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El mesías anticonsumista

            Fotografía: Isaac Hernández
  
En el cielo estaban de rebajas, y el último traje de color añil se lo llevó, por beato, el reverendo Billy, que desde entonces lo luce sin mancha en el asfalto de Manhattan, aleluya, intentando redimir de sus pecados a las hordas consumistas, que no dan crédito a sus ojos cuando lo ven, tan rubio y tan celestial, aleluya, que parece iluminado por el espíritu santo.
   
En los altares de Disney y de McDonald's, de Starbucks y de Victoria's Secret lo temen sin embargo como al diablo, incendiado cuando entra en trance anticonsumista, arropado por un séquito de apóstoles o apóstatas -según se mire-, que se hacen llamar la Iglesia de Parar las Compras y predican la inminente llegada del shopocalipsis (el apocalipsis de las compras).
  
"¿Es este el momento final de la historia?", pregunta el reverendo Billy . "Sí... El Rapto del Consumo Final está cerca. Los consumidores fundamentalistas acuden en tropel al Purgatorio de la Eterna Conveniencia, donde hay cadenas de tiendas por encima de las nubes, y donde te piden una tarjeta de crédito para respirar."
   
El sermón contra las compras forma parte de ese gran teatro de la calle, bajo las luminarias de Times Square o en las penumbras del East Village, la patria chica de este actor con ínfulas de predicador que antes respondía al nombre de Bill Talen y que ahora ejerce como reverendo Billy a tiempo completo.
   
El collarín y el tupé, como una doble aureola de santo, se los quita sólo para dormir. Despertó para la causa en el aquelarre de Seattle, 1999, donde bebió de las fuentes de José Bové y otros profetas antiglobalización. Fue candidato por el Partido Verde a la alcaldía de Nueva York y en los últimos dos años ha ejercido como profeta a la sombra (blanca) del movimiento Occupy, con sus encendidos sermones en el púlpito de Wall Street...
  
"La persona a la que llamamos Padre nos ha jodido. La Religión ha convertido el amor en odio. Los Grandes Bancos se han apoderado de nuestras casas y están matando nuestro clima. Los políticos han reemplazado los votos por dólares... Y en estos misteriosos rascacielos, los dueños del universo elaboran complejas ecuaciones matemáticas para concentrar toda la riqueza del mundo en unas pocas manos. ¡Aleluya!".
   
Lo cierto es que la fe o la herejía la lleva Bill Talen en las venas desde que vino al mundo en Rochester (Minnesota), donde creció en los rigores del calvinismo de raíces holandesas. Ora et labora... Su padre, banquero republicano, pasó media vida esperando a que el chaval hiciera algo de provecho. Pero el joven actor recaló en Nueva York, tardíos los 90, cuando el alcalde Giuliani atacó con su tolerancia cero y el único pecado consentido era consumir.
    
El milagro de Seattle lo transformó hasta tal punto que Bill decidió confesarse ante el ministro Sydney Lanier, de la Iglesia Episcopaliana."Llevas dentro de ti un predicador calvinista", le dijo, "y tienes que hacer lo posible para sacarlo fuera." No tardó en comprarse el susodicho traje blanco, y en la bóveda del cielo creyó escuchar una voz que le decía: "¡Habítalo!" (el traje blanco, se entiende).
   
Sus primeros sermones fueron ante los McDonald's y las tiendas Disney, adonde llegaba en procesión con un Micky Mouse crucificado: "¡Oh, Dios del Gran Mercado, libera a los niños indefensos de tu tiranía!". Tras denunciar implacablemente la explotación infantil, cambió de objetivo y de letanía. Proliferaron como esporas los Starbucks, y el reverendo Billy chupaba las cafeteras al grito de "¡Lameluya!" y montaba el cristo a la hora de la merienda: "Todo esto es un espejismo. Starbucks miente sobre las condiciones de sus trabajadores y obliga a echar el cierre a sus modestos competidores".
   
De ahí pasó a Victoria's Secret; en el Soho protagonizó otro de sus números, entre ligueros y sujetadores: "Un millón de catálogos al día, señores. ¿Saben quién paga por estos modelitos? El bosque boreal de Canadá...Apúntense a la Iglesia de Parar las Compras y no contribuyan a la tala indiscriminada de miles de árboles. Amén". Cuando los dependientes le decían que se fuera, el reverendo Billy replicaba: "Esto no es una protesta, sino un ritual de conciencia compradora".
   
En una decena de ocasiones, él y sus discípulos acabaron en la cárcel por alteración del orden público. La más sonada, en diciembre del 2005, cuando se colaron en Disneylandia y montaron el espectáculo ante las narices de Mickey y Goofy. La más reciente, en Union de Square, en Nueva York, por bendecir al millar de ciclistas que los últimos viernes de cada mes reclaman el derecho a circular por la ciudad a lomos de dos ruedas.
    
En el púlpito callejero de Astor Place o en la Iglesia de St. Marks -la misma donde resuena aún el eco de Allen Ginsberg-, el reverendo Billy y su Coro de Parar las Compras saltan a ritmo de gospel: "Bienaventurados sean los que confunden consumismo y libertad, porque algún día descubrirán la diferencia... Bienaventurados los anunciantes y los famosos, porque algún día descansarán en la honestidad".
   
En vez de comulgar, los fieles hacen cola en la iglesia para prometer que nunca más se tomarán un capuchino en Starbucks ni comprarán un picardías en Victoria's Secret: "Oh Dios, perdónalos, porque no sabían lo que hacían... El producto los necesita, pero ellos no necesitan el producto. ¡Changeluya!". Y con esa bendición tan suya queda consumado el cambio de vida del ex consumista, que no sabe si persignarse ante el reverendo o si llamar directamente a la ambulancia, tal es el verismo de su trance religioso.
   
