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ESTO NO ES HOLLYWOOD

Bievenidos a la Ecoaldea de Los Angeles, un insospechado bálsamo urbano en el corazón de la ciudad motorizada

Bajando de Hollywood hacia Koreatown, allá donde estuvo en tiempos el balneario de Bimini, ha echado echado raíces la Ecoaldea de Los Angeles.

Si uno llega hasta allí un domingo cualquiera, creerá haber traspasado el espejo mágico de Alicia... Los cuarenta vecinos sacan sus sillas y sus mesas al asfalto, toman la fresca y comparten las viandas, celebran la buena vida y obligan a los pertinaces conductores a dar un incómodo rodeo. Algunos se cabrean y tocan el claxon, otros saludan con una sonrisa cómplice en español: “¡Que les aproveche a ustedes!”.

La Ecoaldea de Los Angeles es un insospechado bálsamo urbano en el corazón de la ciudad más motorizada del mundo, donde el 85% de la gente vive con el culo pegado al asiento del “carro” y la mitad de las aceras son sencillamente intransitables.

“El coche es sin duda la mayor adicción de los americanos, y aquí en Los Angeles alcanza unas proporciones enfermizas”, atestigua Lois Arkin, fundadora de la Ecoaldea angelina. “Pero más allá de las autopistas hay vida, mucha vida en esta ciudad. Y si nos planteamos redescubrirla desde lo más esencial, barrio a barrio, otro galló cantará”.

Los gallos, por cierto, despiertan todas las mañanas a las 40 vecinos que comparten la White House, una de las dependencias del antiguo balneario, reconvertida ahora en casa comunal. Las placas solares suministran gran parte de la energía. La basura orgánica se composta y el agua de lluvia y las aguas grises se aprovechan para regar el huerto orgánico, que da de comer durante gran parte del año a los vecinos.

Julio “Aché” Santizo, guatemalteco, asegura haber superado un cáncer “gracias al estilo de vida que aquí llevamos y al apoyo comunitario que tenemos”. “Todos nos ayudamos a todos”, asegura Santizo, volcado en la recuperación de sus tradiciones en la ciudad con más “inmigrantes mayas” del mundo.

Melba Thorn tiene establecida en la Ecoaldea la base de operaciones de Native Gardens, descubriendo las fascinantes posibilidades del chocolate biológico. Joe Linton, especialista en el agua, ha logado que la ciudad acceda a instalar aceras permeables y organiza excursiones en bici y canoa por el redivivo río de Los Angeles. Ron Milan anda preparando la próxima Cumbre de las Calles de Los Angeles, el 21 de marzo, y ayudando a decenas de angelinos a perderle el miedo a la bicicleta con la ayuda de Bike Sage.

La Ecoaldea, en fin, es un hervidero de camaradería y de ideas que empieza a dar sus jugosos frutos al cabo de 15 años... Porque hay muchas ciudades en Los Angeles, más allá de lo que vemos en las películas, y muy en la línea de lo que vislumbramos en aquella epopeya vecinal, candidata al Oscar al mejor documental, titulada “The Garden”... Seguiremos explorando.

Carlos Fresneda
Publicado en el blog En la Ruta Verde de ElMundo.es

UN LABORATORIO 'URBANO' EN EL DESIERTO

A sus 90 años, Paolo Soleri mantiene viva la fusión de arquitectura y ecología en Arcosanti, una comunidad urbana en medio del desierto de Arizona (EEUU)

«No lo llaméis utopía; llamadlo laboratorio urbano... La utopía es el 'no lugar', el ideal inalcanzable. Arcosanti existe y está arraigado en la realidad. Es un lugar en permanente evolución, con una meta concreta: crear el 'efecto urbano' en un hábitat a la medida del hombre, pero en profunda armonía con la naturaleza»...

Paolo Soleri cumple 90 años este mes y sabe que nunca llegará ver materializado su sueño: «No tengo planes de vivir en el futuro». El padre de la 'arcología' (arquitectura más ecología) concibió una insólita comunidad urbana para 5.000 habitantes en el desierto de Arizona, como antídoto al 'sueño americano' que empezaba a hacer agua en los años 70.

