19 de diciembre de 2011

El mensaje es la botella


 
Fotos: C.F.

A Karim Rashid le reventaba tener que desperdiciar una botella de agua mineral cada vez que pasaba por el control de seguridad del aeopuerto. Empeñado en rediseñar el mundo, Rashid empezó a darle vueltas a la idea: “¿Y si llevo siempre conmigo una botella ligera de viaje, con un filtro incorporado, que pueda rellenar no sólo en el mismo aeropuerto, sino en la habitación del hotel o en cualquier grifo?”.
     
Así nació “bobble”, la botella de plástico reciclado y reciclable, libre de BPA y de PVC, con un tapón de rosca que es al mismo tiempo filtro de carbono, ideal para limpiar de impurezas hasta 150 litros de agua del grifo. El atractivo de la “bobble” (fusión de botella y burbuja) está sobre todo en la “cintura”, que invita a cogerla y a apretarla con fruición, y también en los sugerentes colores del filtro.


  
Pero lo más importante es el “mensaje”... “En EEUU se consumen todos los días 15 millones de botellas de plástico, y tan sólo el 8% se recicla”, recuerda Rashid. “Con cada “bobble” nos ahorramos al menos 300 botellas, y al cabo de 150 litros no tenemos más que cambiar el filtro. Sus posibilidades además son inmensas... Estamos trabajando en un modelo con filtros más sofisticados, que pueda usarse para beber agua directamente de un pozo en Africa”.
     
Al cabo de poco más de un año, con más de 10 millones de unidades vendidas, la “bobble” se ha convertido en algo así como la botella de Coca Cola del diseño verde.
“En los últimos seis meses han habido al menos tres compañías que han comercializado modelos más o menos parecidos”, advierte Rashid, que desarrolló su original recipiente en colaboración con la compañía Move Collective de Nueva York. “Y saldrán muchos más imitadores, estoy seguro... Estamos ante un ejemplo más de cómo un diseño atinado puede ser un auténtico motor del cambio, y hacer que la sociedad avance por el camino adecuado”.


Si por él fuera, lo cambiaría todo, absolutamente todo a su paso, empezando por el negro enlutado de los trajes de ejecutivo, que dejarían paso al rosa...“Los humanos nos hemos empeñado en hacer un mundo feo y gris. Tenemos una obsesión cartesiana por el ángulo y la línea recta, que no existe en la naturaleza, donde todo es asimétrico y donde mandan el color y las curvas. El color y la forma han de servir para crear energía positiva y despertar en nosotros el sexto sentido: la experiencia”.
      
Altísimo, con su camisa rosa y los antebrazos tatuados con jeroglíficos, Rashid es el vivo ejemplo de su propia filosofía estética. Aunque huye de clichés, se siente cómodo con la etiqueta de “minimalismo sensual”, y también con la de “blobjetos” para algunas de sus creaciones rompedoras y curvilíneas.


      




La papelera Garbo, las sillas Oh y Butterfly, los relojes “kaj” de Alessi, los sinuosos frascos de Kenzo o la miniaspiradora Dirt Devil Kone llevan la estampa intransferible de Rashid, posiblemente el diseñador más ubicuo de la última década, tomando el relevo a Philippe Starck. El restaurante Morimoto en Filadelfia, el hotel Semiramis en Atenas o la nueva tienda de Agatha Ruiz de la Prada en Nueva York son algunos de sus espacios creados en su dimensión de interiorista, en la que intenta ser fiel al mismo principio...
     
“El diseño por el diseño, como ocurrió en los ochenta, pasó a la historia. Los “decoradores” son cosa del pasado. Debería existir una palabra que fundiera función y forma, que para mí van siempre unidas. Lo bello debe ser útil, y viceversa”.

Hace exactamente un década, recién cumplidos los 40, Rashid se desmarcó con un manifiesto compulsivo que sacudió los cimientos del diseño: “Quiero cambiar el mundo”. Superado el listón de los 50, con más de 3.000 objetos a sus espaldas, este diseñador nacido en El Cairo, criado en Canadá y afincado en Nueva York ha querido dar un nuevo sentido a su proclama “revolucionaria”...
     
Hay una necesidad urgente de cambiar el modo en que funciona la humanidad. Hemos creado un mundo basado estrictamente en el consumo. Estamos dilapidando los recursos y destruyendo la naturaleza, y no podemos seguir así por mucho más tiempo. Hay que ir desterrando el petróleo y todos sus derivados, y diseñar cada vez más con materiales biodegradables y reciclables”.
      
“Y hay que cambiar también la cultura de usar y tirar, apreciar los objetos que nos rodean, entablar una relación emocional y duradera con ellos”, concluye Rashid. “La meta última del diseñador es hacer del mundo un lugar mejor: ésa es la premisa original en la que sigo creyendo”.

Carlos Fresenda / Londres
Publicado en blog Blogoterráqueo de El Mundo.es

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