22 de enero de 2011

William McDonough, cómo ‘diseñar’ un mundo mejor


Fue el creador del concepto 'cradle to cradle', una nueva manera de pensar y producir las cosas para que no generen residuos.

No es fácil cambiar el mundo. Que se lo digan al arquitecto William McDonough, más de una década predicando el concepto de cradle to cradle junto a su socio y cómplice, el químico alemán Michael Braungart. Más de una década vaticinando la definitiva revolución tecnológica: un cambio radical en la manera de pensar, diseñar y hacer las cosas...

Siguiendo los principios de la naturaleza, donde no existe el concepto de residuo. Tratando los materiales como nutrientes. Creando un flujo continuo para reusar y reciclar todo lo que producimos. Generando una economía circular que sustituya este nefasto modelo en el que llevamos anclados desde hace más de un siglo: usar y tirar, quemar y enterrar, de la cuna a la tumba.

Escuchamos al visionario McDonough en aquellos primeros encuentros de los Bioneros, cuando la idea del cradle to cradle (de la cuna a la cuna) empezaba a levantar el vuelo. Coincidimos con él en la última conferencia de TED, y allí nos anunció la creación del Green Products Innovation Institute (GPII), la definitiva mutación del concepto, con la esperanza de convertir California en el gran laboratorio mundial de productos verdes.

A sus 59 Años, de vuelta de su experimento fallido en China (la ciudad ecológica de Huangbaiyu que nunca llegó a despegar), William McDonough ha perdido parte del viejo entusiasmo, pero no la fe en sus ideas. De acuerdo con sus cálculos, unos 30.000 productos deberían haber logrado la certificación cradle to cradle en el 2012. De momento son algo más de 300, suficientes (según él) para demostrar que el concepto no es una utopía, sino “un ideal alcanzable, beneficioso y rentable”.

Como arquitecto, sigue fiel a sus principios: un edificio debe aspirar a ser como un árbol y aportar lo más posible a su entorno. Lo demostró en su día con la regeneración de la planta de Ford en Dearborn, Michigan, con el tejado verde de 100.000 metros cuadrados. Lo intenta probar ahora con la Base de Sostenibilidad de la NASA en California, capaz de producir más energía (solar y geotérmica) que la que necesita y de consumir el 90% menos de agua que un edificio de sus características.

Michael McDonough se ha implicado también hasta el tuétano en el renacimiento de Nueva Orleans, con el diseño de la Flow House y la colaboración con Brad Pitt y la fundación Make it Right, que ha aplicado los principios del C2C (cradle to cradle) a las casas ecológicas que construye en el Noveno Distrito.
El arquitecto pondrá igualmente una pica en Hospitalet del Llobregat, con el centro de investigación y desarrollo de Ferrer, que aspira a ser un modelo de construcción biosostenible. 
Pero su niño mimado sigue siendo de la cuna a la cuna, y su sueño irrenunciable es “convertir el imperativo ecológico en el imperativo económico”. “Las emresas siguen creyendo que lo verde y sostenible no es rentable”, reconoce. “Muchos empresarios te escuchan con interés, pero acto seguido te preguntan: 'Me parece muy bien, ¿pero cuánto me va a costar?'. No me canso de decirles que la innovación no sólo es beneficiosa, sino que a medio plazo es muy rentable y convierte a las empresas en algo social y ecológicamente relevante. No podemos seguir funcionando como en la vieja revolución industrial; tenemos que cambiar radicalmente nuestros modelos mentales y productivos.”


“La eficiencia, por ejemplo, se ha convertido en una palabra sagrada. ¿Y si resulta que estamos haciendo las cosas mal aunque las hagamos de un modo eficiente? La eficiencia es un concepto vacío; tenemos que dotarle de un contenido. Fijémonos en la naturaleza, donde nada se desecha y todo forma parte de ciclos que periódicamente se regeneran. Eso es auténtica eficiencia al servicio de un claro propósito: mantener los ecosistemas y posibilitar la vida... En la naturaleza, todo son nutrientes. El residuo es un invento humano, acaso el más pernicioso.”

Le pedimos a McDonough que haga un esfuerzo didáctico y simplifique el concepto del cradle to cradle para profanos... “Hay que rediseñar las cosas pensando en el uso presente y futuro de los materiales. Una parte de ellos volverá a la biosfera, otra parte se quedará necesariamente en la tecnosfera. Los nutrientes tecnológicos, como el plástico, el cristal o lo metales se tienen que reutilizar. Los nutrientes biológicos, como la madera, el algodón o el corcho son compostables y pueden volver a la tierra.”
“El primer requisito es, pues, separar los materiales por su metabolismo. El segundo es lo que yo llamo un plan de gestión de nutrientes: determinar qué se va a hacer con ellos tras su uso. El tercer criterio es que estén fabricados con energías renovables. El cuarto es minimizar el uso del agua y que pueda ser reaprovechada. El quinto, y no menos importante: que los productos sean fabricados con criterios de responsabilidad social.”

El listón del C2C es bien alto, pero está técnicamente a nuestro alcance, sostiene McDonough. La silla Think de Steelcase, uno de los primeros productos en lograr la certificación, es un claro ejemplo: fabricada con el 37% de material reciclado, el 98% de sus materiales son reciclables. Edificios enteros, cubiertas exteriores, materiales de construcción, alfombras, césped artificial, tejidos, teclados reciclables, pañales compostables... El universo del cradle to cradle se ha expandido desde la publicación del emblemático libro, hace ocho años, aunque no todo lo rápido que sus impulsores habrían querido.

“El concepto está ya muy arraigado en países como Alemania y Estados Unidos, pero nos falta dar un salto cualitativo”, admite McDonough. “El terreno está muy abonado también en India (donde se identifica con la idea de la reencarnación) o en China (donde se traduce como economía circular). Cada país debe adaptar el concepto a su propia cultura, pero nuestro objetivo es lograr un estándar global. Y lograr que el cradle to cradle se eleve a la categoría de ley, que sea algo así como la certificación pública de la ecoeficiencia.”

A McDonough le acusan de un excesivo celo con su certificación. También le critican por el revés sufrido en China, donde sus planes se estrellaron con los deseos de los promotores y con problemas de comunicación, pero donde sus ideas de un urbanismo en simbiosis con la naturaleza ha echado raíces.
El C2C evoluciona entre tanto y da pie a tendencias como el upcycling (el reciclaje hacia arriba de los materiales más valiosos) en contraste con el downcycling o el reciclaje hacia abajo que ha sido hasta la ahora la moneda corriente. McDonough no se cansa de citar el ejemplo inmejorable del aluminio: “Reciclando el aluminio usamos el 95% de la energía y ahorramos el 95% de las emisiones que nos costaría fabricarlo por primera vez. No es de extrañar que sigamos usando el 75% del aluminio producido desde 1888...”
Sin renunciar a su pasión por la arquitectura, el artífice de cradle to cradle –hermanado en la distancia con Michael Braungart– sigue dándole vueltas por las noches a cómo diseñar un mundo mejor desde la cuna.

Carlos Fresneda


Integral práctica
Fundación Make it Right

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