Al cabo de cuatro décadas, los vecinos de Arcosanti apenas sobrepasan el centenar, pero el mutante 'skyline' emerge como un auténtico milagro entre cipreses y peñascos, a tan sólo 100 kilómetros de ese espanto suburbano llamado Phoenix.

«Solíamos estar más lejos, pero la ciudad sin límites creció hacia nosotros», bromea Soleri. «En el último medio siglo, y gracias al automóvil, hemos adoptado el modelo de expansión de los organismos más primarios. Las especies más complejas, como las abejas o las termitas, eligieron vivir hace tiempo en dimensiones compactas. ¿Por qué hemos sido tan estúpidos los humanos?».

Soleri, que nació en Turín, se estableció en Arizona a la sombra de Frank Lloyd Wright, con quien estudió en la cercana Tallesin West. El arquitecto italiano se desmarcó pronto con sus alegatos contra el materialismo y empezó su propia búsqueda filosófica y arquitectónica en ese laberinto cavernícola y gaudiano llamado Cosanti en el que todavía vive.foto: Isaac Hernández

Sus ideas necesitaban plasmarse en un lienzo mayor, y así fue como echó raíces con un puñado de seguidores en un terreno semiárido de 16 kilómetros cuadrados, junto a la autopista 17 y a la vera del río Agua Fría. Allí nació Arcosanti, levantado con el sudor de más de 6.000 'aprendices', venidos de 35 países, pioneros en el arte de la bioconstrucción, la permacultura, la agricultura orgánica, la energía solar y eólica, las 'máquinas vivas' para la depuración de las aguas y otras ideas más o menos utópicas (con perdón).

Cuarenta años después, tan sólo se ha construido el 'corazón' de hormigón de la miniciudad, apuntando al sur y en el filo de un barranco. El edificio comunal de cuatro pisos, el taller de cerámica, la 'piazza', el anfiteatro y la superestructura rematada por la futurista 'sky suite' -donde pernoctó hace poco Francis Ford Coppola- son el anticipo permanente de lo que nunca llegó a construirse.

Soleri ha revisado una y otra vez su proyecto original, con esas torres acristaladas en forma de ábside que deberían crear el definitivo efecto urbano, compensado por los bancales donde los vecinos cultivarían sus propios huertos y el espacio abierto del alto desierto como referente.

«La ciudad debería ser la mejor expresión de la humanidad, el lugar donde trascienden todas nuestras limitaciones», palabra de Soleri. «Así ha sido siempre en todas las grandes civilizaciones, de Mesopotamia a los romanos... Lamentablemente, las ciudades que hemos construido en el último medio siglo son una receta para la catástrofe. El sueño americano de una casa y dos coches por familia se está reproduciendo en todo el mundo y está destruyendo el planeta».

La edad no ha hecho estragos en la mente lúcida y visionaria de Soleri, que todas las semanas convoca en Arcosanti la Escuela de Pensamiento. Más de 30 alumnos circunstanciales participan en el cuerpo a cuerpo con el maestro, que responde así a nuestra pregunta sobre la utopía: «No he querido caer nunca en el idealismo irrelevante... Somos parte de la realidad, y hemos querido contribuir a ella con este laboratorio que es como un organismo vivo, con toda su complejidad, admitiendo sus imperfecciones y evolucionando, evolucionando siempre...».

Mary Holdey, 63 años, una de las primeras vecinas de Arcosanti, forcejea dialécticamente con el maestro, aunque admite que nunca ha tenido una vida tan plena como en su casa excavada en la roca y construida con sus propias manos bajo las directrices de Soleri.

Ed Werman, 61 años, ceramista mayor, se lamenta por la crisis que está haciendo estragos en la población flotante (para vivir en Arcosanti hay que trabajar en Arcosanti), pero asegura que la mera existencia del «laboratorio urbano» -por el que pasan anualmente 50.000 visitantes- es suficiente motivo de esperanza: «He pasado a lo largo de mi vida por muchas comunidades intencionales, y este lugar es único en el mundo, gracias a la visión y a la acción de Paolo. Haremos todo lo posible para mantener viva su llama cuando ya no esté con nosotros».