Con la llegada del buen tiempo, el predicador reemprenderá su sonado Tour del Shopocalipsis. Hace unos años, se presentó en el Mall de América, el mayor centro comercial del mundo, y allí se dedicó a exorcizar a las cajeras y a tratar de disuadir a los felices compradores: "¡Nadie podrá escapar al fuego del Apocalipsis de las Compras!".
   
Por el camino, como si fuesen biblias, reparte ejemplares de su libro "¿Qué compraría Jesús?", llevado al cine por Rob van Alkemade. Aunque fue una española, Lucía Palacios, la primera en seguir los pasos del ya celebérrimo predicador, el mesías posreligioso que firma autógrafos a dos manos y hace esfuerzos milagrosos para que la fama no corrompa su mensaje ni acabe manchándole los trajes, el añil y el blanco, conseguidos a precios de saldo en las rebajas celestiales. ¿Aleluya!

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de El Mundo.es

Cómo levantar el Empire State en 11 meses

Quizás la última crónica de Carlos desde Nueva York, desde la ventana de su casa taller y durante 15 años, el Empire State siempre ha estado allá, marcando referencias para él. Londres es el cercano destino, la otra Inglaterra bajo su pluma, será regalo para sus seguidores a partir de septiembre. Mucha fuerza Carlos.

 
Fotos: C.F.

No se sabe qué produce más vértigo, si el fulgurante ascenso hasta el piso 102 del Empire State o la escalofriante idea de pensar que el gigante fue construido en poco más de once meses, ante los ojos atónitos de millones de neoyorquinos que lo vieron crecer por encima de su hermano “pequeño”, el Chrysler Building, con quien libró una carrera inaudita hacia el cielo en medio de la Gran Depresión.
      
Ahora, a la altura del piso 80 y con motivo de su 80 cumpleaños, el Empire State nos invita a hacer una pausa... “¡Atrévete a soñar!” da título a la exposición que nos sumerge  en la construcción más trepidante en la historia del siglo XX, gracias al sudor de 3.400 trabajadores que fueron capaces de levantar hasta cuatro pisos por semana.
      
“Podrán construir más alto, pero difícilmente más rápido”, asegura Jean-Yves Ghazi, director del observatorio. “Durante más de cuarenta años, fue el rascacielos más alto del mundo, y por más que lo superen, no habrá otro edificio más icónico en el planeta. La conexión emocional con la ciudad sigue siendo instanténea… Nueva York es impensable sin el Empire State, y viceversa”.
     
Aquí tenemos las fotografías hasta ahora inéditas de la constucción, ocupando las ventanas del piso 80 como daguerrotipos en blanco y negro de otra época. Aquí vemos también los diarios de construcción, con casi 500 camiones dejando a diario su preciada carga de acero (57.000 toneladas), ladrillos (10 millones) o cables telefónicos (seis millones). También podemos apreciar el crecimiento del gigante, piso a piso, semana por semana...

    
“Nada se puede comparar con la vistas desde el observatorio, pero hemos querido que los cuatro millones de visitantes que vienen todos los años tengan una experiencia más intensa según se asciende”, afirma Jean-Yves Ghazi, deteniéndose ante la ventana en la que se ve a tres trabajadores desafiando el vértigo sobre la estructua de acero, a la alturadel piso 86. “Y hemos querido rendir también homenaje a la gente que hizo posible este prodigio”.
     
 Speed, Scale and Steel. Velocidad, Escala y Acero. Esas son la tres “eses” del Empire State, en esta singular exposición y concebida por Carol Willis, directora del Museo del Rascacielos. El desafío comienza el 7 de abril de 1930 y culmina el 31 de marzo de 1931, fulminando todos los récords y adelantándose incluso un mes a la inauguración oficial.

      
En una ventana contemplamos precisamente como se veía en su momento el Chrysler Building, humillado desde del nuevo “techo” del mundo (448,7 metros, incluidos el pináculo y la antena). Fue también el desquite personal del promotor John Jacob Raskob, el mismo que apenas dos años antes había lanzado un reto al arquitecto William Lamb, sosteniendo un lápiz de pie y con la punta hacia arriba: “¿Cómo lo puedes construir de alto sin que se caiga?”.
        
Ahora que la silueta difusa del futuro World Trade Center se levanta ya en la lejanía por encima de los setenta pisos, es el momento de reafirmar el poderío incomparable del Empire State -cohete o lápiz- a punto de completar su renovación de 550 millones de dólares.

      
Camino del piso 80 o del 102, conviene recrearse en los detalles del refulgente recibidor “art decó”  y hacer un alto en la segunda planta, donde asistimos a la recreación del nuevo coloso “verde”, capaz de ahorrar hasta el 38% del consumo eléctrico. Una a una, sus 6.514 ventanas han sido rellenadas con gas argón para mejorar el aislamiento. Barreras térmicas, sensores de ocupación, control directo digital del consumo... Los últimos avances de eficiencia energética han dado un aire “retrofuturista” al gigante, que hace apenas diez años parecía condenado a la eterna decadencia.
     
Desde 1931, el Empire State es una referencia del potencial humano para todo el mundo”, atestigua Tony Malkin, propietario y artífice del nuevo “despegue” del cohete. “A todos nos han contado la historia del edificio que se levantó en apenas un año, en la situación económica más desesperada y entre dos guerras devastadoras. Ahora tenemos la ocasión de convertirlo en el icono del mundo más sostenible y habitable que podemos construir entre todos”.

