Mostrando entradas con la etiqueta Isaac Hernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isaac Hernández. Mostrar todas las entradas

Elogio de la tecnología 'viva'


 
Aquí están los "plagiaristas", que copian directamente de la naturaleza. Tenemos también a los "bioartesanos", que colaboran con las plantas, las algas y los hongos. No podían falta los "bio-hackers", que van más allá y piratean la naturaleza para reproducirla sintéticamente. Los "neoalquimistas" aspiran a crear organismos híbridos, a partir de la fusión de biología y robótica. Por último quedan los "agentes provocadores", imaginando un futuro radicalmente distinto.
    
A todas esas definiciones responde Mitchell Joachim, el arquitecto, diseñador y ecovisionario norteamericano, fundador de Terreform One y una de las estrellas de la exposición En Vie/Alive que arrastra a cientos de curiosos hasta el Central Saint Martins de París.
    
Todo gira de una u otra manera alrededor de la naturaleza en En Vie/Alive, que abre de par en par las puertas a un futuro de total fusión entre lo vivo y lo sintético. La tecnología no sólo imita a la naturaleza (biomímesis) sino que interactúa con ella en un proceso de hibridación que desafía la imaginación de cualquiera.


   
Ahí tenemos el Fab Tree Hab, diseñado por Mitchell Joachim, Javier Arbona y Lara Greden. Se trata de una casa cien por cien ecológica, que aspira a utilizar los troncos de los árboles como elementos integrantes e integrados de una casa. La base es una estructura de andamios de contrachapado, que crea la superficie habitable y permite al mismo tiempo el crecimiento "natural" de las ramas trazando arcos y vigas por un sistema de "entrelazados" similar al que utilizan los jardineros.
    
Se trata más bien de un "experimento", y no de una casa real. El Fab Tree Hab habita de momento en una pequeña maqueta y en la recreación por ordenador de sus tres creadores, cuya meta no es otra que demostrar "las increíbles posibilidades de la interdependencia de la gente y de la naturaleza".
    
A Mitchell Joachim, con su inseparable coleta, le suelen criticar porque  sus ideas son utópicas, irrealizables o poco prácticas (otro día hablaremos de su idea de la casa rodante). El se defiende poniendo sobre la mesa su bagaje como diseñador "convencional", en contraste rabioso con su necesidad de romper moldes y hacer del futuro algo interesante: "Lo que yo pretendo es ponerle el "funk" al funcionalismo"...
  
Al fin y al cabo, ideas como el CityCar, de donde salió el coche eléctrico Hiriko, fueron concebidas por mentes como las de Mitchell Joachim a su paso por el Media Lab del MIT. Su visión del SOFT car, aplicada también al transporte público, va aún más allá y concibe un coche "blando" y sin aristas, que redefine por completo la relación entre conductor y peatón.
    
Mitchell Joachim, proclamado por la revista Rolling Stone como uno de los 100 visionarios que están cambiando América, ha elegido Nueva York como su lienzo para la ciudad posible. Su diseño de los Muelles Resilientes de Brooklyn, para hacer frente a huracanes e inundaciones, recibieron el premio de la AIA al diseño urbano. 

   
Algunos de sus proyectos tienen un contenido reivindicativo y social, como ese Rapid Re(f)use que propone reusar la basura generada por los neoyorquinos (suficiente para llenar un "contenedor" como la estatua de la Libertad cada hora). Su visión de la ciudad se concreta en New York 2016, con la jungla de asfalto reverdecida hastas los tejados y alimentada por granjas verticales de su colega Dickson Despommier.
    
"La sostenibilidad no es suficiente", afirma el fundador de Terreform One desde su utopía particular en Brooklyn. "Tenemos que evolucionar, cambiar, avanzar hacia algo mejor y distinto... Y para eso necesitamos una visión, como la que en su día tuvieron Buckminster Fuller o Julio Verne. La vida es un experimento socio-ecológico constante".

Carlos Fresneda
 

¡Aquí me quedo!


Foto: Isaac Hernández

"Nací en el Bronx, cuando esto era una zona de droga y de crimen, de casas quemadas y abandonadas... Nuestros barrios quedaron destruidos, pero la gente, con el tiempo, ocupó las viviendas, hicieron sus jardines comunitarios, intentaron mejorar sus vidas. Aunque no fue suficiente: el Sur del Bronx sigue siendo sido la comunidad más desechable de Nueva York".
   
Omar Freilla, hijo de inmigrantes dominicanos, creció bajo el humo y el zumbido incesante de la Cross Bronx Expressway, la autopista elevada que abre en canal el barrio, con los índices de asma más elevados del país... "Puedes entrar en cualquier escuela pública y preguntar cuántos niños tienen asma. En algunas clases levantarán la mano el 60% de los chavales".
    
El "boom" inmobiliario intentó vender la idea del SoBro (acrónimo del South Bronx) como el último bocado "cool" de Nueva York. Pero la crisis ha frenado a los especuladores, y lo cierto es que el panorama a la altura de la calle 149ª sigue siendo bastante desolador. En menos de dos kilómetros a la redonda tenemos un funesto muestrario de cárceles, autopistas, centrales térmicas, depuradoras de agua y plantas de tratamiento de basuras, por no hablar de los más de 10.000 camiones diarios que circulan por las calles desarboladas.
La gente de Sustainable South Bronx, el grupo que abrió la primera brecha entre los nubarrones, organiza puntualmente los "tour tóxicos" para quienes quieran conocer a fondo el barrio. En los últimos ocho años, la labor infatigable de Majora Carter ha conseguido despertar la conciencia ecológica de los vecinos bajo la consigna "Green the Ghetto".
    