Carlos Fresneda desde Arcosanti (Arizona)

Publicaco en Natura 37, junio 2009

SERPETENADO POR EL “SKYLINE”

El parque elevado del High Line se convierte en el nuevo símbolo del Nueva York “verde”

NY.- La herrumbre del High Line llevaba 75 años ahí, elevándose sobre la avenida 10, volando ruidosamente sobre las cabezas de los neoyorquinos. En tiempos sirvió para que los trenes trajeran todo su cargamento de viandas hasta el oeste de la gran ciudad, pero en los años ochenta cayó en el pozo del olvido. La naturaleza recuperó entonces el terreno perdido, y entre las vías abandonadas crecieron vergeles que motearon de verde el paisaje industrial.

El destino natural del High Line era la demolición, como tantas estructuras elevadas que surcaron en tiempos la ciudad. Pero los vecinos hicieron causa común, proclamaron su insospechado amor por la decadente infraestructura ferroviaria (Friends of the High Line) e invitaron a sus paisanos a imaginar lo imposible: el primer parque elevado de Nueva York.


“A los parques se suele ir para “escapar” de la ciudad, pero a este parque se viene para “surcar” la ciudad, para conocerla desde una perspectiva nunca vista”... El arquitecto Ricardo Scofidio, postrado como un centinela frente a la mole acristalada del hotel Standard, intentaba mentalizar a los primeros visitantes del parque flotante, que no tardaron en contagiarse de esa extraña sensación de ligereza urbana...

Caminar sobre el High Line es lo más parecido a serpentear entre el “skyline”, con la ciudad rugiendo bajo nuestros pies y el río Hudson trazando un remanso incalcanzable y paralelo. La única referencia reconocible es el Empire State, despuntando en el noroeste. Todo lo que va surgiendo a nuestro paso emerge como por primera vez.


El estudio Diller Scofidio + Renfro (artífice del fascinante edificio “nube” de la Expo de Suiza) está detrás de esta insólita intervención que se ha convertido ya en símbolo del Nueva York “verde” y que el diseñador urbano James Corner –otro de los artífices del proyecto- ha definido como “agritectura”.

Las hierbas y las plantas autóctonas que echaron raíces entre los raíles durante tres décadas reivindican su espacio entre la vereda de hormigón, con “grietas” diseñadas para que la naturaleza siga avanzando entre la marabunta humana. La horticultura, el reciclaje y el arte servirán de reclamo en el primer verano estelar del High Line, donde se echan en falta –eso sí- los necesarios oasis de sombra.


“Hemos combinado lo orgánico con los materiales de construcción, la vida silvestre con la superficie cultivada, los espacios íntimos con la interacción social”, expica James Corner en ese “manifiesto” que reclama el High Line como prototipo de “parque lento”: allá donde la vida recupera su pulso natural y el ritmo frenético de la ciudad queda atrás, como un lejano eco subterráneo.


En el parque elevado, a la altura de la calle 17, hay incluso un anfiteatro-mirador con amplios ventanales desde donde uno consigue el prodigio de meditar suspendido sobre el tráfico. Lejos de seguir un trazado monótono y lineal, el parque avanza entre un juego de adivinaciones y sorpresas, con las vías del tren marcando vagamente el itinerario, pero con invitaciones permanentes a la contemplación de ese paisaje mutante que avanza a nuestro paso.


A nuestra derecha, los bajos de Chelsea, donde las galerías de arte dejan paso a las tiendas de moda y a los últimos vestigios cárnicos del Meat Packing District. A nuestra izquierda, el pulso que libran Frank Gehry y Jean Nouvel en las orillas del río Hudson.


Ricardo Scofidio habla entre tanto del “efecto Bilbao”, del poderoso imán que Nueva York ejerce sobre cualquier arquitecto (y viceversa) y de la “fragilidad” de la profesión en tiempos de crisis, cuando las tensiones naturales entre los promotores y los políticos parecen agravarse.