Carlos Fresneda, Nueva York

La isla de los delirios

 
Fotos: C.F.

Noticia de última hora: aparece un “yeti” verde en el estuario del río Hudson. Con la jungla de alfalto a sus espaldas, y con la piel mojada por las últimas tormentas, cualquiera diría que el monstruo de hierba ha llegado hasta aquí huyendo del fragor de la ciudad, hasta encontrar su lugar natural en las explanadas de la Isla de los Gobernadores...

El “yeti” de “yerba” es la última obra de Edina Tokodi, que lleva seis años sembrando la ciudad con graffitis verdes y que este año se ha sumado al aquelarre colectivo de Figment, el festival de arte colaborativo que convierta la isla más olvidada de Nueva York en un  lienzo delirante.

     
Edina, nacida hace 23 años en Kecskemet (Hungría), empezó a usar musgo, hierba y tierra en sus obras como una manera de evocar el campo que le faltaba. En las calles de  Brooklyn ha dejado su estampa en imágenes fugaces de conejos, gallinas, ciervos, cebras, osos, águilas y demás fauna urbana. También en siluetas humanas, retratos e instalaciones que han cobrado increíble vida vegetal...
    
Como artista siento la necesidad y la urgencia de proteger la naturaleza”, asegura Edina. “Y sigo sintiendo tal vez esa carencia que me empuja a seguir trabajando con materiales orgánicos que tienen vida propia, y que con el tiempo se deterioran inevitablemente”.
      
Dos tormertas consecutivas estuvieron a punto de arruinar su “yeti”, pero el monstruo de la naturaleza ha vuelto a rugir como si nada en Governors Island, ante el pasmo de los paseantes, que corren raudos a hacerse la foto con la ciudad al fondo... “He querido introducir ese elemento de feria para que la gente juegue e interaccione con el arte, que para mí equivale siempre a participación
colectiva”.

     
Dejamos a Edina con su “yeti” (que ha sido avistado 'ultimamente en Dumbo, bajo el puente de Brooklyn) y acudimos al reclamo de Isabelle Garbani, haciendo punto con bolsas de plástico con las que luego “viste” los troncos y las ramas de los árboles... “Cada minuto se consumen en el mundo un millón de bolsas. Lo que pretendo de algún modo es llamar la atención y paliar en lo posible este desastre, dando un uso ecológico y estético al plástico”.

     
Los troncos se convierten en tótems de colores con el arte plastificado de Isabelle, que todos los fines de semana instruye a decenas de voluntarios en la infatigable labor. La última vez que la vimos había logrado hacerle jersey, bufanda y guantes a cuatro árboles, con el hilo interminable de cuatro mil bolsas, y las que siguen llegando.

Entramos definitivamente el Jardín de los Sueños de Governors Island: nuestros anfitriones son el mexicano Antonio Torres y Michael Loverich, ganadores de la competición artística de este año con “Burble Bup”. Los dos jóvenes arquitectos, unidos bajo el nombre de Bittertang, tienden un puente entre “lo visceral y lo digital” y nos invitan a explorar al mismo tiempo los placeres naturales y sintéticos.

     
Su instalación es un amasijo de tubos de arena y astillas de madera, con una corona rosa de flotadores hinchables que crean un juego constante de luces y contraluces. Lo orgánico y lo artificial se dan la mano en este espacio mágico, que será hasta septiembre el epicentro de Governors Island, el recóndito patio de recreo que aún no conocen la mayoría de los neoryorquinos.

Merece sin duda la pena tomar el ferry (gratis) en la punta de Manhattan y recorrerse la isla de los delirios a pie o en bicicleta, y saludar en su banco al hombre transparente, y sentarse en la mesa imposible de los Revilusionarios, y entrar en el Palacio de los Espejos Verdaderos, y saludar ya de regreso a la Estatua de la Libertad, rodeada por esa bruma vespertina que presagia el rugido atronador de los rascacielos ¡Otra vez tormenta!


Carlos Fresneda

Las rosas gigantes de Manhattan

 
 

Hay algo engañoso en las rosas gigantes de Will Ryman. Y no nos referimos al tamaño descomunal de los rosales (hasta ocho metros de alto), ni al hecho de que florezcan en medio del alfalto, entre montículos de nieve y en uno de los inviernos más crudos que se recuerdan en Manhattan.
“Las rosas se han convertido en un símbolo de consumo global”, sentencia el artista neoyorquino. “Es muy fácil vender algo si lo ofreces con una rosa: de un caramelo a un seguro médico. Es otro signo evidente del uso abusivo que el hombre hace de la naturaleza”.
Las rosas de Ryman se “venden” con espinas, escarabajos, abejorros, mariquitas y toda la fauna imaginable para hacerlas más verídicas, en el trasiego incesante de taxis, turistas y limusinas de Park Avenue.
    
Son en total 38 rosas distribuidas entre las calles 57 y 67, más los 20 pétalos repartidos por la mediana, para darle aún más autenticidad al insólito paisaje urbano, barrido por una de esas brisas mortíferas que congelan hasta el alma.
La instalación se llamaba originalmente “Un nuevo principio”, y en pleno enero puede interpretarse como una consagración anticipada de la primavera, con su estallido multicolor, sus alergias mútiples y la invasión de los insectos mutantes.
Will Ryman, hijo del pintor minimalista Robert Ryman, se ha empeñado en ponerle una lupa de varios aumentos a sus rosales de fibra, acero y cobre para causar el mayor impacto visual en plena calle. Sus esculturas –como las de Manolo Valdés recientemente en Broadway- le dan a Nueva York la vibración perdida durante estos meses de naturaleza muerta e ilusiones bajo cero.

