20 de mayo de 2012

El activista incombustible















Bill McKibben tiene la planta espigada de un pívot baloncesto y el espíritu combativo de un llanero solitario. Se le reconoce desde lejos porque aventaja a todos por una cabeza y porque sabe crear en su entorno una especie de frenesí apremiante y contagioso.

El autor de "El fin de la naturaleza", en su faceta de activista incombustible, nos invita tal día como hoy a hacer la conexión definitiva con la iniciativa Climate Dots... "Necesitamos desesperadamente poner una cara humana al cambio climático. Tenemos que hacer ver a la gente que no se trata de una abstracción, ni de una amenaza en el futuro. Se trata de una crisis presente y real, que requiere acciones urgentes".
Hace tres años, con la campaña 350.org, McKibben puso el planeta en danza en vísperas de la frustante cumbre de Compenhague. Ajeno al desaliento, convencido de que aún es posible rebajar las emisiones hasta el límite recomendado por los científicos, el mensajero del clima se propone unir virtualmente miles de puntos "verdes" de norte a sur, de oriente a occidente...
"Queremos hacer visibles las soluciones que ya existen, a pequeña y a gran escala. De paneles solares a granjas eólicas, de jardines comunitarios a huertos en los tejados, de los barrios sin coche a las "ciclovías"... Tenemos que conectar a la gente y hacerles ver la conexión entre nuestras acciones individuales y el problema al que nos enfrentamos".
Con McKibben nos hemos cruzado una y mil veces en sus infatigables "cabalgadas" de la última década, desde su "patria chica" de Vermont hasta las escalinatas del Capitolio en Washington, pasando por la cumbre de los Bioneros en la bahía de San Francisco. Hasta hace poco llevaba sin embargo la vida ajetreada del ecologista teórico, preocupado en todo caso por disminuir su huella y dedicarle más tiempo a su familia, a sus caminatas por el bosque y a sus excursiones en canoa.
 En sus alforjas cabía el orgullo de haber sido el primero en alertar al gran público sobre los efectos del cambio climático (entonces llamado "efecto invernadero") all'a por 1989, cuando publicó "El fin de la naturaleza". Vinieron luego una larga decena de títulos –"La era de la información perdida", "Esperanza, Humanidad y Naturaleza", "Economía Profunda"- ahondando en el estrecho vínculo entre nuestro estilo de vida y el deterioro del planeta. 
Pero algo le faltaba. Cada regreso a casa, cada artículo publicado, cada charla ante una audiencia más o menos multitudinaria, le dejaban en el fondo una sensación de vacío. Algo en lo más íntimo –coincidiendo casi con la inevitable crisis de los cincuenta- le decía que había llegado el momento de pasar a la acción directa.
Empezó por lo que tenía más cerca, movilizando a un grupo de estudiantes universitarios en Vermont, uno de los estados más progresistas de la unión. Allí prendió la chispa de Step It Up, embrión de lo que con tiempo fraguaría en 350.org. McKibben cree sin duda en el poder de los números, y las 350 partículas por millón de CO2 (la cifra considerada por el climatólogo de la NASA James Hansen como el umbral de peligro) han dejado de ser una abstracción y figuran ya en la agenda de la ONU.
 A la depresión post-Copenjague, siguió la "decepción Obama": McKibben fue de los que se encadenó y se dejó detener a las puertas de la Casa Blanca, en protesta contra el oleoducto para transportar hasta Texas el petróleo de las arenas alquitranadas de Alberta.
La batalla ganada le hizo ver que no todo está perdido. "Pero hace falta un movimiento mucho más grande para forzar a los líderes a actuar",  reconoce. "Nuestra próxima meta es precisamente ésa: lograr cosas prácticas. Y podemos conseguirlo país a país, con acciones llamativas para calar en la opinión pública y mantener viva la llama de la acción ante el cambio climático".
"Organizar, organizar, organizar"... Son los tres consejos que Bill McKibben da a cualquier activista incipiente que quiere ir más allá del cambio personal y tener un verdadero impacto en su comunidad. "Pese a todos los obstáculos de este último año, el movimiento se encuentra más vivo que nunca: no hemos hecho más que empezar".
El activista compulsivo no ha podido sin embargo enterrar al escritor nocturno que sigue llevando dentro y que vuelvi'o a la carga recientemente con "Eaarth", algo así como "Tierrra" (con una "a" o una "r" de más, para recalcar que vivimos ya en otro planeta diferente al que conocíamos).
"El cambio se está produciendo de una manera rápida y furiosa, y no nos queda otro remedio que adaptarnos", advierte McKibben. "En nuestras manos está aún evitar que el clima entre en una espiral autodestructiva y deje el planeta irreconocible ante nuestros ojos".
Carlos Fresneda / Londres

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