La primera fase del parque –que ocupa una tercera parte de los dos kilómetros del High Line- ha costado 172 millones de dólares y ha salido milagrosamente adelante, pese a los recortes presupuestarios y pese al maleficio que pesa sobre cualquier obra pública después del 11-S. El alcalde Bloomberg, que en noviembre se juega la reelección, ha decidido poner la expectativas muy altas con esta quimera de hierro y hierba que traza ya el camino hacia la Nueva York del futuro.


Carlos Fresneda desde NY.

ENTREVISTA A LESTER BROWN


Fue el primero en tomarle el pulso al planeta, pionero del "desarrollo sostenible" y faro imprescindible del ecologismo americano. Al cabo de cuatro décadas de chequeo implacable, Lester Brown sostiene que hara falta una "movilización de guerra” para transformar la economía y salvar de paso la civilización.

 EDAD: 74 años OCUPACION: Director del Earth Policy Institute, autor de “La eco-economía”y ”Salvar el planeta: Plan B”. FORMACION: Licenciado de Ciencia Agrícola en Rutgers, master de agricultura económica en Maryland y en Administración Pública en Harvard. CREDO: La capacidad de la sociedad para “movilizarse” ante los grandes retos SUENO: La erradicación del hambre y la pobreza

“Hace falta una “movilización de guerra” para transformar la economía y salvar la civilización”

En su luminoso despacho cuelga una foto en la que se le ve de joven, estrechando la mano de Lyndon B. Johnson. En aquellos tiempos ejercía de asesor del Departamento de Agricultura, con la experiencia de campo que se trajo de la India rural, donde vivió muy de cerca los efectos de la sobrepoblación, la pobreza, el hambre y el deterioro ambiental... “Si queremos construir un mundo más justo y salvar el planeta, deberíamos escuchar los consejos de Lester Brown”, dijo bastante tiempo después Bill Clinton.

Ahora, al oreo del presidente Obama, la voz notoria y pausada de este ecologista de surco y semilla –reconocido por el Washington Post como “uno de los pensadores más influyentes del mundo”- vuelve a sonar con pujanza renovada en medio de la crisis económica y del debate sobre el cambio climático.

Fundador del Worldwatch Institute en 1974 (el primer instituto en explorar las tendencias globales del medio ambiente), autor de medio centenar de libros como “La eco-economía” o “Salvar el planeta: Plan B”, Lester Brown otea el mundo desde el mirador del Earth Policy Institute y cree vislumbrar las primeras y positivas señales de esa “movilización” que considera “inaplazable”. PREGUNTA: Usted ha advertido que la naturaleza y la política están librando una carrera, con el futuro del planeta en juego ?Quién va ganando?

RESPUESTA: Ahora mismo, todos estamos perdiendo. Las tendencias medioambientales que hemos seguido las últimas décadas -deforestación, erosión del suelo, retracción de los glaciares, expansión de los desiertos, subida de los niveles de CO2- avanzan implacables. No hemos conseguido dar la vuelta a una sola de estas tendencias, pero aún nos cuesta hablar del declive y del colapso de nuestra civilización. Es mucho más fácil hablar del colapso de los sumerios o de los mayas que mirar hacia el futuro y darnos cuenta de que estamos avanzando hacia un colapso global, que no podemos seguir indefinidamente por el mismo camino.

P: ¿Y hasta qué punto la crisis económica está ganando ya la partida a la lucha contra el cambio climático?

R: La prioridad del presidente Obama será estabilizar la economía, y le llevará tiempo poder hacerlo. El proceso se va ralentizar unos meses, pero su apuesta ha sido muy clara: la recuperación económica y la reconversión a la nueva energía van juntas. Obama ha prometido potenciar el “empleo verde”, porque es bueno para el medio ambiente y bueno para la economía. Cada mil millones de dólares invertidos en granjas eólicas sirven para crear 3.350 puestos de trabajo, frente a los 870 creados con la misma inversión en una central térmica de carbón.

P: Usted ayudó acuñar en los años setenta el concepto de “desarrollo sostenible”, pero últimamente parece renegar de él...