Carlos Fresneda, Nueva York



El gavilán "viudo" de la Quinta Avenida



“Pale Male” se ha quedado sin “Lola”. El mítico gavilán de cola roja de la Quinta Avenida ha perdido a su pareja de los últimos ocho años y ha sido visto en compañía de una nueva hembra en Central Park.

A Lola no la vemos desde mediados de diciembre y por desgracia es posible que haya muerto”, escribe Bruce Youlton en Urban Hawks, el sitio web donde se dan cita los fans neoyorquinos de la singula pareja de “halcones urbanos” (también se pueden seguir sus andanzas en su grupo de amigos en Facebook).

Pese al contratiempo invernal, Pale Male no parece muy afectado por la pérdida. El ave rapaz más famosa de Nueva York, que asomó sus garras por primera vez en 1991, tuvo antes tres amantes más o menos efímeras: First Love, Chocolate y Blue.

Lola fue sin duda la que más tiempo le duró: su relación dio pie a un libro romántico como pocos, “Red Tails in love”, de Marie Winn. La mayoría de los 26 polluelos que se le atribuyen a Pale Male los tuvo precisamente con su fiel compañera, la misma con la que anidó en la cornisa del número 927 de la Quinta Avenida, de donde fueron expulsados como aves del paraíso (se consolaron merodeando la balconada de Woody Allen).

Una película, “La Leyenda de Pale Male”, recrea ahora la historia de amor entre los dos “ratoneros”, comparable sólo a la pasión que han provocado entre los neoyorquinos. El biólogo Robert DeCandido, más conocido como “Birding Bob”, organiza desde hace tiempo excursiones para el avistamiento de aves en Central Park y no deja de buscar afanosamente la cola roja de Pale Male, a petición de sus curiosos exploradores...

“Es poco habitual no ver una rapaz en más de dos semanas”, admite DeCandido, temiendo también lo peor en el caso de Lola. “No están atados a un nido en concreto, pero sí a un habitat para la caza y busca de alimento. Aunque si el alimento escasea, es probable que se muevan para asegurar la supervivencia”.

“Birding Bob” no ha perdido sin embargo aún la esperanza de volver a ver a Lola con vida: “Yo aguantaría aún unas pocas semanas, antes de que empiecen a anidar: entonces sabremos con seguridad cuál ha sido su destino”. Al ornitólogo de Central Park le asombra sin embargo la capacidad del gavilán “viudo” para cubrir su vacío: “Ya es un milagro que Pale Male lleve veinte años en la ciudad, y más aún que vaya por su quinta pareja, aunque la verdad es que ahora tiene dónde elegir”.

Desde la llegada de Pale Male, los gavilanes de cola roja le han perdido definitivamente el miedo a la ciudad y reclaman su espacio en lo que fue Mannahatta, la isla de “muchas colinas”. El último censo habla de 32 parejas, repartidas del Upper al Lower East Side, planeando majestuosamente por parques, patios traseros y escuelas.

Otro día hablaremos de Pepe y Justin, los dos castores que han desafiado a la “civilización” y han decidido afincarse nada menos que en el Bronx...

Carlos Fresneda, Nueva York
Publicado en blog Crónicas desde Nueva York de El Mundo.es

LOS "HOMBRES-ARBOL DE CENTRAL PARK"

Mustafah Abdulaziz for The New York Times

Cory y Dana Foht buscaron a conciencia un árbol donde poder dormir. Tenían más de 24.000 a su disposición en Central Park; empezaron echando raíces en un roble. La subida era complicada y el otoño estaba desnudando prematuramente las ramas, de modo que se mudaron a un viejo olmo con la fronda aún espesa y allí colgaron sus hamacas de nylon.

Los hermanos “arborescentes”, nacidos en Florida, querían experimentar la sensación de “estar suspendidos por encima del estrés y del ajetreo de las calles de Nueva York”. Sus peripecias por las ramas darán pie a un documental, pero lo más importante era y siguen siendo las lecciones de vida aprendidas en estos dos últimos meses...
Es como si formaras parte de un ecosistema. Eres definitivamente consciente de que estás durmiendo y pegado a algo que está vivo”
Todo esto lo cuentan los hermanos Foht a Colin Moynihan en el New York Times, que publicó su aventura urbana en primera página. Desde entonces, decenas de curiosos nos hemos lanzado a la búsqueda de los “hombres-árbol” en las zonas más recónditas del parque y en plena eclosión de amarillos, rojos y ocres.
También los buscan la policía y los vigilantes: pernoctar en Central Park es ilegal, ya sea tendido en un banco o suspendido de una rama.


Si algo han aprendido en este tiempo los hermanos Foht es a actuar con el sigilo de una ardilla. No duermen aquí todas las noches, sino cuando sienten la llamada de la naturaleza y el clima acompaña (unos 20 días en lo que va de otoño). Ocasionalmente pernoctan en habitaciones de prestado en Brooklyn, donde trabajan como mecánicos de bicicletas.

Los Foht se mueven por la ciudad como auténticos exploradores: en dos ruedas y con la mochila a cuestas. Suelen dejar las bicis dejar en un garaje cercano al parque, en la frondosa punta noreste. Se adentran en el bosque urbano con la última luz del día, y se encaminan hacia su querido olmo como por instinto…
“Amamos este árbol. Algunas de las noches más inspiradoras que hemos tenido en Nueva York las hemos vivido aquí… Es una experiencia restauradora, desde el punto de vista espiritual”.


