.000 personas pueden compartir los discursos inspiradores y educativos.
“No existe una conferencia igual en la Tierra que celebre más las posibilidades de crear un mundo que sea propicio a la vida; Bioneers es fundamental para la re-imaginación de lo que significa ser humano”,dice Paul hawken,autor de Natural Capitalism y Blessed Unrest.
La mayoría del equipo de los Bioneers vive en Nuevo México. Allí han iniciado un proceso de transición que vincula a múltiples interesados en el desarrollo y la creación de sistemas de energías renovables y sistemas de alimentación biorregional y saludable. Este proceso de soñar (Dreaming …) está comenzando a ofrecer un modelo y una metodología para la acción biorregional en otros lugares.Ya existe un grupo en Mallorca trabajando en el plan de “Soñar Mallorca” (Dreaming Mallorca).
Los Bioneers son más que una organización o un grupo de personas que ofrecen conferencias y escriben artículos. Ser un bionero es sobre todo una actitud y una forma de activismo. Como Kenny Ausubel dice: “El movimiento de los Bioneers es una cultura de innovadores sociales y científicos que están imitando las instrucciones de funcionamiento de la naturaleza al servicio de fines humanos, mientras están contribuyendo a la curación de los sistemas naturales, que son la fuente del salud del planeta.”
Entre el 30 de octubre 30 y el 2 de noviembre de 2010, la ecoaldea de Findhorn, en Escocia, será la sede de la primera conferencia abierta al publico de los Bioneros en Europa. Entre los participantes, estarán Vandana Shiva, Peter Harper (del Centro de Tecnologías Alternativas en Gales), Kenny Ausubel y Nina Simons (fundadores de los‘Bioneers’), Ann Pettifor (Fundación de la Economía Nueva), May East (Educación Gaia), Maddy Harland (editora de la revista Permaculture Magazine), Hosken Liz (Fundación Gaia), John P. Milton  y muchos otros. El encuentro ofrecerá conferencias, talleres prácticos, y tiempo para el diálogo, la profundización y la integración. Si te sientes llamado a contribuir y participar en esta reunión única de gente activa en el cambio positivo hacia una vida mas consciente y sostenible, ¡eres un bionero!