R: No es que renuncie a él, pero ahora admito que es un término demasiado académico, que no ha sabido trasmitir la urgencia del momento. Quizás había que hacer más hincapié en el “desarrollo insostenible”, que es lo que tenemos ahora, y plantear claramente una alternativa, lo que yo llamo el “Plan B”... Lo que necesitamos es un plan para salvar la civilización, ni más ni menos. Los ecologistas hablamos mucho de “salvar el planeta”, pero tampoco es un término acertado: el planeta puede sobrevivir sin nosotros.

P: Un senador, con cierta sorna, le preguntó la semana pasada a Al Gore que cuánto tiempo nos queda de “civilización”...

R: Nadie puede decirlo exactamente, pero comparto esa sensación de “alerta planetaria” que tiene Al Gore. La meta del año 2050 para reducir las emisiones de CO2 un 80% es muy lejana. Esa meta debería alcanzarse en el 2020, acompañada por una campaña masiva de reforestación y restauración de los sistemas naturales, y con dos objetivos sociales muy ligados: la estabilización de la población y la erradicación de la pobreza. Tenemos que avanzar hacia una “eco-economía” que funcione en beneficio de la Tierra y en beneficio de la gente. Lo económico, lo ecológico y lo social deben ir necesariamente juntos, como quedará patente en la cuarta puesta al día del “Plan B” en la que estoy trabajando.

P: ¿El plan de estímulo será suficiente?

R: Creo que en el capítulo de las energías renovables es un paso en la dirección adecuada. Hay que mantener las exenciones fiscales al viento y al sol para que sigan experimentado el crecimiento vertical de los últimos años, pese a la situación económica.

P: Y aun así, usted insiste en que hace falta una “gran movilización”, como la que puso en marcha Roosevelt en 1942 ¿Escucharemos Obama decir aquello de que “nadie diga que no se puede hacer”?

R: Acabará diciendo algo parecido, si de verdad queremos salvar la civilización... Roosevelt ordenó en 1942 la reconversión de la industria automovilística para fabricar maquinaria de guerra. Y fijó unos objetivos en tres años que nadie se podía creer entonces: fabricar 45.000 tanques, 60.000 aviones, 6 milonesFord. Y si lo hicimos una vez, podemos volver a hacerlo ¿Acaso no sería posible reconvertir una parte de la industria automovilística para fabricar turbinas de viento? Hace falta una “movilización de guerra” para transformar la economía y hacer frente al cambio climático. Podemos hacer las cosas mucho más rápido de lo que creemos; sólo nos falta entender la gravedad del problema.

P: Pero aún hay líderes como el presidente checo Vaclav Klaus que consideran que el cambio climático es un “camelo” y que podemos para seguir como hasta ahora...

R: Ese tipo de líderes pertenecen ya a otro tiempo. La sociedad va por otro camino.

P: Perdone por la insistencia.... ¿Los nubarrones económicos no han hecho mella en su optimismo?

R: Mi experiencia me dice que los cambios políticos y sociales ocurren a veces muy rápido, sin que nadie los vea venir, y creo que estamos en uno de esos momentos, agravado si cabe por la situación económica... Yo considero que hay tres modelos fundamentales de cambio social: el modelo Pearl Harbour, el modelo Muro de Berlín y el modelo “sandwich”. El primero lo precipita un suceso catrastrófico, como el que llevó a este país a movilizarse durante la Segunda Guerra Mundial. El segundo ocurre cuando la insatisfacción y la frustración de la gente va desgastando el sistema, como ocurrió con el derribo simbólico del muro y el “levantamiento” de Europa del Este. El modelo “sandwich” es lo que está sucediendo en este país: hay una subida desde abajo, movimientos de base que van labrando el terreno, hasta que llega un liderazgo político que comparte esos objetivos, se pone a la altura y puede hacer posible el cambio. La capacidad de Obama para movilizar a los votantes ha quedado muy clara; creo que está perfetamente capacitado para movilizar ahora al país en la dirección correcta.

P: Las últimas encuestas demuestran también que la crisis está sirviendo para reordenar las “prioridades” de los norteamericanos. La preocupación por el medio ambiente ha pasado a segundo o tercer plano...