Pero el frío acecha y las ramas están perdiendo el follaje. Su “casa” es cada vez más visible y está quedando expuesta a los elementos. Su “misión” está tocando a su fin y no tienen en principio la intención de seguir los pasos de la legendaria y esquiva Julia “Butterfly” Hill, que se pasó 738 días encaramada a una secuoya.

Al fin y al cabo, el mensaje de los “hombres-árbol” no es tanto de “resistencia” sino de “comunión” con la naturaleza. Emboscarse estos días en Central Park, respirar a pleno pulmón y contemplar la caída de la hoja, es como despertar a la vida y sentir en las venas el hervor de la savia.

Carlos Fresneda

“GRANJATTAN”

La jungla de asfalto se reverdece desde dentro. El Empire State sigue siendo la eterna brújula que marca el norte, pero aquí, en el vergel de Union Square, surge cuatro días a la semana ese espacio terrenal y utópico que vamos a llamar “Granjattan”.

Los ochenta puestos con la cosecha recién cortada echan raíces desde las seis de la mañana. Miles de neoyorquinos acuden al olor y al sabor de la tierra fresca, a la busca de su agricultor predilecto, con los surcos bien marcados en sus manos. El nuestro se llama John Gorzynski, y lleva viniendo al mercado de granjeros desde hace 30 años...

Los agricultores nos acercamos a Nueva York con recelo y con miedo a finales de los setenta. Esta misma plaza estaba tomada por traficantes y drogadictos, y comprar en la calle era poco menos que una aventura... Ahora ya ves: hay 46 mercados en la ciudad, y más de 200 granjeros que estaríamos condenados a la desaparición si no tuviéramos esta oportunidad. Nueva York ha cambiado... y nosotros con ella”.

John Gorzynski se levanta los sábados a las tres de la madrugada y recorre con su familia y su camión los 200 kilómetros que separan los campos de Narrowsburg de “Granjattan”. Más de 16 horas pasará cargando, descargando y vendiendo su cosecha de lechugas, zanahorias, pepinos, repollos, nabos, puerros y bardanas, entre más de medio centenar de variedades de hortalizas y hierbas. El eneldo y el cilantro, la albahaca y el perejil perfuman habitualmente su puesto, junto a la estación de metro de Union Square...

La temporada ha sido muy dura. Entre la crisis y el frío prematuro, el negocio ha caído casi un 50%. En la misma situación estamos muchos granjeros que dependemos casi totalmente de esto... Pero yo no podría concebir ya mi vida sin vender en la ciudad. Tengo clientes de hace treinta años que han ido pasando el testigo a sus hijos y a sus nietos”.

John llegó al mercado de Union Square tres años después de su creación. Mucho ha llovido desde 1976, y aunque hubo un tiempo en que la cosa peligró (en la época del alcalde Giuliani), lo cierto que es ya no hay vuelta de hoja en este Nueva York moteado por los mercados verdes
. Nuestro granjero estuvo también muy inmerso en la lucha por mantener la integridad de los productos ecológicos, cuando el Departamento de Agricultura bajó el listón...

Todo lo que se ha hecho en los últimos años no es más una operación cosmética, y lo mismo con la Administración Obama. Lo que hace falta es hincarle el diente al sistema: no podemos seguir dando subsidios a la agricultura industrial para producir esos alimentos “basura” que llenan nuestros supermercados. Tenemos que dar herramientas a la nueva generación de agricultores, y facilitar cada vez más el acceso a directo a la gente que está deseando comer local y sano en las ciudades”.

Dejamos a John Gorzynski, nuestro granjero de “cabecera”, y apuramos los pocos días que quedan para cerrar la temporada comprando calabazas en el puesto de Evolutionary Organics, y champiñones “shitake” en el Bulich Mushrooms, y col rizada en Keith Farms, y manzanas de Hudson en Locust Grove, a elegir entre más de veinte variedades: gala, golden, ida, fuji, granny, mac, rome, empire...

Carlos Fresneda. Nueva York
Fotografías de Isaac Hernádez
Publicado en El Mundo América, blog On the Green Road / En la Ruta Verde

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VIAJE EpiCO A LA OTRA AMERICA (ecoeeuu1)

Un taxista de Nueva York y yo al final quedamos bien, yo a pie de calle del destino solicitado bajado de un híbrido Honda de los primeros y él con el importe establecido por unir el aeropuerto con el centro de la gran manzana más algo que no sabia yo vinculado a la insistente palabra TIPS y que creo que se cobró, pues se despidió el buen hombre cortesmente. Del maletero salieron los petates y dos cocinas alSol 1.4 unidas por un fleje, y como en la películas mirando yo hacia el cielo entre rascacielos.

