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El mensaje es la botella


 
Fotos: C.F.

A Karim Rashid le reventaba tener que desperdiciar una botella de agua mineral cada vez que pasaba por el control de seguridad del aeopuerto. Empeñado en rediseñar el mundo, Rashid empezó a darle vueltas a la idea: “¿Y si llevo siempre conmigo una botella ligera de viaje, con un filtro incorporado, que pueda rellenar no sólo en el mismo aeropuerto, sino en la habitación del hotel o en cualquier grifo?”.
     
Así nació “bobble”, la botella de plástico reciclado y reciclable, libre de BPA y de PVC, con un tapón de rosca que es al mismo tiempo filtro de carbono, ideal para limpiar de impurezas hasta 150 litros de agua del grifo. El atractivo de la “bobble” (fusión de botella y burbuja) está sobre todo en la “cintura”, que invita a cogerla y a apretarla con fruición, y también en los sugerentes colores del filtro.


  
Pero lo más importante es el “mensaje”... “En EEUU se consumen todos los días 15 millones de botellas de plástico, y tan sólo el 8% se recicla”, recuerda Rashid. “Con cada “bobble” nos ahorramos al menos 300 botellas, y al cabo de 150 litros no tenemos más que cambiar el filtro. Sus posibilidades además son inmensas... Estamos trabajando en un modelo con filtros más sofisticados, que pueda usarse para beber agua directamente de un pozo en Africa”.
     
Al cabo de poco más de un año, con más de 10 millones de unidades vendidas, la “bobble” se ha convertido en algo así como la botella de Coca Cola del diseño verde.
“En los últimos seis meses han habido al menos tres compañías que han comercializado modelos más o menos parecidos”, advierte Rashid, que desarrolló su original recipiente en colaboración con la compañía Move Collective de Nueva York. “Y saldrán muchos más imitadores, estoy seguro... Estamos ante un ejemplo más de cómo un diseño atinado puede ser un auténtico motor del cambio, y hacer que la sociedad avance por el camino adecuado”.


Si por él fuera, lo cambiaría todo, absolutamente todo a su paso, empezando por el negro enlutado de los trajes de ejecutivo, que dejarían paso al rosa...“Los humanos nos hemos empeñado en hacer un mundo feo y gris. Tenemos una obsesión cartesiana por el ángulo y la línea recta, que no existe en la naturaleza, donde todo es asimétrico y donde mandan el color y las curvas. El color y la forma han de servir para crear energía positiva y despertar en nosotros el sexto sentido: la experiencia”.
      
Altísimo, con su camisa rosa y los antebrazos tatuados con jeroglíficos, Rashid es el vivo ejemplo de su propia filosofía estética. Aunque huye de clichés, se siente cómodo con la etiqueta de “minimalismo sensual”, y también con la de “blobjetos” para algunas de sus creaciones rompedoras y curvilíneas.


      




La papelera Garbo, las sillas Oh y Butterfly, los relojes “kaj” de Alessi, los sinuosos frascos de Kenzo o la miniaspiradora Dirt Devil Kone llevan la estampa intransferible de Rashid, posiblemente el diseñador más ubicuo de la última década, tomando el relevo a Philippe Starck. El restaurante Morimoto en Filadelfia, el hotel Semiramis en Atenas o la nueva tienda de Agatha Ruiz de la Prada en Nueva York son algunos de sus espacios creados en su dimensión de interiorista, en la que intenta ser fiel al mismo principio...
     
“El diseño por el diseño, como ocurrió en los ochenta, pasó a la historia. Los “decoradores” son cosa del pasado. Debería existir una palabra que fundiera función y forma, que para mí van siempre unidas. Lo bello debe ser útil, y viceversa”.

Hace exactamente un década, recién cumplidos los 40, Rashid se desmarcó con un manifiesto compulsivo que sacudió los cimientos del diseño: “Quiero cambiar el mundo”. Superado el listón de los 50, con más de 3.000 objetos a sus espaldas, este diseñador nacido en El Cairo, criado en Canadá y afincado en Nueva York ha querido dar un nuevo sentido a su proclama “revolucionaria”...
     
“Hay una necesidad urgente de cambiar el modo en que funciona la humanidad. Hemos creado un mundo basado estrictamente en el consumo. Estamos dilapidando los recursos y destruyendo la naturaleza, y no podemos seguir así por mucho más tiempo. Hay que ir desterrando el petróleo y todos sus derivados, y diseñar cada vez más con materiales biodegradables y reciclables”.
      
“Y hay que cambiar también la cultura de usar y tirar, apreciar los objetos que nos rodean, entablar una relación emocional y duradera con ellos”, concluye Rashid. “La meta última del diseñador es hacer del mundo un lugar mejor: ésa es la premisa original en la que sigo creyendo”.