Allí se curtió precisamente Omar Freilla, que en su etapa de joven activista tuvo la tentación de dar el salto como voluntario a Africa o Suramérica... "Al final me di cuenta de que aquí, en el Bronx, vivimos realmente como en un país subdesarrollado dentro de un país desarrollado. No hay más que ver nuestras estadísticas de salud y esperanza media de vida. Y no hay más que asomarse a la ventana, contemplar el horizonte de autopistas, industrias contaminantes y vertederos, para encontrar la explicación".
     
Pasado el umbral de los veinte, Omar decidió tomar las riendas del destino, subirse las mangas y pasar a la acción con Green Worker Coop., la primera cooperativa de trabajo "verde" del Bronx. "Llegó el momento de crear algo constructivo en la comunidad", se explica Omar en español. "El primer paso de la economía gris a la economía verde tenemos que darlo nosotros, gestionando nuestros propios recursos, reinventando la economía y la democracia desde la base".
   
El futuro del Bronx se está gestando sin duda en este almacén de Timpson Place, donde se acumulan puertas, ventanas, armarios, lavabos, azulejos, parqués y moquetas cuyo destino natural habría sido el vertedero de no ser por Omar y los suyos... "Nosotros lo llamamos el negocio de la deconstrucción, y creo que es uno de los sectores con más futuro. Nos presentamos allá donde va a haber una demolición, catalogamos lo que se puede volver a usar y lo traemos para el almacén, donde lo revendemos a contratistas y particulares a precio de saldo. También recibimos las donaciones más impensables: desde una máquina de hacer palomitas a veinte butacas de cine".

ReBuilders Source es el nombre de la primera cooperativa de Green Worker, que de momento genera cinco empleos. "Éste no es más que el punto de partida", asegura Omar. "Deberían funcionar ya cooperativas así en todos los barrios, para reconstruir usando materiales reciclados. Aunque hay otros terrenos que queremos explorar, como el de la eficiencia energética, o el de las cooperativas de consumo para fomentar las huertas urbanas en el Bronx".
    
La Coop Academy es el brazo educativo de Green Worker. Por ella han pasado decenas de futuros trabajadores "verdes" en cursos intensivos de formación de 24 semanas... "La gente está deseando cambiar de "chip" y abrir nuevos horizontes aquí en el barrio. De la cooperativa de reciclaje hemos pasado a los granjeros orgánicos, los instaladores de placas solares, los expertos en aislamiento y eficiencia energética o la cooperativa de "catering" de alimentos sanos, tan necesario en un barrio como el nuestro. Creéme, lo último que necesitamos en el Sur del Bronx es un nuevo McDonald´s".
   
A sus 38 años, Omar Freilla incita a los jóvenes a seguir su instinto, perseguir a toda costa su gran idea y no desesperar por la falta de financiación. El mismo recuerda lo duro que fue al principio, llamando de puerta en puerta, cuando eso que ahora se llama "emprendimiento social" no era más que una utópica idea...
    
Hasta que le llegó la máxima distinción de la Fundación Rockefeller por su contribución a las "Nuevas Ideas y al Activismo" en Nueva York. Los 100.000 dólares que recibió los invirtió directamente en Green Worker Coop. y en ese momento decidió que su ancho horizonte seguiría estando en el Bronx, donde los graffitis proclaman con sufrido orgullo en español: "¡Aquí me quedo!".

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de El Mundo.es

Una mujer, un tambor, un árbol


            Foto: Isaac Hernández

"¿De dónde vienen los tambores?", fue la pregunta que se hizo Ubaka Hill, admiradora de Wangari Maathai, deseosa de hermanar la música, la espiritualidad y activismo ambiental. "¿De dónde vienen los violines, los pianos y las guitarras? No tenemos que mirar muy lejos, siempre y cuando tengamos a la vista un árbol".
     
Una mujer, un tambor, un árbol... Es el "tam tam" particular de esta percusionista  afroamericana de mirada afable y voz hipnótica, que sueña con convocar a un millón de mujeres "tamborileras" de aquí al 11 de octubre del 2013, la fecha estipulada para la multitudinaria asamblea del ritmo: The MillionWomen Drummers Gathering.
    
Ubaka abraza su tambor djembe como quien abarca un árbol, o como quien acuna a un hijo... "Aquí reside la pulsación de la vida, la vibración que sentimos desde el útero materno y con la que luego conectamos de una manera asombrosa y mágica".
En los escenarios o en los bosques, en solitario o con su banda, desde el Drumsong Institute o en sus constantes viajes, Ubaka Hill ha ido reuniendo pacientemente al tropel de mujeres tamborileras que darán la nota desde estas misma semana, con la meta puesta en New Platz (Nueva York) y en cientos de lugares en todo el mundo donde el "tam tam" irá acompañado de la siembra.
     
"La idea es así de simple: toda mujer que toque un tambor se compromete a plantar un árbol", explica Ubaka. "Es una manera de dar algo a cambio de todo lo que recibimos de la naturaleza. Todos los instrumentistas "trabajamos" con la madera y tenemos que estar tremendamente agradecidos a los árboles"...
    