Antes en el aeropuerto había comprobado que el servicio roaming de la compañía del móvil me permitía recibir y enviar llamadas, y flipando. Hago lo propio con el módem usb desde el portátil y aquí tengo que echar mano de teléfono de atención al cliente hasta que me avisan que estaban cobrando la llamada y rápido me dan el truco para navegar como si estuviera en casa, y si, descarga de correos y sigo con el flipe a miles de km de donde uno vive pagando una pasta pero conectao al mundo y oleee. Había flipado también con el vuelo de 8 horas directo desde Barcelona y la obra humana que hace posible atravesar el atlántico en un plis plas, dejando CO2 por un tubo como contribución a cambiar el clima y consumir un tesoro que dejará pronto de serlo, eso si, soñando que ojalá pudiera atravesarlo a lomos de un delfín como proponía en lo onírico Jim Merkel. Y entre bandejas de papeo diverso, el ojeo y lectura de 3 revistas cogidas poco antes en el kiosco, el dossier de la Vanguardia sobre cambio climático, muy completo y ameno, la revista Arquitectura y Diseño con su especial ECO de 64 páginas de cobijos variados, productos de interés y opiniones de eruditos.

y la necesaria Integral, imposible a faltar con un especial dedicado a lo más especial del mes, el día de acción climática del 24 de octubre desde el 350 (dejo post con la misiva del llamamiento de hoy para pasar a la acción, animaté) y yo en contradición conmigo mismo contribuyendo a que sea más difícil desde mi lujo cultural subido en lujo de movilidad.

Sentirme un privilegiado por disponer de mucho de la tecnología y de acceso a la información me hace sentirme si acaso más humilde y corresponsable con los que sólo piden poco y viven con el impacto justo para que todos los que somos y los que serán tengan la oportunidad de aspirar a su trozo de pastel en este único planeta. En fin, espero compensar mis emisiones con emisiones de sorbos de creatividad ecológica y nuevas relaciones y acciones para el cambio, en este país donde todo es grande, incluso demasiado.

No suelo viajar por los aires por motivos varios y ambientales sobre todo, pero en esa manzana llena de energía humana y espejo de una parte del mundo agitado y de todo en general, en ese espacio único con más de 8 millones de los 6.500 que deambulamos por la Tierra rumbo a la incertidumbre climática y social, hay uno al que me une el adn y tira de lo suyo. Y por otro el privilegio de tener el apoyo en la gran ciudad de quien con el comparto este espacio para animarnos ambos con el cambio y para animar a cambiar o por lo menos reconocerlo, a todo el que como tú, dedica un tiempo a nuestros escritos, siempre por nosotros agradecido.

Vengo también a seguir la estela de un profesional de la comunicación, amigo y ecoheroe, Carlos Fresneda. Está previsto conocer partes y activismo de la otra América, la que a ambos nos interesa y consideramos importante para que mucho cambie. El es el casi seguro quién más sabe y comunica sobre la NorteAmérica del cambio y yo soy un fiel seguidor de su obra.

Olor a aromas del recetario macrobiótico en la planta 15 de un lugar cercano al cielo, aparecen los primeros libros novedad: Diario en bicicleta, el Manifiesto de la bicicleta, el Fin de la Medicina, el programa de actividades de la 20 jornada de Bionners, destino soñado a tiro de tiempo cercano y al teléfono Carlos en entrevista con Lester Brown sobre su última entrega del Plan B desde el Earth Policy Institut y las joyas de sus alertas traducidas aquí. Yo entre abrazos con el privilegio de verme el borrador y las imágenes de su último trabajo sobre el bionero señor de los hongos, Paul Staments (aquí la web de su mundo)... sigo con el flipe en pleno jet lag.

Lo que son las cosas, casi me jodo el tobillo dándole al balón con los hijos de Carlos na más llegar y ha estao de un pelo, sirviéndome para remomerar lo curioso de los momentos antes de salir. Se me caen dos fundas mientras me disfruto una gominola de osito, y venga cemento para unirlas de nuevo a toda pastilla en artesano dentista . Y al poco (después de chequearme escritos) menos mal de la intuición de viejo perro callejero que se me ocurre irme a pasaportes a preguntar si el mío está en norma y flipar cuando me dicen que no y yo ya con todos los papeles hechos, fotos, justificantes y carreras, menudo ultimo día antes del primero del viaje épico. Antes de volar me voy a pagar el último café y las dos tarjetas desmagnetizadas y miro en la maleta para arreglarme el viaje y resulta que las camisetas cogidas al voleo me salen con olores a humanidad suprema.

Pero de momento todo bíen, tobillo en orden después de sorprendente compresa con tofú (ya les contare a los de Vegetalia) siguiendo los cuidados de Isabel, camisetas en proceso de orden y lavado, la dentadura en su sitio y trapicheando con dolares en papel lo poco que compro, que ojo, que es sabido que aprovecho para chequear ecotendencias y que estos días cuento, y ya comento que aquí va para desbordante el tema. Veremos donde quedan las dos cocinas solares que además a ambos nos unen en alSol y como nos vivimos una cita eje que me llevará en este viaje épico y que quizás no volveré a repetir en la vida, a encontrarme con unas experiencias anheladas desde siempre y ahora a punto de tenerlas al lado. Esto es América, la otra a la de las películas (aunque también ya las tiene), la auténtica América activista y oleeé.

Permíteme que cuente aquí durante unos días lo que veo, siento y admiro en este país único como cualquier otro pero por ser lo que es cargado de impactos nada más comienzas a moverte. espero que te sea útil. Carlos se sumará en algún momento, que no veas como curra un corresponsal con creación cotidiana y la de cronista de la emocionante América del cambio.

CUANDO EL PARAISO SE LLAMABA MANNAHATTA...

El geógafo Eric Sanderson reconstruye la “historia natural” de la Gran Manzana

Un libro y una exposición interactiva reconstruyen los últimos 400 años de “historia natural” de la Gran Manzana

Mannahatta/Manhattan
Credit: (left) © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society; (right) © Yanan Arthus-Bertrand, CORBIS. Composite image by Markley Boyer

Los castores abrevaban en Times Square. Los osos negros campaban a sus anchas por los altos de Harlem. Y los pumas y los lobos acechaban a los 5.000 indios Lenape que se abrían paso a duras penas en la fronda selvática de Mannahatta, la isla de “muchas colinas”.