R: Pese a la imagen que este país ha proyectado los último años, lo cierto es que se han puesto muchas cosas en marcha, y una de ellas es el movimiento para frenar la construcción de nuevas centrales térmicas. Estamos asistiendo al principio del fin del carbón, y esto es algo que no tiene que ver con Kioto. El movimiento empezó a nivel local, con el Sierra Club coordinando las acciones a escala nacional. El resultado ha sido fulminante: todos los planes para construir hasta 150 nuevas centrales de térmicas de carbón se han paralizado. En el Congreso está esperando una ley, auspiciada por Henry Waxman y Edward Markey, que condiciona la contrucción de nuevas plantas al desarrollo de la tecnología para capturar el carbono. Si la ley se aprueba, será de hecho una moratoria casi indefinida. Y el siguiente paso será seguramente reclamar el cierre paulatino de las centrales en uso. Nadie quiere que se siga quemando carbón en sus cercanías... Este movimiento puede ser la primera piedra de una movilización sin precedentes.

P: ¿Ocurrirá lo mismo con las centrales nucleares?

R: No hará ni siquiera falta. Hay bastantes razones ambientales para opernerse a la energía nuclear, pero hay otra razón muy poderosa y puramente económica: la energía nuclear no puede competir con la eólica. El coste del kilovatio hora es casi el doble, y eso es algo que tienen muy en cuenta los inversores de Wall Street. En los últimos 30 años no se han construido nuevos reactores en Estados Unidos por un argumento así de simple: no son rentables y nadie quiere invertir en ellos. ¡Se acabó la partida para la energía nuclear!

P: Pero no podemos olvidar que las renovables apenas representan el 3% de la tarta energética en EEUU ¿hasta qué punto es realista la transición que usted plantea?

R:Todo está ocurriendo a un paso y a una escala que no era imaginable hace apenas un año. Pensemos en lo que está sucediendo en el patio trasero de George Bush, en el estado petrolero por excelencia. Texas ha adelantado a California en la producción de energía eólica, tiene hoy por hoy una capacidad de 6.000 megavatios y tiene planes para llegar a 45.000 megavatios, el equivalente de 45 centrales térmicas, suficientes para abastecer de sobra a sus 24 millones de habitantes. Pensemos en Dakota del Sur, donde BP y Clipper Windpower han planeado la mayor granja eólica del mundo, de 5.050 megavatios, que puede generar cinco veces las necesidades de energía de sus 780.000 residentes. En el oeste norteamericano se ha desatado una auténtica “fiebre” del viento y del también del sol, como bien lo saben las compañías españolas. Y no hablemos del “boom” de la energía geotérmica, con 96 plantas en construcción. Las renovables están experimentando un crecimiento casi vertical.

P: Muchos expertos sostienen que el verdadero “test” de la civilización será China. Usted mismo escribió un libro sobre el tema “¿Quién alimentará a China?”...

R: En China hay tantos signos preocupantes como alentadores. La producción de energía limpia se está duplicando en los últimos años. En el 2010, adelantará seguramente a EEUU en fabricación de turbinas de viento. Hay 40 millones de hogares en China que tienen el agua caliente con placas foltovoltaicas... Tanto China como India están empezando a plantearse muy seriamente los efectos del cambio climático. La retracción de los glaciares del Himalaya puede tener un impacto tremendo en las cosechas, el Ganges podría convertirse en un río estacional... Los países en vías de desarrollo están dando ya pasos muy importantes en la transición a la nueva energía, como la apuesta de Indonesia por la geotérmica, o la de Turquía por la eólica, o la de Argelia con la solar.

P: ¿Qué cabe esperar de la cumbre del cambio climático en Copenague?

R: He llegado a la conclusión de que los acuerdos internacionales sobre el clima se han quedado posiblemente obsoletos. Como premisa, pocos países están dispuestos a ceder a menos que lo hagan los otros, y eso lleva invariablemente a rebajar los objetivos... Los tratados internacionales siguen siendo necesarios, pero el proceso es muy lento: pueden pasar años mientras se negocian y más años para ratificarlos. Cuando queremos ponerlos en marcha resulta que se han quedado viejos.


