20 de mayo de 2009

GAMESA LE "QUITA EL OXIDO" AL CINTURON INDUSTRIAL DE PENSILVANIA

EBENSBURG (PENSILVANIA).- Siguiendo el rastro del carbón bituminoso y de las fábricas abandonadas de acero, se llega hasta Ebensburg, Pensilvania. La central térmica de Cambria Cogen nos da la humeante bienvenida a este pueblo de tres mil almas, azotado frecuentemente por el viento que viene de las montañas Allegheny, donde despuntan a lo lejos las 40 turbinas de dos megavatios de Gamesa.


Hace tres años que el gigante alavés de la energía eólica echó raíces en estos parajes, emparentados con el bosque y con la herrumbre de nuestro norte industrial. El arranque no fue fácil, y a los problemas técnicos se unió la resistencia “cultural” de muchos vecinos crecidos a la sombra del carbón y temerosos del impacto de los aerogeneradores de hasta 80 metros de diámetro.

“Como suele pasar con todo lo nuevo, hubo gente que reaccionó con miedo al cambio”, admite el gobernador de Pensilvania, Ed Rendell. “Pero todos han podido comprobar los beneficios, para la economía y para el medio ambiente. Gamesa forma ya parte de nuestro paisaje y de nuestro futuro”.


La apuesta firme del demócrata Rendell, que ha embarcado a los republicanos en el objetivo de 18% renovables en el 2021, fue vital para que Gamesa eligiera Pensilvania antes que Texas, el estado líder de energía eólica en Estados Unidos. Los incentivos fiscales, la mano de obra, la infraestructura y la posición estratégica del estado –la “piedra angular” de la costa este- hicieron el resto.


Aunque quien puso definitivamente a Gamesa en el mapa fue Barack Obama en plena campaña electoral. Su visita a la segunda fábrica de la compañía en Fairless Hills, en la otra punta del estado y a orillas del río Delaware, marcó su conversión a la economía de la “nueva energía”.

Obama estampó su firma en una pala, “pero lo que más le impresionó fue el complejo ensamblaje de las “nacelles” que permiten que el viento se transforme en energía”, certifica Jim Bauer, histórico líder sindical del acero. “Buen trabajo, Jim”, terció el entonces candidato. Desde entonces fue como si Dylan le susurrara a todas horas al oído aquello de “La respuesta está en el viento” (esta misma semana ha reiterado su objetivo del 20% para energía eólica en el 2030).


Jim Bauer puso entonces sobre la mesa otro factor que ha contribuido a la buena reputación de la compañía: “Gamesa no sólo ha traído empleo “verde”, sino que ha creado puestos de calidad y ha entablado una cooperación con los sindicatos poco usual en Estados Unidos. Tenemos nuestras lógicas tensiones, pero nada que ver con el modelo confrontacional al que estábamos habituados en Pensilvania”.


“Hemos querido destacar no sólo como una compañía puntera en desarrollo y tecnología, también en compromiso social”, certifica el madrileño Luis Miguel Fernández, al frente de los servicios corporativos y técnicos de Gamesa en Estados Unidos. Pese a las dificultades del primer año de operaciones y con el viento en contra de la crisis, la compañía vasca hinchó las velas en el 2008, con una producción equivalente a 1.050 megavatios (más una inversión acumulada de 200 millones de dólares y 1.000 puestos de empleo creados en los tres años).


“Le estamos quitando el óxido al cinturón de hierro de Pensilvania”, presume Michael Peck, portavoz norteamericano de Gamesa y uno de los artífices de la singular elección de la costa este, lejos del túnel del viento. “Al fin y al cabo, Navarra no figuraba en los primeros mapas eólicos de España y ahí está hoy en día”, puntualiza Peck, gran conocedor de lo que se cuece por nuestras tierras.


La otra gran responsable es la secretaria de Medio Ambiente Kathleen McGuinty, que se desplazó personalmente a Bilbao en cuanto supo que Gamesa estaba tanteando Texas: “Organizamos una serie de encuentros y les convencimos de que no podían encontrar una puerta mejor de acceso, ni un aliado más comprometido con el futuro de las energías renovables”.


McGuinty afirma que nunca ha habido ni habrá conflicto entre el viento y el carbón “limpio”. En en los valles de las Allegheny aún pueden verse viejos carteles que atribuyen al carbón el “milagro” de la electricidad. Barry Lauer, trabajador de Gamesa y vecino de Ebensburg, está convencido sin embargo de que las últimas brasas son ya cosa del pasado: “El futuro está en el viento y en el sol, aunque aún haya gente que aún se resiste a cambiar”.

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Del acero a las “palas”

EBENSBURG.- La crisis golpeó antes de tiempo el oxidado cinturón industrial de Pittsburgh. Troy Galloway, 45 años, trabajador del acero, perdió su empleo y no volvió a encontrar el norte hasta que Gamesa aterrizó en Ebensburg. Ahora trabaja fabricando las vigas que son algo así como la espina dorsal de las palas gigantes (de más de cuarenta metros de longitud).

“Cuando nos dijeron que venían los españoles, no nos lo creíamos”, confiesa. “Después de tantos años cerrando fábricas y llevándose puestos de trabajo, nos costaba creer que un empresa extranjera invirtiera en la zona... Todas las tardes, camino de casa, paso ahora por el parque eólico de Allegheny y veo las palas de Gamesa girando. Me llena de orgullo ver mi trabajo en acción”.


CARLOS FRESNEDA

Enviado especial

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi nombre es Galo Iza trabaje durante 15 anos en el sector energetico de mi pais.La generacion eolica me apaciona desde el primer momento que supe del trabajo de Gamesa quiero contactarme con ejecutivos de la empresa para inevertir en Mi pais ECUADOR . correo electronico(gamarcelm@hotmail.com)