Pensamos y sentimos que por qué no lo imposible en tiempos ordinarios se puede convertir en factible en tiempos extraordinarios. Los ejes políticos y economicos, se manejan por una minoría hija predilecta del capitalismo. Indagar en la construcción de la resiliencia, reencontrar valores no rentables para pocos pero vitales para los muchos, anhelar un mundo sin perdedores, escribimos sobre personas y organizaciones que estimulan a cambiar hacia un mundo mejor. Carlos Fresneda y Manolo Vilchez
La red de la vida
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VOLVERÁS A ITACA
El canto de las sirenas nos hace volver una y otra vez a Itaca. Allí, a cuatro horas escasas de Nueva York, emboscados entre lagos y cascadas, un puñado de vecinos se ha empeñado en darle la vuelta al 'sueño americano' y demostrar al mundo que se puede vivir de otra manera.
Vista desde lejos, la Ecoaldea de Itaca puede parecer un lienzo irreal y utópico. Vivida desde dentro, siguiendo la senda trazada por sus 170 vecinos, sin el acoso incesante de los coches y en plena armonía con la naturaleza, uno se pregunta por qué no hay muchos más lugares como éste.
"Cuando compramos el terreno, había un proyecto para urbanizar el 90% y dejar apenas el 10% en su estado 'natural'", recuerda Liz Walker, cofundadora de la Ecoaldea. "Nosotros decidimos darle la vuelta al proyecto: preservar el 90% del campo y del bosque y vivir con el menor impacto posible en el 10% restante".
Hace 18 años que estos auténticos 'pioneros' de la vida sostenible echaron el ancla en Itaca. Venían de recorrer el país en la histórica Caminata por un Mundo Vivible y decidieron echar raíces en esta pequeña ciudad de resonancias míticas, arracimada en torno a la Universidad de Cornell y bañada por un fluir constante de lagos y cascadas.
Estamos en la región de los Finger Lakes, donde la leyenda de los indios Cayuga (Dios plantó aquí su mano de gigante y el agua anegó sus dedos), sigue tremendamente viva. Itaca fue también uno de los puntales de la contracultura 'hippie' en los años setenta, tierra abonada para esa experimentación social que ahora empieza a dar sus frutos: el dinero local, el mercado de granjeros, las cooperativas de consumo y de salud, la ecoaldea...
Liz Walker está preparando un libro sobre todo eso -'La ola del futuro'- pero de momento se conforma con contarnos la historia ya escrita de la emblemática ecoaldea: "Vivimos en un entorno que no es urbano ni rural. Casi podemos tocar la ciudad desde esta colina, pero el bosque es nuestro referente. Creo que hemos encontrado un equilibrio entre la vida privada y el espíritu comunitario, aunque seguimos aprendiendo con los años... Somos un laboratorio vivo de lo posible".
En contraste con la típica urbanización a la americana, donde los visitantes son poco menos que intrusos, la ecoaldea de Itaca se abre al recién llegado con una condición: el coche se queda en la entrada. Antes de pasear por la única y serpenteante calle, se puede hacer un alto en la huerta de fresas y frambuesas de Katie Creeger, o echar un par de horas como voluntario en la granja ecológica de John y Jen Bokaer, o escuchar a Francis Vanek (el experto local en energía) en una de las dos casas comunales.
FROG (rana) da nombre a la primera comunidad, con sus casas semiadosadas y orientadas hacia el sur, reflejadas a todas las horas en el estanque. SONG (canción) es la segunda fase, más individual y 'americana', con paneles solares y lo último en bioconstrucción. TREE (árbol) será la tercera, donde primará la eficiencia energética y el precio asequible a casi todos los bolsillos.
Los vecinos de la ecoaldea reciclan hasta el 90% de los residuos y compostan la basura orgánica. En plena temporada, se abastecen de su propia huerta ecológica y pueden 'teletrabajar' desde los cubículos en las casas comunales. La bicicleta, el autobús y el coche compartido son los medios habituales de transporte al centro de Itaca, que queda apenas a dos kilómetros.