"Hubo un tiempo en que los hombres y las mujeres acudían al bosque con la reverencia que merecen los lugares "sagrados". Pedían permiso a los árboles para ser cortados. Se producía un "intercambio" que hoy en día no existe. Hoy en día talamos sin conciencia, preferimos no pensar en los efectos de nuestras accciones. Estamos totalmente desconectados del ciclo de la vida".
      
Los ritmos africanos y latinos, el jazz, el foclore norteamericano y la música celta confluyen en las manos expresivas de Ubaka, que parecen hablar por sí solas cuando acarician, agitan o golpean la membrana de piel... "El tambor es algo común a todas las culturas ancestrales, pero por alguna razón a las mujeres nos fueron excluyendo. "Girls don't play drums" ("Las niñas no tocan el tambor"), me decían de pequeña, en mi casa de Nueva Jersey".
     
A los 17 años, Ubaka dio por fin rienda suelta a su pasión y ahí sigue, superados ya los 50, alternando las actuaciones con su grupo "multicultural", The ShapeShifters, con los seminarios que conectan los tambores con la espiritualidad. Los hombres son siempre bienvenidos, pero la llamada llega de un modo natural a las mujeres, que convierten sus seminarios en auténticas danzas de la vida...
    
"Las mujeres y las niñas tocan realmente como son y sienten. El ritmo resuena de un modo especial en ellas, forman círculos, desaparecen las diferencias sociales, económicas o étnicas, descubren un poder que viene de dentro y conecta con todo lo que nos rodea. Nos convertimos en fuerzas de transformación".
    
En eso anda Ubaka, tejiendo redes, formando grupos locales, soñando con el día de la gran "tamborilada" global...  "La vibración de un millón de mujeres tocando el tambor resonará en el corazón de la Madre Tierra y en el de todas las mujeres del mundo. Elevaremos colectivamente nuestra conciencia y tendremos además la satisfacción de haber plantado suficientes árboles para garantizar que la música pase a la siguiente generación".

Carlos Fresneda

El hombre 'salvaje' de Manhattan


            Foto: Isaac Hernández

Parece un pariente cercano del doctor Livingstone, supongo. Sólo que en vez de adentrarse en la espesura de Africa central se patea como nadie Central Park, con su gorro de explorador, a la busca de dientes de león, acederas, zarzaparrillas, epazotes y demás plantas comestibles que irá recolectando sobre la marcha, seguido por cuarenta expedicionarios de todos los pelajes y edades que nunca sospecharon los manjares silvestres que crecen en la gran ciudad.

Steve Brill, más conocido como The Wildman (El hombre "salvaje"), lleva tres décadas instruyendo a los neoyorquinos en el arte del "foraging" (recoger el forraje, pero para consumo humano). Allá por 1986 saltó a la fama cuando dos aguerridos park rangers se infiltraron en una de sus expediciiones y le detuvieron por "actividades delictivas". Le acusaron literalmente de "comerse el parque".
    
Meses después, tras el revuelo que se montó en la prensa, le contrataron como guía insustituible, autorizado para recolectar todo tipo de setas, hierbas, raíces y bayas aptas para los humanos en todos los espacios verdes de la ciudad, de Inwood a Prospect Park, incluido el patio de su propia casa (si usted le da permiso).

Su fama trasciende ya las fronteras; le han salido imitadores en medio mundo. Pero el auténtico "Wildman" -el nombre le vino a la mente haciendo meditación trascendental- es este intrépido, estrambótico y simpático explorador de 60 años, nativo de Queens, convertido ahora en ídolo del movimiento de los localívoros.
 
Lo que propugna el hombe "salvaje" es la auténtica vuelta a la comida local, a lo que tenemos más a mano. "Durante millones de años, la especie humana se alimentó de lo que recolectaba en el bosque", explica Steve Brill. "Ahora, con el auge del fast food y los productos ultraprocesados, hemos roto por completo la conexión con la naturaleza, que siempre fue la base de nuestro alimento".

Brill iba para psicólogo antes que para explorador, cocinero y botánico. Un día, paseando en bicicleta, vio a un grupo de mujeres griegas cogiendo hojas de parra en un parque. Se llevó una bolsa a casa, las cocinó con un relleno de arroz y volvió a por más. Se hizo experto y autodidacta, con la ayuda de infinidad de guías y probando todo lo que parecía comestible, sin sufrir hasta la fecha ninguna indigestión (todo lo más, un picorcillo en la lengua.
   
Dos veces a la semana, el hombre "salvaje" convoca a sus seguidores en uno de los más de veinte parques que entran en su jurisdicción (15 dólares de donación los adultos, diez los niños). El destino predilecto sigue siendo Central Park, donde el 2 de marzo comienza la temporada con el primer grupo de comedores silvestres, pertrechados con palas, rastrillos y guantes.
    
En nuestra última expedición arrancamos en el Strawberry Fields de John Lennon. A falta de fresas salvajes, encontramos moras blancas (jugosas "mulberries") que saben a lluvia y se deshacen dulcemente en la boca. En el borde del lago nos esperaba un árbol cargado de frutos rojos, parecidos a los arándanos, que resultaron ser los "juneberries" o frutos del guillomo.
   
