15 de diciembre de 2008

¿un proyecto Apolo ”verde”? ¿un New Deal “verde”?


Obama, ante el reto de poner a Estados Unidos en la vanguardia de la “nueva energía”

NUEVA YORK.- El nuevo Progama Apolo despegó silenciosamente hace cuatro años, cuando Barack Obama no era más que una lejana promesa. El objetivo no era esta vez apuntar a la Luna sino más bien poner los pies en la Tierra y embarcar a todo el espectro progresista de la sociedad -empresarios, políticos, investigadores, sindicalistas, ecologistas y líderes comunitarios- en el más difícil todavía: romper la inercia de la era Bush y convertir Estados Unidos en líder mundial de las energías limpias.

“El reto que lanzó en su día Kennedy resuena aún en nuestras mentes y tiene esa capacidad para disparar la imaginación de los americanos”, asegura Keith Schneider, portavoz de la Apollo Alliance. “Lo hicimos una vez y podemos volver a hacerlo. Esto es América, y seguimos siendo el país más industrioso y tecnológicamente avanzado del mundo. Sólo faltaba la voluntad política”.

En el 2004 la Alianza Apolo lanzó su visión de futuro bajo la consigna “Nueva Energía para América”. Cuatro años después, la campaña de Barack Obama hizo suya la bandera de la New Energy for America, tomó prestadas sus líneas maestras y fichó a algunas de sus lumbreras.

“Digamos que ha existido una sinergia y ahora esperamos ver los frutos”, admite Schneider al otro lado del teléfono. Le preguntamos por la poca voluntad de cambio mostrada por Obama en sus nombramientos, y por la tormenta de nieve de la crisis financiera que amenaza con frustrar el despegue del nuevo Apolo...

"¿Hacia qué otro futuro podemos avanzar?”, se pregunta Schneider. “La vieja economía se está cayendo a pedazos, y necesitamos urgentemente otro motor. ¿Dónde vamos a invertir si no es en la nueva energía? ¿Cómo vamos a crear empleo? Habrá grandes turbulencias en los primeros momentos, pero el planeta no puede esperar más: necesitamos un nuevo programa Apolo”.

La Apollo Alliance estima que harán falta 500.000 millones de dólares en la próxima década como “catalizador” del cambio energético (el equipo de Obama lo deja en 150.000 millones, lo que cuestan al año las guerras de Irak y Afganistán). La Alianza propuso hace unos mes un plan de empleo “verde” para la creación de cinco millones de puestos de trabajo (Obama prometió otro tanto durante la campaña). Obama fija finalmente el objetivo del 25% renovables para el 2025 (los impulsores del nuevo Apolo estiman que se podría llegar al 50% forzando la máquina, y Al Gore se acaba de desmarcar con la utopía de 100% renovables en una década).

El caso es que la energía no fue la asignatura fuerte de Obama en los primeros vaivenes de campaña. Hillary Clinton le echó en cara su voto a favor de la ley energética de Dick Cheney, cocida a fuego lento por los lobbys del petróleo y del carbón. Nadie olvida que el estratega David Axelrod fue asesor del gigante nuclear Exelon, uno de los mayores contribuyentes de su campaña (¿de ahí tal vez su apoyo a la energía nuclear?).

La conversión de Obama al credo de las renovables se consumó con el fichaje de John Podesta, el ingeniero-jefe de su equipo de transición. Podesta, ex jefe de Gabinete de Clinton, creó el think tank Centro para el Progreso de América con una idea muy clara: “Ha llegado el momento de revitalizar la economía de la nación y restaurar el liderazgo de América en el mundo. Ha llegado la hora de ponernos a la cabeza en la revolución de las energías limpias”.

El lastre de las energías fósiles es sin embargo insoslayable: las renovables apenas llegan hoy por hoy al 10% de la tarta energética en EEUU (y el 7% procede la energía hidroeléctrica). La energía eólica, pese al despegue experimentado en Texas, California y Oregón, supone el 1% de la producción y la solar –pese a la pujanza de Nevada, Nuevo México, Arizona y de nuevo California- no llega siquiera a esa cifra. La energía geotérmica se ha disparado espectacularmente en estados como Alaska y Hawai, y la biomasa ha experimentado también un notable crecimiento, pero grandes partes del país (empezando por el túnel del viento que arranca en Dakota del Sur) viven ancladas en la era negra de Pozos de ambición.