Carlos Fresenda / Londres
Publicado en blog Blogoterráqueo de El Mundo.es

EL AUTENTICO "RAIN MAN"

DRIPPING SPRINGS (TEXAS).- Entre el cielo y la tierra, en las colinas de Texas, hemos encontrado al auténtico “Rain Man”. Obedece al nombre de Richard Heinichen y lleva la mitad de sus 62 años ingeniando sistemas para la captación, almacenamiento y depuración del agua de lluvia. A sus pies se levanta la Ciudad de los Tanques (de agua) y bajo el tejado metálico de más de 1.000 metros cuadrados -construido para aprovechar hasta la última gota- se esconde una planta embotelladora única en el mundo: “Jugo de Nubes”.

“El agua de lluvia es la única que merece ser embotellada”, se explica Richard “Rainwater”. “Creéme, no probarás nada mejor en el mundo. Yo ya no puedo beber otra cosa porque todo lo demás me sabe a tierra”.

Richard nos invita a saciar la sed del camino con “Jugo de Nubes”, y el líquido celestial se evapora casi entre las manos y la garganta. Le preguntamos que cuál es el secreto: “La magia de la naturaleza... Con una pequeña ayuda de la ósmosis inversa”.

Seis años lleva Richard sacándole jugo a las nubes y vendiéndolo (unos 3.600 litros a la semana) en una radio de cuarenta kilómetros. Fue en la cercana Austin, el oasis de Texas, donde tuvimos por primera vez noticias de este purgatorio llamado Tank Town. Hasta allí se llega -por inercia o por ósmosis- siguiendo los remontes suaves de la carretera 290, entre encinas y alcornoques, dejando atrás el pueblo de Dripping Springs y torciendo a la derecha en Rainwater Drive.

No hay pérdida posible. Los gigantescos tanques de agua, pintados de azul, verde y rosa, brillan con luz propia en medio de la dehesa. Una botella gigante y un vistoso cartel rojo nos advierten: “Hecho en entre el cielo y la tierra”. Más de un millón de litros de agua de lluvia están allí, almacenados, como si esperaran el día de la gran sed de Texas.


“Esta zona es basante seca y podemos pasarnos hasta 75 días sin lluvia”, asegura Richard. “Aquí tenemos básicamente dos estaciones: el verano y el no-verano. Llevamos varios años padeciendo la sequía y cada vez viene más gente a pedirme agua. Yo les digo: aprended a recolectar la lluvia. En países como Australia, la gente está obligada por ley, y en las zonas áridas de Texas –o el sur de España- también debería ser así”.

“No existe una cultura del agua”, se lamenta Richard, autor de varios libros y vídeos de divulgación como “Recolección del agua de lluvia para los mecánicamente impedidos”, donde queda constancia no sólo de sus conocimientos sino de su intransferible sentido del humor: “Quienes diseñaron los tejados de alquitrán y gravilla, merecerían ser enterrados bajo alquitrán y gravilla”.


“Cualquier persona que viva bajo un techo puede se capaz de recolectar el agua de lluvia y aprovecharla para el uso doméstico”, asegura Richard. “Basta con habilitar una superficie para la captación, que puede ser incluso un balcón, canalizar el agua con tuberías, hacerla pasar por un filtro básico, bombearla si hace falta y almacenarla en un tanque metálico o de fibra de vidrio donde puede aguantar años”.


En Tank Town encontramos también filtros de carbón activo, sistemas de rayos ultravioleta, o mecanismos más sofisticados de potabilización por ósmosis inversa. “Por una inversión total de 3.000 a 5.000 dólares, cualquiera puede tener en casa un sistema totalmente autosuficiente para la gestión de un agua más pura que la que sale del grifo”, palabra de Richard “Rainwater”. “Cualquier persona, para sus necesidades básicas, requiere no más de 100 a 120 litros diarios, como solemos hacerlo mi mujer y yo... Y no somos mártires”.

“Pero tenemos que aprender a valorar cada gota como si fuera la última”, añade el “señor” de la lluvia, que nació en Palo Alto (California) y exprimió el “verano del amor” hippie antes de arraigar bajo los cielos inmensos de Texas. “Igual que ocurre con la energía, tenemos que saber aplicar la eficiencia para ahorrar hasta el 30% del agua que derrochamos. Tres cuartas partes del agua que consumimos se nos va en el riego... Si tenemos un huerto, el gasto está más que justificado. ¿Pero por qué esa obesión por alfombrar de césped el desierto?”.


Richard “Rainwater” nos lleva hasta el rincón más alto de Tank Town, donde ha creado un pequeño estanque canalizando con plásticos el agua que baja desde una colina cercana. Allí, entre gansos y patos, se toma un pequeño respiro y vislumbra el siguente gran paso hacia el futuro líquido: “Vamos a instalar placas fotovoltaicas para completar el proceso. Agua de lluvia “solar”... ¿Quién quiere un trago?”


Carlos Fresneda, enviado especial

Publicado en Natura 35, de El Mundo
Enlace a pdf edición completa Natura 35


Enlace a post vinculado: Por amor al agua...


www.rainwatercollection.com

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