28 de mayo de 2011

Liz Walker, forjadora del ‘otro mundo posible’


Visión y persistencia son las cualidades que permitieron a Liz fundar la Ecoaldea de Itaca (en Nueva York), un ejemplo de vida sostenible

Hay sitios en los que sabes instintivamente que acabarás echando raíces. Lugares en los que sientes una fusión especial, con el paisaje y con el paisanaje. Rincones que te reclaman como un canto de sirenas, por más que te alejes... Algo así fue lo que experimentó Liz Walker cuando puso el pie en Itaca (estado de Nueva York) tras completar la Caminata Global para un Mundo Vivible, allá por 1990.

Liz había aprendido de pequeña a ver la vida desde lo alto de un pino de 25 metros, en el patio trasero de la casa de sus padres en Vermont. Allí destiló la savia de la América progresista y el espíritu comunitario de los cuáqueros, mucho antes de que empezara a hablarse la “sostenibilidad”. En Perú se familiarizó con la justicia social y, más tarde, en Birmingham, descubrió la vida de barrio, antes también de la invasión de los centros comerciales.

En California, y en el movimiento antinuclear, encontró durante un tiempo su razón de ser como activista. Hasta que decidió pasar a la acción práctica, con otros 150 peregrinos que recorrieron Estados Unidos de costa a costa para convencer a sus compatriotas de que hay vida, mucha vida, más allá del consumismo rampante.

Al llegar a Itaca, a cuatro horas escasas de Nueva York, tuvo la sensación de haber alcanzado la meta. Concluida la odisea, creyó llegado el momento de construir la utopía y forjar“ese otro mundo posible, más acorde con mis ideas y mis valores”... 


Cuenta la leyenda que Dios puso la mano por estas tierras y dejó su huella gigante y mojada en los Finger Lakes. El dedo más largo es precisamente el lago Cayuga, que llega hasta el corazón de Itaca, rodeada degargantas y cascadas, en un incesante fluir de agua. Y allá donde la ciudad se funde con el campo y el bosque, en lo alto de una colina y en un camino polvoriento que lleva el nombre emblemático de Rachel Carson (autora de La PrimaveraSilenciosa), Liz Walker y su compañera de fatigas Joan Bokaer decidieron fundar lo que hoy se conoce como la Ecoaldea de Itaca, un referente mundial de vida sostenible.

Los 170 vecinos de la ecoaldea, distribuidos en dos barrios (Frogy Song), utilizan el 40% de los recursos del americano medio, se abastecen parcialmente de energía con placas solares, cultivan gran parte de susalimentos en dos granjas y en pequeños huertos, reciclan y compostan su basura orgánica, comparten el transporte y reinventan todos los días eso que llamábamos el espíritu comunitario.

Hace apenas cinco meses, asistimos a la plantación del primer árbol de la tercera y última fase (Tree), con construcciones más pequeñas y ultraeficientes, siguiendo el modelo de la casa pasiva y con la aspiración de atraer a vecinos de todos los bolsillos. Pese al crecimiento natural, el proyecto será totalmente respetuoso con la idea inicial: concentrar la población humana en el 10% del espacio y dejar el 90% restante para espacios verdes.

En la ecoaldea de Itaca, los coches se quedan en el granero de la entrada y los auténticos reyes son los niños, que campan y pedalean a sus anchas.“Vinimos aquí huyendo de la pesadilla urbana de Phoenix y esto ha sido un reencuentro con la felicidad de la Tierra que yo recordaba de mi infancia”, atestigua Aaron Froehlich, rodeado de sus hijos, David y Ellijah.

Liz Walker también crió aquí a los suyos, y no fue fácil combinar la vida familiar con su infatigable labor como organizadora comunitaria, luchando contra los molinos de viento de la burocracia, procurando que el proyecto avanzara sin traicionar el espíritu de consenso... “La tarea es ardua y fatigosa cuando decides salirte de los caminos trillados. Pero, al cabo del tiempo, hemos demostrado que otra manera de vivir no solo es posible, sino que ya existe... y además funciona”.

Pero la ecoaldea no podría haber florecido sin la interacción constante con esa ciudad de 50.000 habitantes la mitad de ellos, estudiantes de la Universidad de Cornell o del Ithaca College– que se atisba a lo lejos entre colinas pobladas de robles y arces... “Desde el principio, tuvimos claro que teníamos que abrirnos y compartir nuestras experiencias. Porque lo que más necesita el mundo es inspiración, y aquí hemos aprendido a poner unas cuantas ideas en práctica.”

En su primer libro, Ecovillage at Ithaca, Liz Walker exploraba el proceso de creación de la ecoaldea en un manual que ha dado la vuelta al mundo. En su segundo y másreciente, Choosing a Sustainable Future, su radio de acción se extiende por esta pequeña gran ciudad, auténtico hervidero de todo tipo de iniciativas.

“Me resultaba curioso comprobar cómo, en plena recesión económica, el activismo social y ecológico de Itaca entraba en ebullición”, expica Liz. “Aquí valoramos y apoyamos mucho la economía local, y eso nos ha permitido afrontar mejor los tiempos difíciles”.

Como Portland, Madison, Berkeiey, Boulder o Austin –otros obligados puntos de referencia de la otra América–, Itaca se ha convertido en el panaldericamiel“ para todos aquellos que buscan una relación más directa con la tierra”. Liz se remonta a los tiempos de los indios Cayuga, que dejaron en estos bosques la semilla de la sostenibilidad, el pacifismo y el feminismo, como parte de su legado histórico.

Itaca se subió muy activamente al carro de la contracultura de los años sesenta, y eso se nota. La ciudad fue puntal del cooperativismo y de la agricultura ecológica, pionera de la ola de mercados de granjeros (5.000 ya en Estados Unidos) que traen lo mejor de la consevadora hasta el afyoaosechalocalhastaelasfalto. Las horas de Itaca abrieron también la brecha en el movimiento del dinero local, propagada de costa a costa. El seguro médico universal o las líneas especiales de crédito para pequeños ahorradores son lujos sociales que diferencian a Itaca de la mayoría de las ciudades norteamericanas.

“Unas iniciativas atraen siempre a otras y acaban creando un efecto de racimo”, advierte Liz. "Aquí existe una mezcla de cooperación y de competencia sana de la que todos nos acabamos beneficiando. Y, sobretodo, ha habido líderes locales con la capacidad de acción para cambiar las cosas.”

“Digamos que Itaca era ya una ciudad en transición antes de que existiera este movimiento. La gente está muy concienciada de que vivimos en un momento muy crítico y hay que evolucionar hacia otro modelo más sostenible. Tenemos que aprender a cultivar nuestros alimentos, a procurarnos nuestra energía, a ser más eficientes, a no depender del coche, a compartir recursos, a recuperar los lazos comunitarios... Lo que hemos conseguido aquí se puede lograr en cualquier parte del mundo. Solo hace falta, valor, visión y persistencia.”

Carlos Fresneda
Publicado en Integral 377, mayo 2011
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