Grandes y pequeños nos disputamos las mejores ramas, ante la sorpresa de las parejas que retozan en el parque y que no sabían de la fruta prohibida. Más tarde descubriremos manzanos silvestres y los codiciados caquis, "más sabrosos que los que venden en Chinatown".
 
De ahí pasamos a las hierbas, con especial hincapié en esa que llaman pimienta del hombre pobre y que puede poner el contrapunto picante en las ensaladas. Pertrechado con su inseparable iPad, el hombre no tan 'salvaje' muestra a los niños su aplicación especial para los bosques, con una foto de la hierba en cuestión para que no se equivoquen.   
Buscamos también bardanas, raíces muy curativas, clavadas en la tierra como auténticas estacas. Y por supuesto flores para la dar color a la ensalada, como las azucenas amarillas: "¿Alguien se atreve a regalarle un ramillete de flores a su mujer para que luego se las coma?".
   
"¡Cuidado con las hiedras venenosas!", advierte el hombre "salvaje" a los intrépidos que se lanzan a la aventura. Cuando la expedición se dispersa, Brill los llama a capilla con el silbato o ahuecando las palmas manos y haciendo música con la boca.
    
Cuatro horas dura la incursión inolvidable en el parque, aderezada por historias que el hombre "salvaje" cuenta con pasión. Como la del día aciago en que acabó en las mazmorras por arrancar las buenas hierbas (no le dejaron ni siquiera comérselas en el calabozo). O la radiante mañana en que conoció a la mujer de sus sueños, con la que comparte ahora sus recetas silvestres...
   
"Fue en abril del 1998, cuando se unió a la expedición una escritora de temas médicos que se llamaba Leslie-Anne Skolnik. Al principio se hizo la tímida. Sobre la marcha mostró tal interés por mí que le di de comer violetas, y así empezó todo. Meses después... "¡Ya se han casado! ¡Ya se han casado!"

Carlos Fresneda
Publicado en el blog Ecohéroes de El Mundo.es

Se hace planeta al andar


                 Foto: Isaac Hernández

¿Y usted a qué se dedica? "Yo camino por el planeta... Empecé a caminar como un modo de protesta, tras un vertido de petróleo. Y al final fue una manera de conocerme a mí mismo y descubrir las maravillas que nos rodean. Empecé a observar, a pintar, a escuchar... Caminé sin parar durante 22 años, también hice un voto de silencio durante 17. Ahora me dedico a contar historias...".
     
Con voz pausada, y punteada por su inseparable banjo, John Francis podría pasarse días enteros relatando sus aventuras como el Planetwalker por el continente americano. Pero lo que más sorprende en él es ese afán por quedarse fuera de la cuneta, invitándonos a abrir los ojos por nosotros mismos y a contagiarnos en todo caso la sabiduría acumulada en sus gastadas suelas...
      
"La lección que aprendí en mis largas caminatas es ésta: nosotros somos parte del medio ambiente. El modo en que nos tratamos los humanos se manifiesta en los problemas ambientales. Y el daño que le hacemos a la Tierra es el daño que nos hacemos a nosotros. Así de simple".
     
La historia de John Francis arranca el 17 de enero de 1971. Dos petroleros chocaron ese día en la bahía de San Francisco, y el joven idealista de 25 años no podía creerse lo que veían sus ojos cuando cruzaba en coche el Golden Gate. Decidió unirse a los cientos de voluntarios que combatían la marea negra, pero algo le decía que no era suficiente. Meses después decidió no volver a usar un vehículo motorizado y moverse exclusivamente a pie.
    
Su decisión personal causó estragos entre sus amigos. "¿Crees que andando vas a a cambiar el mundo?", le preguntaban en la comuna donde vivía. "¿De veras piensas que una sola persona puede marcar la diferencia?"... Harto de contribuir a discusiones inútiles, John Francis dio un paso más allá y decidió hacer un 'voto de silencio'.
    
Al principio pensó que su doble decisión -caminar y callar- no duraría más de un año. Pero conforme fueron pasando los meses, más implacable se hizo su determinación.
En 1983 hizo las maletas y decidió embarcarse en una travesía de costa a costa. Finalmente accedió a subirse a un barco y partió rumbo a Cuba y a Antigua (de donde vienen sus ancestros) para acabar en Venezuela y atravesar a pie Sudamérica hasta los vientos huracanados Tierra de Fuego.
    
Fueron en total 22 años de 'caminata' con la mochila a cuestas. No le faltó la compañía anónima de los niños que salían a su encuentro, ni la de los indígenas que le dieron bebida y alimento ("a ellos no hubo que explicarles nada"), ni la de la gente que le miraba extrañada y le señalaba con el dedo: "Ahí va el hombre que 'camina', como si lo normal fuera moverse en coche".
    
A sus 66 años, con el título de embajador de Buena Voluntad de la ONU en sus alforjas, John Francis sigue andando hasta 32 kilómetros diarios y mira hacia atrás con nostálgica satisfacción.
Su libro de bitácora, 'Planetwalker', ha despertado el interés de Hollywood y Will Smith podría meterse en sus zapatos. National Geographic hizo un documental sobre él y ahora está volcado en la acción educativa educativa -'Planet Walk'- para enseñar los pequeños a extraer las lecciones impagables del 'camino'...
   
