Manolo Vílchez
Publicado en el blog En Ruta Solar de El Correo del Sol
Pensamos y sentimos que por qué no lo imposible en tiempos ordinarios se puede convertir en factible en tiempos extraordinarios. Los ejes políticos y economicos, se manejan por una minoría hija predilecta del capitalismo. Indagar en la construcción de la resiliencia, reencontrar valores no rentables para pocos pero vitales para los muchos, anhelar un mundo sin perdedores, escribimos sobre personas y organizaciones que estimulan a cambiar hacia un mundo mejor. Carlos Fresneda y Manolo Vilchez
Un impuesto “de salud” en las bebidas refrescantes. Por su generosa contribución a la obesidad de los norteamericanos. Para cubrir los gastos sanitarios y reducir su consumo, sobre todo en los niños. Y para sanear de paso las maltrechas arcas públicas...
La “descabellada” idea, que mereció la condena unánime de la Asociación Nacional de Bebidas, está ganando cada vez más fuerza en ciudades como Nueva York o Filadelfia, que podrían ser las primeras en pasar factura.
“En estos duros momentos económicos, el impuesto de la “soda” tiene sentido”, ha dicho el alcalde Michael Bloomberg en una reciente conferencia monográfica sobre el tema en Nueva York. “Serviría para salvar salvar vidas, nos ayudaría a reducir los costes sanitarios y mantendría a miles de profesores y enfermeras donde deben estar: en las escuelas y en los hospitales”.
Culminada pues la ofensiva contra el tabaco, vencida también la batalla contra las grasas trasgénicas, Nueva York se dispone ahora a apretar el cinturón a sus ciudadanos haciéndoles pagar de un 10% a un 15% más por una lata de Coca-Cola o por un bote de bebida edulcorada. La ciudad está partida en dos ante la resbaladiza posibilidad, pero se muestra descaradamente a favor –por encima del 70%- si la medida sirve para “prevenir la obesidad” o para “ajustar el presupuesto”, tanto monta.
El impuesto de la Coca-Cola y similares podría reportar a la ciudad unos ingresos extras de mil millones de dólares al año, y contribuir de paso a una reducción del consumo de un 10%, lo que a su vez se traduciría en un ahorro de gastos sanitarios derivados de la obesidad (se calcula que las bebidas edulcoradas aportan el 7% de las calorías que se meten diariamente en el cuerpo los americanos).
El propio Obama, en declaraciones a la revista Men’s Health, ha admitido que el controvertido impuesto “es una idea que deberíamos explorar”. “No hay ninguna duda de que nuestros niños beben demasiada soda”, ha dicho el presidente, dispuesto a hacer causa común con su esposa Michelle en lucha contra la obesidad infantil.
Las autoridades sanitarias, con los doctores Thomas Frieden y Thomas Farley a la cabeza, han expresado su total apoyo a la medida alegando los estudios que demuestran cómo el consumo de bebidas que contienen azúcar, sirope de maíz u otros edulcorantes contribuyen al aumento de peso y aumentan el riesgo de contraer diabetes de tipo 2.
La industria de las bebidas refrescantes ha cerrado filas y ha prometido una resistencia numantina. “Nunca he visto que funcione cuando un Gobierno le dice a la gente cómo debe comer o beber”, ha declarado el presidente de Coca-Cola, Muhtar Kent. “Si llegara a funcionar algo así, aún tendríamos a la Unión Soviética”.
Con el fuego aún reciente de la reforma sanitaria, una nueva y burbujeante batalla llama pues a las puertas y a las mesas de los norteamericanos. ¡Salud!
Carlos Fresneda, Nueva York
Publicado en el blog Crónicas desde EE.UU. de El Mundo
“Esto era una tejado inhóspito como cualquier otro hace apenas cuatro meses”, recuerda la granjera urbana. “Lo más fatigoso fue subir hasta aquí la tierra, pero con un buen aislamiento y un puñado de semillas, cualquier tejado puede convertirse en un vergel. Y no sólo tendremos comida, sino que estaremos absorbiendo el agua de lluvia, y cotribuyendo a la refrigeración de los edificios, y mitigando la “isla de calor” tan frecuente en las ciudades”.
Dos mil metros cuadrados tiene el tejado/granja de Brooklyn, creado por Annie Novak y Ben Flanner en lo más alto de un viejo edificio industrial en Greenpoint, reconvertido en estudio de cine independiente. Decenas de voluntarios se han pasado en las últimas semanas para echar una mano con la cosecha, y celebrar de paso el solsticio de verano, o quedarse extasiado con las vistas.
“Siempre me atrajo poderosamente Nueva York”, confiesa Annie Novak, 26 años, curtida en la agricultura en Ghana y en Suramérica (pasó también un tiempo en Sevilla y habla español con gracejo andaluz). “La gente joven hemos descubierto que no hace falta renunciar a la ciudad para estar en contacto con la tierra. Estamos en los albores de un movimiento para traer hasta el asfalto lo mejor del campo”.
El movimiento se llama Greenhorns y cuenta ya con una película que rastrea la nueva generación de granjeros urbanos, desde la legendaria Berkeley (donde se gestó el Back to The Land de la era hippie) a la “revolucionaria” Brooklyn, con parada obligada en Portland, paraíso de la agricultura “en el patio trasero”.
Robyn Streeter y Donna Smith son las artífices de esa singular idea –“Hortelanas a Domicilio”- que está cuajando en otros puntos del país. Por 1.575 dólares al año, las dos granjeras urbanas convierten el típico jardín con césped en una frondosa huerta que alimentará a una familia de cuatro personas durante ocho meses al año.
Robyn Streeter y Donna Smith, hortelanas a domicilio, Portland
Ilustración de Luis Parejo