Carlos Fresneda / Corresponsal Washington
Publicado en El Mundo, sábado 28 de febrero 2009

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La Fundacion Terra traduce desde hace unos años la alertas planetarias que lanza el Earth Policy Institute. Recientemente a traducido el documento "Time for Plan B: cutting carbon emissions 80% by 2020", un plan para reorientar la acción política hacia la reducción real y útil de emisiones / El Momento del Plan B (aqui pdf)

El libro SALVAR EL PLANETA. Plan B: ecología para un mundo en peligro está editado en España por Paidos

amanece en Milagro - yo cambio I


Con este artículo, en enero de este año 2008 comenzamos una nueva sección en la revista Integral (nº337) con el título de este blog. Aqui enlazamos al pdf de Amanece en Milagro, donde presentamos el espacio.

Reinventar el día a día
El cambio climático va a ser el catalizador de todos esos cambios que
llevamos aplazando desde hacía tiempo y que van a afectar profundamente a nuestra vida cotidiana. Lejos de caer en el pesimismo, desde este rincón propondremos “reinventar” el día a día y explorar soluciones prácticas al gran reto de nuestro siglo, empezando por lo que tenemos más a mano y convencidos de que el cambio más necesario es, tal vez, el que debe producirse al nivel de nuestra
conciencia. La naturaleza estará siempre muy presente en este periplo que iniciamos juntos y que tendrá también muy en cuenta a los millones de humanos que sobreviven con 1 dólar al día y a los 25 millones de especies que nos acompañan en este incomparable y portentoso planeta. Esperamos ir más allá del “cambio personal” y confiamos en que éste sea ante todo un viaje al emocionante futuro compartido que podemos construir cada uno de nosotros: yo cambio, tú cambias, él/ella cambia, nosotros cambiamos...

soñando Nuevo México - La otra Amércia IV


Foto: Isaac Hernández

La Tierra es la madre, el agua es la sangre»... Miguel Santistevan habla un castellano ancestral, de cuando llegaron a Nuevo México los conquistadores con los caltecas, allá por 1598, y empezó ese mestizaje que aún perdura, en los surcos de la piel y en los poros sedientos del desierto, recorrido por los brazales, las 'sangrías' y las acequias.

Estamos en La Española, a medio camino entre Santa Fe y Taos, en tierras entrañablemente cercanas por la aridez y por las resonancias... «El agua es la vida y aquí la veneramos como el maná del cielo», afirma Miguel Santistevan, azadón en mano, a la vera de la acequia madre de Santa Cruz.
Miguel conoce las 'venas' de Nuevo México como si
fueran las de su propio brazo. Lleva la mitad de sus 37 años recorriéndolas, velando para que mantengan el rumor y el caudal, defendiendo el «repartimiento» y la «querencia» de los parciantes frente a los abusos del urbanismo salvaje y los campos de golf.

Hasta en eso se nos parece el paisaje de Nuevo México. En un territorio algo mayor que media España, partido en dos por el Río Grande y apenas poblado por dos millones de habitantes, la mancha de ladrillo y asfalto está mordiendo a la tierra y al adobe. «La herencia milenaria de los indios y los españoles que crearon los canales de irrigación está bajo amenaza», advierte Miguel. «Como reza el dicho, el agua corre hacia arriba cuando hay dinero por medio».
«¡El agua no se vende, el agua se defiende!» es uno de los lemas de los parciantes, hermanados por un sistema cooperativo que ha sobrevivido a sequías y hambrunas.
Pero el cambio climático ha hecho estragos en la última década, y Santistevan teme que «la avaricia y la ceguera» acaben drenando el fluido vital y condenando al estado a la sed permanente.

Nuevo México es suelo fértil para las ensoñaciones, pero no para las cosechas. De sueños también se vive, y en eso están la Asociación de las Acequias, y Amigos Bravos (velando por los cauces, y Tierra Lucero (uniendo a los agricultores ecológicos), y la Asociación de Agricultores Tradicionales Nativos (protegiendo las semillas), y New Energy Economy (impulsando la conversión a las renovables). Bajo el paraguas de Dreaming New Mexico, más de medio centenar de grupos ha unido fuerzas para soñar con un Estado mejor.
«Sin un sueño al que aspirar peligra el futuro», asevera Kenny Ausubel, fundador de los Bioneros, que han echado raíces en la lejana Lami y desde allí dibujan el mapa imaginario. Con la ayuda de Google, esa visión futurista sostenible se ha hecho realidad desde el cielo, y hacia ella avanzan.