Así era la Gran Manzana, emparentada en la lejanía con el jardín del Edén, cuando la vislumbró por primera vez Henry Hudson en 1609. Y así la ha reimaginado cuatro siglos después Eric Sanderson, en ese fascinante proyecto que recupera el nombre y el espíritu original de Manhattan, increíblemente reverdecida ante nuestros ojos…

Mannahatta’s ecological landscape
Credit: © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society


Como Henry Hudson, vine a Nueva York buscando algo, pero una vez aquí he encontrado algo distinto, algo que no esperaba”, confiesa Sanderson, ecologista del paisaje, que ha logrado trazar un puente inaudito entre la jungla de asfalto y el bosque impenetrable de robles y castaños.

Primero fue un libro, “Mannahatta”, un canto ecológico y poético, deudor de Henry David Thoreau y Walt Whitman. La idea se desborda ahora en una de las exposiciones imprescindibles del verano, en el Museo de la Ciudad de Nueva York de la Quinta Avenida y la calle 103. Aunque el prodigio visual llega hasta Internet, donde cualquier neoyorquino puede ver cómo era la vida en su “manzana” hace 400 años con un simple “click.

Manhattan, 1609
Credit: © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society


En Mannahatta había 627 especies diferentes de plantas, 233 variedades de pájaros y una biodiversidad por hectárea superior a la de Yellowstone o Yosemite”, asegura Sanderson. “Si hubiera subsistido como tal, la isla sería hoy en día la auténtica joya de los parques naturales”.

Los propios indios Lenape, con los incendios controlados y la agricultura incipiente, fueron los primeros en alterar el paisaje con prácticas que hoy se considerarían “sostenibles”. El Bajo Manhattan encajó en el siglo XVII la huella de la civilización, encarnada en los “pioneros” de Nueva Ámsterdam. Los británicos arrasaron gran parte de la isla y la convirtieron en fortín durante la Guerra de la Independencia.

The Collect Pond, Lower Manhattan, 1609
Credit: © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society


Pero el golpe de gracia llegó en 1811, con la rejilla urbana que convirtió la isla en una lacónica y previsible sucesión de calles y avenidas. A golpe de TNT, se allanaron gran parte de las 500 colinas. Hasta lo que hoy es Central Park pasó por un meticuloso proceso de “reducción topográfica”. Con el tiempo llegarían los rascacielos, anclados en la roca granítica…

No hemos llegado a matar la naturaleza en Manhattan, pero es cierto que la vida silvestre ha estado “mortificada” por las decisiones urbanísticas”, admite Eric Sanderson. “Se han cegado los cauces naturales, se han rellenado los humedales, se le ha ido ganando terreno al río… Nueva York está enclavada en un estuario, en un ecosistema muy delicado y muy expuesto a los efectos del cambio climático”.

Midtown Manhattan, 1609
Credit: © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society


Desde el mirador de la Wildlife Conservation Society en el Bronx, Sanderson se asoma ese Mannahatta/Manhattan de doble filo, añorando el paraíso que fue y admirando al mismo tiempo lo que tiene de “experimento”… “Al fin y al cabo, Nueva York fue la primera “megaciudad” del mundo en superar los 10 millones de habitantes en 1950. Manhattan, con su millón y medio, ha sido y sigue siendo un laboratorio perfecto para la vida urbana de alta densidad”.

Sanderson se rebela contra la idea de “la jungla de asfalto” que enfrenta a la naturaleza contra la creación humana: “Las ciudades no pueden crecer de espaldas a la naturaleza. Los arquitectos y los urbanistas hablan cada vez más de la biomímesis y de cómo debemos construir la ciudades como si fueran econsistemas, imitando precisamente a las naturaleza. La gente se está dando cuenta además de que vivir en una ciudad es mucho más eficiente y sostenible desde el punto de vista ecológico”.

Mannahatta at dawn
Credit: © Markley Boyer, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society


Sin ir más lejos, la huella de CO2 del neoyorquino (7,1 toneladas métricas al año) es tres veces inferior a la del norteamericano medio (24,5 toneladas). En el mosaico de Manhattan, y pese a los cuatro siglos de hormigueo humano, los barrios guardan vestigios lejanos del medio centenar de “comunidades ecológicas” rastreadas por Sanderson y su equipo.

La tierra recuerda, y la diversidad cultural de la isla donde se hablan más de cien lenguas es de algún modo el reflejo de “la increíble biodiversidad que existía hace cuatro siglos”. Sanderson empieza a ver señales muy claras del espíritu redivivo de la vieja Mannahatta: del parque High Line inaugurado sobre los raíles elevados de Chelsea a los bosques de Inwood, que han sobrevivido milagrosamente “intactos” al norte de la isla

Creo que las semillas están ya plantadas bajo el asfalto”, afirma Sanderson, que culmina su libro con una visión utópica de Nueva York en el 2409, cuajada de tejados verdes. “Los neoyorquinos amamos tanto esta ciudad que es muy posible construir una versión aún más sostenible de Manhattan”.


La ciencia del paisaje

NUEVA YORK.- El viaje en el tiempo de 400 años ha sido posible gracias a una mágica combinación de elementos: los primeros testimonios del “nuevo mundo”, los mapas elaborados por los cartógrafos británicos durante la Guerra de Independencia, las imágenes de la Gran Manzana por satélite y los “efectos visuales” por ordenador usados en Hollywood.