"Caminar es la mejor manera de calibrar dónde estás, de dónde vienes y hacia dónde avanzas", asegura Francis con voz parsimoniosa y afable, arropada por profundos silencios o por el contrapunto alegre del banjo.
"Una sola persona puede marcar la diferencia, y mostrar a los demás el sendero menos trillado. Pero cada cual debe seguir su propio camino: el mío fue ése, echar a andar como respuesta a un vertido de petróleo. Sobre la marcha aprendí cosas maravillosas".
Unos 56.000 kilómetros calcula que ha caminado hasta la fecha, suficientes para dar la vuelta a la Tierra "y un poco más" (en el caso de que pudiera caminar sobre los mares). Pero su meta no era batir ningún récord; en todo caso "peregrinar" por la causa planetaria.
"El silencio me enseñó a escuchar, y cuando volví a hablar decidí hacerlo en el nombre del planeta", recuerda. "Al fin y al cabo, el Día de la Tierra nació como respuesta al vertido frente a las costas de Santa Bárbara. Mi acción surgió meses después de que ocurriera lo mismo en San Francisco, y espero de veras que el mundo reaccione ante desastres humanos como el del Golfo de México".
    
Cuando John Francis empezó su larga marcha, la ecología consistía sobre todo en "preservar los hábitats y velar por las especies amenazadas". Entre caminatas, y en silencio, fue capaz de licenciarse en Estudios Ambientales y Gestión de la Tierra por la Universidad de Madison...

"Pero las principales lecciones me las dio la naturaleza y también la gente. He aprendido que la sostenibilidad no es más que la relación de los unos con los otros. Mientras exista la opresión, la explotación y las guerras no podemos avanzar. Tenemos que hacer las paces con nosotros mismos para hacer las paces con el planeta".

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de El Mundo.es

De moscas y humanos

Foto: Isaac Hernández 

Paul Ehrlich juega a hacerse el apocalíptico en la réplica de las Puertas del Infierno en la Universidad de Stanford. El humor es el antídoto necesario contra el pesimismo en este atípico profesor de Biología, capaz de encontrar un curioso paralelismo entre dos de sus "especialidades" como científico: la mosca del vinagre y la especie humana...
     
"Si una mosca del vinagre descubre una fruta podrida, pongamos un plátano, pronto verás una población de moscas comiendo de la misma banana. Hasta que una mosca se dispersa, encuentra otra fruta y las demás la siguen... El problema es que la especie humana dispone de una sola banana, que es la Tierra, por eso conviene cuidarla lo mejor posible".
    
Y ahora la principal diferencia: "La mosca del vinagre tiene la suerte de evolucionar genéticamente a una velocidad pasmosa. En apenas dos semanas es capaz de desarrollar la resistencia al DDT... Los humanos, sin embargo, apenas hemos evolucionado genéticamente desde la época de Aristóteles. Nuestra única esperanza es pues la evolución cultural, que es mucho más rápida e imprevisible".
    
Aquí acaba (de momento) el cruce de caminos entre moscas y humanos. Aunque el rasgo diferenciador del "homo sapiens" es sin duda el de haberse convertido en "El animal dominante", como se titula uno de los últimos libros de Paul Ehrlich... "Digamos que la avaricia y el afán de dominio son parte de la naturaleza humana. Ahora bien, ¿tiene que ser así para siempre? Es un pregunta abierta...".
    
La otra gran pregunta, a la que el propio Ehrlich intentó responder con "La bomba de la población", sigue escociendo al cabo de cuatro décadas: "¿Cuántos seres humanos será capaz de albergar la Tierra?". Aunque el propio biólogo, criticado en su día como fatalista y maltusiano, prefiere reformularla de esta manera: "¿Cuál sería el número ideal de humanos para garantizar la sostenibilidad del planeta y el derecho a la una vida digna?".
    
"Dudo mucho que por encima de la capacidad de carga de los 7.000 millones se pueda garantizar ese derecho", sostiene Ehrlich. "Ese es el gran problema de fondo: la sobrepoblación está unida a la pobreza y al deterioro del medio ambiente. Aunque el mayor impacto es el que causamos los países ricos; si el mundo entero viviera como los estadounidenses o los españoles, nos harían falta varios planetas para satisfacer nuestras necesidades".
      
De momento somos ya 7.059 millones, según los últimas estimaciones, y todo apunta a que seguiremos creciendo al menos hasta los 9.000 millones. "Digámoslo claro: la población no puede seguir creciendo indefinidamente, de la misma manera que tampoco puede hacerlo la economía", sostiene Ehrlich. "La razón de peso es la misma: vivimos en un planeta finito y todo tiene un límite".
    
Dicen sus detractores que los mismos argumentos usó Ehrlich en 1968, cuando éramos 3.500 millones, y sin embargo aquí estamos. Airean sus críticos la polémica de la esterilidad forzosa que apuntó en su día el controvertido biólogo, que recientemente volvió a defenderse, en declaraciones a Isaac Hernández: "Dije que podríamos llegar a eso, pero nunca que fuera la solución ideal. Siempre pensé que sería muy difícil a nivel social. De hecho, me sorprende el éxito de la política china. La presión suave con sistemas contraceptivos disponibles para todo el mundo que sea activo sexualmente y la política social que anima a la gente a parar con dos, es lo que yo siempre he recomendado. En Europa ha funcionado".
    