Uno de los primeros pasos ha sido la Declaración de la Soberanía de las Semillas, firmada en Alcalde por decenas de agricultores «resistentes al sistema de industrialización de los alimentos que corrompe nuestra salud, nuestra libertad y nuestra cultura». Entre los impulsores de la declaración está Clayton Brascoupé, un indio 'mohawk' que cambió los bosques del noreste por los bancales del río Tesuque, donde cultiva maíz, judías, guisantes y verduras orgánicas.
«Casi todo es para nuestra subsistencia», asegura. «Los indios trabajamos para poder comer y luego tenemos otro empleo para pagarnos los gastos».
Clayton Brascoupé nos abre las puertas de su casa de adobe en el pueblo polvoriento de Tesuque para enseñarnos sus más preciados tesoros: mazorcas de maíz negro, azul, rojo, blanco, multicolor... «Son las semillas que nos dejaron como legado nuestros ancestros, y para nosotros tienen un contenido espiritual».

Brascoupé lleva las riendas de la Asociación Americana de Agricultores Nativos y Tradicionales. Hace 17 años, preocupados por el impacto de la alimentación industrial y la cultura de los casinos, los granjeros indígenas unieron fuerzas y ahora cuentan con gran presencia en mercados locales.

«Los alimentos sanos son sagrados para nosotros», añade Brascoupé. «Nada atenta más contra nuestros principios que el maíz transgénico. Creemos que una semilla saludable hará a la gente saludable». Su sueño es la creación de una red de «bibliotecas de semillas» donde se preserve la herencia agrícola de los pueblos.

En territorio de los Navajo, al sur del Estado, los médicos Lucy Boulanger y John Fogarty pudieron palpar otro de los efectos descarnados del progreso. «Allí son bien visibles los efectos de las energías sucias», asegura Fogarty. «Es el lugar con mayor índice de enfermedades respiratorias del país». Tras siete años de trabajo, Boulanger y Fogarty decidieron crear New Energy Economy e impulsar la conversión de la reserva a las energías eólica y solar. «El paisaje está cambiando a pasos agigantados: los navajo han descubierto que hay un modo mucho más limpio de invertir en su propio futuro». Y también rentable, en un lugar con 300 días al año de puro sol


LOS 'RÍOS Y PÁJAROS' DE ROBERTA
Salir al exterior. Las montañas de la Sangre de Cristo velan por el pasado y el presente de Arroyo Seco, un poblachón de apenas 1.000 almas, entre la madera y el adobe, con un pie en el valle y otro en el desierto. Doscientos años hace que echaron raíces aquí los hermanos Cristóbal y José Gregorio Martínez, que venían de Río Arriba. Y una década lleva Roberta Salazar agitando las alas de la asociación Ríos y Pájaros, invitando a los niños a que exploren el mundo natural, arrastrando a los visitantes hasta orillas del lago Williams, donde se reflejan los picos más altos e insospechados de Nuevo México. «Los niños de hoy en día apenas pasan tiempo a cielo abierto», se lamenta. «Incluso en un lugar como éste, donde el apego a la tierra ha perdurado durante siglos, se han perdido los lazos con el entorno. Si queremos un futuro saludable y sostenible, tenemos que ayudar a los más pequeños a conectar con la fuente primordial de la vida».
Roberta, 50 años, ejerció como bióloga hasta que sintió la llamada de la educación. Junto al ornitólogo Jim Travis y a un equipo de científicos y pedagogos fundó Rivers and Birds, con ese pájaro de la paz como emblema y un lema que lo dice todo: «Aventuras en el aprendizaje». Más de 2.000 niños en medio millar de escuelas aprenden en la actualidad con ellos.

Carlos Fresneda. El corresponsal de EL MUNDO en Estados Unidos sigue buscando a quienes proponen alternativas a la crisis ambiental del planeta. En su cuarta entrega, recala en Nuevo México, donde algunos pioneros exploran otro modo de vida