25 de enero de 2013

El portavoz del silencio


            FOTO: Isaac Hernández

En este mundo ruidoso que hemos creado, entre el fragor del tráfico, el sobresalto de los bomberos, el aullido de las alarmas, el martilleo de las obras, el zumbido de las calefacciones y el bramido del monstruo urbano, el "oficio" del portavoz del silencio es tal vez más necesario y urgente que nunca...
     
"La gente teme al silencio como le teme a la oscuridad. En el fondo, es un temor a lo desconocido, porque nos hemos habituado a vivir entre ruidos... Tenemos que aprender a "escuchar" el silencio, y lo que viene después del silencio: esa sucesión de pequeños e infinitos sonidos, que son el pálpito del maravilloso planeta en el que vivimos".
       
Gordon Hempton, de profesión "ecologista acústico", habla de una manera susurrante y casi hipnótica, por debajo de los 60 decibelios (que es lo que suele marcar su medidor de ruido durante un conversación normal). Su ideal de silencio está sin embargo por debajo de los 40 decibelios: lo que puede llegar a registrar –micrófono en mano- en ese santuario natural que él mismo ha encontrado no muy lejos de donde vive.
      
Estamos en las Olympic Mountains, el rincón más fascinante y silvestre del noroeste de Estados Unidos. Y nos disponemos a emprender una aventura insólita, a la busca de la mítica One Square Inch of Silence (una pulgada cuadrada de silencio).
      
La leyenda dice que Gordon Hempton ha sido capaz de alterar las rutas de los aviones que despegan de Seattle para que no interfieran en el "santuario" del silencio. El mismo desmiente el tópico y da fe de su lucha infructuosa por lograr que todos los parques nacionales preserven a toda costa su sonido "natural".
      
Hempton estuvo hace tiempo en Doñana, en la primera de sus tres vueltas al mundo a la busca del silencio, que cada vez se vende más caro. Ultimamente ha atravesado su país en un inaudito "cross country", a medio camino entre Jack Kerouac y John Muir, captando la sucesión de sonidos autóctonos, y escribiendo sobre la marcha un apasionante tratado de geografía acústica.
      
Su epifanía personal, recuerda, ocurrió durante un viaje parecido a los 27 años. Llevaba todo el día conduciendo y estaba agotado. Decidió tumbarse en un campo de maíz a dormir. Le despertó un trueno y sintió cómo le zarandeaba la tormenta. "¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin saber escuchar?", fue la pregunta que se hizo en el ecuador de su vida. Ya no le interesaba ser patólogo de plantas. La respuesta, mi amigo, está siempre en el viento, que diría Bob Dylan...
   
"Cada valle tiene un rumor distinto, una partitura peculiar que está marcada por la altitud y por la fronda de los árboles. Los ríos y los arroyos tienen también su propia música en función del caudal, que interpreta una melodía distinta en cada estación del año".
     
Silencio. Gordon Hempton despliega su micófono bajo el susurro de las coníferas. El viento agita las copas y las ramas chocan. El medidor marca 45 decibelios. El bosque respira hondo. Silencio.
Los alces flanquean la entrada al parque de las Olympic Mountains a cualquier hora del día. Comen el pasto y quiebran las ramas. Apenas irrumpen en el silencio natural. Si acaso cuando chocan sus cornamentas; estamos en época de celo... Pasamos sobre un riachuelo: el agua dispara el medidor a los 69 decibelios.
      
Conforme avanzamos, el musgo se apodera de las rocas y los troncos y lo cubre todo con un halo de silencio verde. Poco a poco nuestros oídos van calando en el misterio del bosque. Gordon habla lo mínimo e impresncindible en su habitat, atento siempre a sus mediciones, que registra puntualmente en un cuaderno, con el sigilo de un duende.
      
Sobre la marcha le formulamos algunas preguntas amortiguadas e indiscretas. Por ejemplo, su sonido favorito: "El de los pájaros al amanecer, en cualquier lugar del mundo... Es un sonido de júbilo, de invitación permanente a la vida. Le dediqué un documental al tema, "Vanishing Dawn Chorus". Un lugar donde los pájaros no cantan por la mañana es un lugar sin futuro".
     
¿Y el sonido que más detesta? "El de un avión a primera hora del día... Es como el eterno recordatorio: por aquí ha pasado el hombre. El ímpetu de la civilización no respeta ni los parajes más asombrosos, como mi querido Yosemite, profanado a todas las horas por los aviones".
     
Dicho y hecho. Apenas llevamos 38 minutos de caminata y el avión de Alaska Airlines (la única línea que sigue volando sobre el parque) altera por primera vez el sonido natural. Esta vez vuela muy alto, y el marcador apenas se inmuta. Cualquier ruido imprevisto puede hacer que se dispare por encima de los 75 decibelios –más o menos lo que detectará en una calle ruidosa de Nueva York- pero una especie de hechizo parace proteger a este bosque y a su defensor más callado y conspicuo.
     
Pasamos revista a los efectos indeseados de la contaminación acústica, a esa epidemia de insomnio, ansiedad, estrés y alta presión sanguínea tan común entre los habitantes de las ciudades. Pero el ruido va quedando atrás, y Gordon Hempton prefiere recordar en todo caso su experiencia cercana al silencio total: "Perdí casi totalmente la audición. Mi mundo se estaba cayendo en pedazos, creí volverme loco. Me di cuenta de lo que es renunciar al mundo de los sonidos. Recuperar el oído dio un nuevo sentido a mi trabajo".
     
De aquella crisis nació la idea de crear la Pulgada Cuadrada de Silencio, que acaba de cumplir ocho años. Decenas de visitantes, siguiéndole a él o dejándose llevar por su instinto, han logrado llegar hasta el lugar, flanqueado un árbol hueco que Gordon ha bautizado como Silence Gate. El medidor registra allí el mínimo de 32 decibelios en la Puerta del Silencio, el punto más cecano a la quietud total.
     
Casi en volandas llegamos hasta el "santuario", marcado con una pequeña piedra roja y una jarra que contiene los pensamientos finales de todos los peregrinos del silencio: "Gracias, Gordon, por crear este oasis de cordura en un mundo estrepitoso".

Carlos Fresneda
Publicado en el blog EcoHéroes de El Mundo.es

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