Asegura también el biólogo de Stanford a sus 80 años que el reto de las poblaciones "envejecidas" hay que combatirlo con una vejez más activa, aunque su gran esperanza reside en el empoderamiento de las mujeres: "La solución está en dar educación y poder a la población femenina; no es de recibo que las mujeres sigan siendo ciudadanas de segunda clase en la mayor parte del mundo. Las tasas de crecimiento disminuyen por sí solas conforme las mujeres avanzan hacia la igualdad de derechos".
     
"¿Pesimista yo?", se defiende Ehrlich. "Pesimismo es seguir haciendo lo de siempre. La esperanza es lo último que se pierde, aunque reconozco que a veces tengo mis serias dudas. La verdad es ésta: hemos sido unos pésimos gestores del planeta. Hemos alterado los ecosistemas y la atmósfera hasta el punto de poner en peligro las condiciones que hacen habitable la Tierra".
      
Otro atisbo de esperanza: el acercamiento entre ecología y economía, que hasta ahora parecían habitar en dos planetas distintos (Venus y Martes, pongamos por caso). Ehrlich es miembro del Instituto Beijer de Economía Ecológica en Estocolmo... "Confío en una nueva generación de economistas que ya tienen en cuenta factores como la naturaleza, la pobreza y la población, ignorados hasta ahora en aras del crecimiento económico que ha imperado en las últimas décadas... A la crisis nos ha llevado este modelo Robin Hood a la inversa, que roba a los pobres para dárselo a los ricos. La gran pregunta que deberíamos hacernos es ésta: "¿Quién controla el crecimiento económico?".
     
Dicho lo cual, Ehrlich detesta ingualmente la consigna de "¡Salvad el planeta!"... "Llegado el caso, el planeta se va a salvar por sí mismo y sin necesidad de contar con el animal dominante para su propia supervivencia. Incluso si hubiera una hecatombe nuclear, las bacterias serían capaces de generar nueva vida y evolucionar... ¡Y vuelta a empezar!".

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de El Mundo.es

La sociedad post-crecimiento






Richard Heinberg no tiene vocación de "aguafiestas", aunque el libro que le valió el reconocimiento mundial se titula precisamente así: "The Party's Over". Se acabó la fiesta... Su visión del futuro es cruda, pero hasta cierto punto esperanzadora. Pese a los nubarrones en el horizonte, aún confía en la capacidad de adaptación del hombre a la "sociedad post-carbono" o "sociedad post-crecimiento, la que brotará tras la borrachera industrial y financiera del último siglo.
En "Peak Everything", publicado durante la orgía económica que precedió a la gran recesión, Heinberg pronosticaba ya el inevitable declive de casi todo en el siglo XXI, empezando por el petróleo. En "Blackout" intentaba alumbrar varios escenarios de futuro, si logramos superar la última e inconfesable dependencia de la energías fósiles ("seremos 100% renovables en el siglo XXI, lo queramos o no, simplemente por el agotamiento de los recursos").
Su último libro, "The End of Growth", es un alegato contra todos los intentos de reavivar la economía con la vieja fusta del crecimiento a toda costa... "No estamos simplemente en la parte baja de un ciclo económico. Hemos llegado a un punto en que cualquier expansión económica está estrangulada por los límites naturales y financieros. Se acabaron el petróleo barato y el crédito barato, que fue lo que nos hizo tocar techo. En Estados Unidos y en Europa nunca volveremos a crecer como antes".
Alineado con Tim Jackson, Herman Daly o Serge Latouche, el profeta del "decrecimiento", Richard Heinberg sostiene que no queda otra salida que "adaptarse a la nueva realidad" y hacer acopio de energías para "una transición larga y dolorosa, que servirá sin embargo para transformar profundamente el modelo económico y social".
"Se acabó la fiesta de la sociedad industrial, así de claro", sostiene Heinberg. "Todas las deudas ambientales del último siglo están convergiendo al mismo tiempo... La crisis financiera no ha sido más que el preámbulo, y estuvo precedida -no lo olvidemos- de una subida fulgurante del precio del petróleo. El agotamiento de los combustibles fósiles nos va a forzar a cambiar radicalmente de estilo de vida. Si encima le añadimos la presión del cambio climático, la situación es aún más urgente e imperiosa".
Desde la sede del Post Carbon Institute en Santa Rosa, Heinberg nos invita a asomarnos a la sociedad "post-carbono" y "post-crecimiento" quitándole los tintes apocalípticos y realzando en todo caso el verde de las colinas, en este lugar privilegiado del norte de California...
"Nos moveremos mucho menos en el futuro. Habrá menos coches en nuestras calles y compartiremos su uso: ni los biocombustibles ni el motor eléctrico podrán mantener la flota actual. La transición se empezará a hacer en las ciudades, con movimientos como Transition Towns o Post-Carbon Cities que ya están dando los primeros pasos"...
"Las grandes metrópolis adoptarán "planes de choque" y volverán a ser la suma de pequeños barrios, unidos por el transporte público. Las ciudades pequeñas se adaptarán mejor a los criterios de autosuficiencia energética y alimenticia. Habrá una tendencia a la descentralización y a la "re-ruralización". Se crearán incentivos para que la gente vuelva a la tierra, y brotarán las granjas urbanas. Y habrá un uso mucho más sensato de la tecnología para arpovechar al máximo los recursos o adaptarnos a las nuevas circunstancias... En un planeta superpoblado, el futuro estará definido por los límites, y por cómo responderemos a esos límites.
¿Utopía o más bien distopía? "Yo lo llamaría realismo", replica el autor de "El fin del crecimiento". "Ha llegado el momento de admitir que no tendremos ni la energía ni los recursos suficientes para seguir como hasta ahora. Pero los cambios no significan necesariamente autoprivación... Tenemos que pasar de maximizar la producción y el beneficio a regenerar el tejido social y redefinir la calidad de vida.Todos tendremos que poner de nuestra parte".
"Debemos diseñar un modo de vida más sostenible, más local, más lento, más feliz", concluye Heinberg. "Y eso significa poner más énfasis en la cultura, el arte y la educación. Esa es si acaso la transición más necesaria: hay que embarcar a los niños en la dura tarea de cambiar nuestra sociedad; no les podemos seguir enseñando a ser "brokers" en Wall Street".
Carlos Fresneda