Aaaron Froehlich decidió mudarse hace poco hasta aquí con toda la familia, huyendo de la 'pesadilla' americana de Phoenix, Arizona... "Yo crecí en plena naturaleza y deseaba que mis hijos, David y Ellijah, tuvieran la misma experiencia. Ahora la Tierra nos vuelve a hablar, y sentimos todos los días esa vibración especial. Vivimos en la confluencia del bosque, del campo y de la ciudad... y ahí es donde las cosas más interesantes empiezan a pasar"
Carlos Fresneda
Publicado en blog En La Ruta Verde de El Mundo
EL HOMBRE DEL "IMPACTO CERO"

Colin Beavan, junto a su mujer e hija, a bordo de su triciclo. | Paul Dunn/Yes Magazine
- Un ecologista pasa un año sin electricidad para reducir su huella ambiental
- Se define como "un progre con complejo de culpa que intenta salvar el planeta"
- Durante el experimento su familia dejó de producir más de 1.000 kilos de basura
- Comieron sólo alimentos de su entorno cercano y cultivaron una huerta
"¿Dónde está tu bicicleta?", nos pregunta Colin Beavan, más conocido como el 'No Impact Man'. Acabamos de ver su película y no podemos ocultar cierto complejo de culpabilidad. Nos olvidamos del taxi de vuelta y optamos por una larga caminata. Nada más volver a casa, completamos el último cambio de bombillas. Al día siguiente, hacemos la compra en el mercado local de granjeros y nos proponemos volver a compostar. Repasamos mentalmente nuestros pecados y hacemos propósito de enmienda...
"¿Dónde está tu bicicleta?", nos increpa casi el 'No Impact Man', aferrado al manillar. Su triciclo familiar, compartido con su mujer Michelle y su hija Isabella, se ha convertido en su seña de identidad en la Gran Manzana. Pero cazarle al vuelo es una misión tan imposible como la de pillar in fraganti a Superman. Llevamos más de un año siguiéndole la pista por las calles del barrio, y ahora que se publica su libro en medio mundo ('No Impact Man', 451 Editores) ha llegado por fin la oportunidad. El propio Beavan admite que su experimento literario e íntimo -cómo reducir al máximo el impacto ecológico de una famila en la gran ciudad- se ha desbordado hasta convertirse en una avalancha mediática de imprevisibles consecuencias.
Antes de reencarnarse en el 'No Impact Man', Beavan se ganaba la vida como escritor especializado en historia. Su primer libro fue un viaje a los orígenes de las huellas dactilares, y tuvo un relativo éxito con Operación Jedburgh. Pero su inmersión en el Día D le dejó totalmente desfondado. A la crisis de los 40, y al nacimiento de su hija, Isabella, se añadió una creciente procupación: "Mi problema era la total falta de acción".
El 'No Impact Man' se define a sí mismo como "un progre con complejo de culpa que intenta salvar el planeta". Con Obama en la Casa Blanca y Michelle haciendo surcos en el huerto ecológico, cualquiera diría que Beavan llega en el momento justo. Pero hasta la prensa progre -léase el New York Times- ha disparado bajo su línea de flotación con titulares como éste: "El año en que vivimos sin papel higiénico".
En el año que duró el experimento, el 'No Impact Man' y su familia dejaron de producir más de 1.000 kilos de basura, incluidos 2.184 pañales desechables. De paso ahorraron 572 bolsas de plástico, 1.248 recipientes de comida para llevar y 2.190 vasos de papel. Estuvieron seis meses sin electricidad y usaron una nevera de camping (el hielo se lo prestaba la vecina). Comieron exclusivamente alimentos producidos en 250 kilómetros a la redonda y cultivaron su propia huerta en un jardín comunitario.
A su manera, el 'No Impact Man' sudó lo suyo para poder embarcar en la odisea ecológica a su mujer, Michelle, adicta al café y devoradora de carne, obligada a renunciar a su deporte favorito -el 'shopping'- y a cambiar a la bicicleta y el patinete como medios de transporte urbano.
Sin temor a que nos llamen 'socialistas', le preguntamos al 'No Impact Man' que cuándo veremos plasmar su ejemplo en una 'acción colectiva' en EEUU. "La acción política es muy importante, y tengo esperanzas de que la Ley del Cambio Climático salga reforzada del Senado y que Obama mande un mensaje muy claro por todos nosotros en Copenhague", reponde Beavan. "Pero no podemos esperar a que el sistema cambie: nosotros, los individuos, somos el sistema".
El 'No Impact Man' reta a cualquiera a que emulemos su experimento, comprimido en una semana, y a que calibremos por nosotros mismos los cambios. "¿Cuál es propósito de nuestra vida? ¿Qué nos hace más felices y plenos?", se pregunta. Su ejercicio de la simplicidad extrema -incluidos los seis meses a la luz de las velas- le acercó no sólo a la respuesta, sino a la eterna gran pregunta que nos lanza desde el sillín de su bicicleta: "¿Y tú qué vas a hacer por el bien del planeta?".
Carlos Fresneda, Nueva York