Markley Boyer, responsable de las impactantes ilustraciones de “Mannahatta”, ha sido la mano impagable de Eric Sanderson en esta aventura que nos permite asomarnos con nuevos ojos al pasado y presente de Nueva York. Sanderson no sólo ha sido capaz de reconstruir la vida en la isla, sino que ha logrado determinar la compleja “red de relaciones ecológicas” que puede ser vital para trazar el futuro sostenible de la ciudad.

Como director asociado en Ecología del Paisaje en la Wildlife Conservation Society, Sanderson define su cometido científico como un acercamiento al “diseño de los ecosistemas”. La ciencia del paisaje, aplicada a las ciudades, servirá en su opinión para conocer la auténtica dimensión de la “huella humana” sobre el planeta, propiciar la restauración ecológica en las ciudades y diseñar en el futuro hábitats mucho más respetuosos con la naturaleza.

Bullfrog, lady’s slipper orchi
Credit: Courtesy of the University of Wisconsin
Madison

Heath hen, a former denizen of the Harlem Plains
Credit: Courtesy of the University of Wisconsin
Madison

Mannahatta Muir web
As this detail of the Mannahatta Muir web shows, each point represents a habitat element, which could be a plant, an animal, or a nonliving component of the environment (like a type of soil or a type of stream). The lines represent the interconnections between habitat elements. Credit: © Chris Harrison, The Mannahatta Project, Wildlife Conservation Society

Video en TED, en subtitulos esta la opción en español:


Los brotes “verdes” de NY

.El High Line de Chelsea, primer parque elevado de la ciudad, construido sobre un viejo ferrocarril elevado, entre la calle 20 y la calle Gansevoort.

.Times Square, cerrada parcialmente al tráfico y “ocupada” por decenas de tumbonas a los pies de los neones.

.El Empire State, pasando por un “lavado” de eficiecia energ’etica que le permitirá ahorrar hasta el 38% del consumo.

.El circuito veraniego en bicicleta todos los domingos de agosto en Park Avenue. La ciudad ha superado las 420 millas (650 kilómetros) de carriles bici. La iniciativa “200 millas” ha logrado incrementar el uso de la bici un 48% en tres años.

.El tejado-granja de 2.000 metros cuadrados en Greenpoint, Brooklyn, que se puede visitar como voluntario los domingos.

.El restaurante “solar” Habana Outpost, en Brooklyn (757 Fulton Street), abastecido con paneles fotovoltaicos y donde se puede contribuir con energía “humana”, pedaleando en una bicicleta fija.

Carlos Fresneda desde Nueva York
Publicado en El Mundo, 28 julio 2009

Los “molinos” de Manhattan

No era un gigante, era un molino. Durante casi una década, finales de los setenta, estuvo girando y girando en la calle 11 de Nueva York. Se trataba de un aerogenerador de primerísima generación, apenas dos kilovatios de potencia, suficiente para iluminar los pasillos, las escaleras y el hall de un edificio de cinco plantas. El arquitecto Travis Price y sus secuaces hippies del East Village se adelantaron al futuro. Dylan insistía ya entonces: “La respuesta, amigo, está soplando en el viento”.

El sueño murió aplastado por el acoso del gigante eléctrico, Con Edison, temeroso de que los neoyorquinos levantaran cientos de molinos y proclamasen su independencia energética. Llegaron los ochenta, se extendió la mancha del petróleo y la emblemática turbina desapareció para siempre del horizonte vecinal.

Pero Manhattan es ante todo una ciudad imaginada, y el alcalde Bloomberg ha ventilado estos días las retinas de sus vecinos con una estimulante propuesta: “Sería bello que la Estatua de la Libertad diera la bienvenida a los nuevos inmigrantes con su antorcha encendida por las turbinas en el océano... Y quizás las grandes compañías estarían dispuestas a cosechar el viento en lo alto de los rascacielos y de los puentes”. El órdago lo lanzó Bloomberg en la Cumbre Nacional de Energías Limpias que se celebró esta semana en Las Vegas. El otro gran protagonista fue un texano, el magnate del petróleo Boone Pickens, que arremetió contra la ceguera de su paisano Bush y rompió también una lanza por el sol y el viento.

Los medios neoyorquinos se han hecho eco y han visualizado los molinos en el puente de Brooklyn, en el capirote del Empire State o en el brazo en alto de Lady Liberty, tomando el relevo a la gastada antorcha. Durante unos días la ciudad ha pintado un mañana etéreo y ventoso, antes de que los expertos económicos y técnicos le pidieran al alcalde que se baje del caballo y consulte con Sancho Panza.

Pero Bloomberg sigue en sus trece, después de asomarse al futuro en las costas de Blackpool (Gran Bretaña) o en la mismísima Chicago, la ciudad del viento, pionera en la instalación de turbinas verticales en los tejados. En Battery Park, en los muelles de la calle 34 y próximamente en el Bronx, la utopía eólica ha empezado a dar sus primeros pasos. Nada más volver a Manhattan, el alcalde ha espoleado a la Corporación de Desarrollo Económico para que contacte con las compañías punteras del sector y le presenten un abanico de ideas para generar energías limpias y darle un nuevo aire a la ciudad.

A menos de 40 kilómetros del hormiguero humano de Nueva York, como contrapunto implacable e inquietante del presente incierto, pernocta a los pies del río Hudson la central nuclear de Indian Point...

CARLOS FRESNEDA. NUEVA YORK