La ciudad posible


Fotos: Isaac Hernández

Nueve de la mañana en la "Share-It Square" de Portland. Los planos de la ciudad dicen que estamos en una intersección cualquiera –Novena Avenida con la calle Shewett- pero los vecinos se obstinan año tras año en reinventar el lugar como la Plaza "Comparte-Lo". Dentro de unos minutos vamos a comprobar el porqué de tan curioso nombre.
         
Los niños son los que más madrugan y se apropian de la calle, aprovechando que  hoy no pueden pasar los coches. Los mayores llegan pertrechados con rodillos, brochas y botes de pintura, mientras la "madrina" Betty Beal prepara el desayuno comunal ("Tea for You") e invita a todos los voluntarios a reponer fuerzas. El día promete ser gratificante y largo.
        
El pintor Pat Wojciechowski saca de la carpeta el boceto del estanque de nenúfares que van a pintar entre todos sobre el duro asfalto. Uno de los círculos azules estará dedicado a la paz y a la sostenibilidad. En el rincón de los niños habrá un caimán juguetón, asomando entre los cañaverales. Una inmensa flor rosa marcará el centro de la intersección, que nunca volverá a ser la misma. 
      
Pedro y Adriana Ferbel-Azcárate pasarán allí todo el día, arrimando el hombro y "pasándonoslo padre, como cuando éramos niños". Su hijo Santiago, cuatro años, estampará sus huellas en plena plaza para que quede constancia de que él también contribuyó a la causa colectiva.
       
Robin Kinnaird, que trabaja en el departamento de planeamiento urbano, se apunta también a la movida vecinal con sus hijos Liam y Naomí y nos sirve en bandeja el gran secreto, la razón por la que Portland (Oregón) tomó hace tres décadas un rumbo muy distinto al de tantas ciudades americanas: "Nos atrevimos a plantarle cara a los especuladores: limitamos el crecimiento de la ciudad para mantenerla palpitante y vida".
        
A eso del mediodía se asomará por la plaza "Comparte-Lo" el arquitecto Mark Lakeman, que está construyendo a la vuelta de la esquina el Palacio Solar de los Gatos. Todo huele a pintura y a celebración conforme avanza la tarde, que culminará con un círculo de gratitud y una hoguera vecinal bajo la luz de la luna. 

    
A la mañana siguiente habrá que frotarse los ojos al pasar por la Plaza "Comparte-Lo". El sudor y la imaginación han quedado ya estampados en ese estanque colorista y casi tridimensional en plena calle. Los automovilistas no sólo ralentizarán la marcha, sino que sentirán la tentación de bajarse del coche, y chapotear en el asfalto como un niño más, o compartir tal vez un café o un buen libro con los vecinos, apostados en los parterres o sentados en los bancos de arcilla.
        
"Cambia tu barrio, cambia el mundo" es el lema que mueve desde 1996 a esta red  de activistas urbanos que obedece al nombre de City Repair. Capitaneados informalmente por el arquitecto y permacultor Mark Lakeman, los "Reparadores de la Ciudad" están redefiniendo desde dentro la vida urbana y construyendo la utopía a la vuelta de la esquina. 

    
La ciudad posible se llama Portland... "Nadie nos dio permiso, pero así es como comienzan las revoluciones", apunta Mark Lakeman. "Nosotros somos parte de la solución, y no podemos quedarnos cruzados de brazos mientras un puñado de políticos y urbanistas deciden cómo se hace una ciudad. Empezamos como un movimiento de resistencia civil, ocupando espacios y reinventándolos. Las autoridades nos miraban con recelo, pero acabaron subiéndose al carro".ç
        
Una vez al año se celebra la gran Convergencia Vecinal. Los "reparadores de la ciudad" se apropian de medio centenar de espacios, algunos de ellos tan emblemáticos como la Sunnyside Plaza (con un "mandala" amarillo y rojo que actúa como gran disuasor del tráfico). El activismo ecológico y social rezuma entonces por todos los poros de la ciudad, coincidiendo con el festival floral y con el Pedalpalooza (trepidante celebración de la cultura de la bicicleta).
        
Todo gira en torno una misma idea: crear comunidad. No en vano, el estudio de arquitectura de Mark Lakeman se llaman precisamente así –Communitecture- y entre sus más recientes obras está el arborescente Rebuilding Center, el mayor espacio consagrado a la reconstrucción con materiales usados en EEUU. 