“Europa nos lleva ventaja, pero este país ha tenido siempre la capacidad de cambiar muy rápido”, sostiene Keith Schneider, de la Alianza Apolo. “La transición definitiva al siglo XXI llega ahora y es inevitable. No tenemos más remedio que pisar el acelerador: la velocidad con la que nos aproximamos al colapso es también vertiginosa”.

Obama anticipó que la economía de la nueva energía sería su prioridad en cuanto llegara al poder, y la semana pasada ya dio indicios. Su Plan de Recuperación Económica prevé la creación de 2,5 millones de puestos de trabajo para “construir granjas eólicas y paneles solares, y fabricar coches eficientes y tecnologías de energía alternativas que nos liberen de la dependencia del petróleo extranjero”.

Su propuesta sonó como una puesta al día de los Civilian Conservation Corps de Roosevelt durante el New Deal, que dio empleo a tres millones de trabajadores jóvenes para modernizar las infraestructuras. Las reglas de New Deal “verde” que se dispone a apadrinar Obama las ha escrito otro pujante líder afroamericano, Van Jones, curtido en las calles de Oakland, donde funcionan desde hace tiempo las Brigadas de Empleo Verde que pronto veremos en otras grandes ciudades norteamericanas.

“Lo que necesitamos es una serie de programas, con el Gobierno como socio, para acelerar la transición a una economía más limpia y más justa, que genere empleo y devuelva la esperanza a nuestras comunidades”, escribe Van Jones en “La economía de Cuello Verde”, el libro con el recorre estos días el país. Jones, miembro de la Alianza Apolo y fundador de Green For All, es el rostro más visible del movimiento de la “justicia ambiental” en el que viajan simultéamente los jóvenes ecologistas, los viejos sindicalistas y los líderes negros e hispanos.

Los grandes empresarios también han arrimado el ascua y han creado el grupo BICEP (Compañías por una Política Innovadora en el Clima y en la Energía), recordándole a Obama su promesa electoral de impulsar el mercado de créditos de carbono y fijar la reducción del 80% de las emisiones en el año 2020.

La presencia en el entorno de Obama de expertos en energía y medio ambiente como el profesor de Berkeley Daniel Kammen –vinculado a Jeremy Rifkin y a su concepto de la “tercera revolución industrial”- han disparado las expectativas. Otros asesores como Jason Grumet (criticado por sus vínculos con la industria y por su defensa de la energía nuclear, el etanol y el carbón “limpio”) han provocado más bien cautela.

Entre los candidatos a la secretaría de Energía destacan la gobernadora de Kansas Kathleen Sebelius –impulsora entusiasta de la energía eólica-, el gobernador de Pensilvania Ed Rendell y el biólogo Dan Reicher, al frente de las iniciativas de energía de la Fundación Google. Para dirigir la Agencia de Medio Ambiente, Obama podría confiar en una activista infatigable como Robert Kennedy Jr., en un abogado moderado como el profesor de Yale Dan Esty o en la artífice de la ley de protección del clima California, Mary Nichols.

La duda a estas alturas, con todos los esfuerzos concentrados en la recuperación económica, es si Obama seguirá adelante con la idea de crear un zar, supervisor o embajador volante del cambio climático, el puesto a la medida de Al Gore que el propio ex vicepresidente parece haber rechazado. No se descarta sin embargo, que Gore pueda ejercer de asesor temporal o de miembro honorario de un Consejo Nacional de Energía, incitando a los norteamericanos a que tengan “el valor de abrazar los cambios necesarios para salvar la economía, el planeta y en última instancia a nosotros mismos”.

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CARLOS FRESNEDA
Publicado en El Mundo, domingo 7 de diciembre 2008

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