     
Un par de horas en Portland, la herman aventajada y menor de Seattle, bastará para contagiarse de su peculiar energía humana. Conocida por su cerveza y por su pasado industrial, en contraste con el espectacular entorno natural, Portland ha estado en las últimas décadas en la proa "contracultural" y tecnológica del país (Intel y compañía).
       
Cuando tantas ciudades agonizaban, aquí supieron darle a tiempo la vuelta a la tortilla con el movimiento "smart growth": el crecimiento compacto e "inteligente", plantándole cara al urbanismo salvaje y la soga de las autopistas. Lo que hoy es el parque fluvial, atestado de bicicletas, fue en tiempos un congestionado "cinturón" de asfalto que bloqueaba el flujo natural entre la río y la ciudad. Frente a la especulación salvaje, la ciudad decidió crear un imenso anillo verde y traer la huerta al asfalto.
     
La revolución de la agricultura urbana ha calado en Portland, que presume de ser la ciudad con más más gallinas (y cabras) per cápita de Norteamérica. Y también la capital de la arquitectura y de la emprendeduría verde, con el Ecotrust como gran catalizador de iniciativas como la incipiente industria alrededor de las bicicletas, el medio natural de transporte de casi el 20% de la población.
        
"Hace treinta años, Portland parecía un lugar irrecuperable y condenado a muerte", apunta nuestro anfitrión, Mark Lakeman. "El momento mágico se produjo con la Plaza de los Pioneros, cuando la gente hizo piña para transformar un aparcamiento desolado en un gran espacio público. Esa fue la chispa que hizo prender el gran cambio. Aquello nos dio licencia para reinventar la ciudad, y en eso estamos...".

Carlos Fresneda / Londres

Daryl Hannah y la Tierra

 
                  James Cameron y Daryl Hannah durante el Día de la Tierra. Santa Bárbara. Foto: ©IsaacHernandez.com

La actriz que hiciera de sirena en Splash recibió el Premio Héroe Medioambiental de manos del director de cine James Cameron, durante la celebración del Día de la Tierra en Santa Bárbara, donde nació esta celebración hace 41 años, tras un vertido de petróleo que conmovió el mundo en 1969.
Hannah lleva años defendiendo y practicando la sostenibilidad y, últimamente, produce cortos que muestra en su página web dhlovelife.com. Además produce su propio biodiesel con aceite vegetal reciclado para propulsar su coche.

“Estoy enamorada del mundo natural y todas sus cualidades, por lo que no es difícil para mi salir en su apoyo”, dijo Hannah al público de Santa Bárbara. “Estamos atravesando una gran crisis en este planeta. Ahora es el momento de plantarle cara a esta crisis, porque tenemos todas las soluciones necesarias para resolverla. Esa es la buena noticia, que tenemos las soluciones. Sólo tenemos que hacerlas más asequibles. Hay que poner la voluntad.

“Es verdad, estudiantes de la Universidad de California en Santa Bárbara, ya han descubierto la manera de hacer paneles solares sin minerales raros. Ya sabemos como almacenar energía, como conseguirla, como cultivar reconstituyendo la tierra en lugar de destruyéndola. Sabemos como proteger el agua, nuestros recursos naturales y las otras especies.”
El Día de la Tierra debería ser en realidad todos los días. Este fin de semana se celebrará  por todo el mundo. En Santa Bárbara lo celebramos el fin de semana pasado. Unas 40.000 personas acudieron al parque, donde se servía agua gratuita, en lugar de venderse en botellas de plástico. El Consejo Medioambiental de la Comunidad (CEC por sus siglas en inglés) calcula que se evitó tener que reciclar 6.000 botellas de plástico.

Más de mil personas utilizaron el aparcamiento vigilado gratuito para bicicletas. Y más de 500 se acercaron a probar coches alternativos en el Green Car Show. Yo fui uno de los que pudo conducir el Chevrolet Volt (un coche eléctrico que puede recargar sus baterías con su motor de gasolina o enchufándose a la red), el Toyota Prius híbrido (ahora recargable en red) y el Nissan Leaf, completamente eléctrico. De los tres me quedo con el último, pero sólo si lo voy a cargar con energía renovable.

En Berkeley, California, se inventó una fórmula que unía los préstamos para instalaciones solares a las hipotecas de las casas, pero el gobierno federal ha frenado esta iniciativa, denominada PACE. Ahora se están recogiendo firmas para darle la vuelta a la tortilla y restablecer el programa alabado por Arnold Scharzenegger y otros políticos. Mientras tanto, hay otras soluciones. Sungevity, por ejemplo, instala las placas en tu tejado como un “renting”, en el que uno paga sólo una mensualidad, equivalente al recibo de la luz.

Además, el gobernador Jerry Brown firmó una ley por la cual California obtendrá un tercio de su electricidad de energías renovables.
Como dice Daryl Hannah, tenemos las soluciones. Sólo nos hace falta la voluntad. Y concluyo con las palabras de la actriz: “Gracias por proteger este lugar maravilloso y mágico en el que vivimos. Si plantas una semilla en la tierra, sale comida. Es un milagro. Y nacen árboles que filtran el aire. Y si tiras los desechos de comida en la tierra se convierten en abono para que crezca más comida. Es maravilloso.”

Isaac Hernández, Santa Bárbara