26 de marzo de 2010

ECOHEROES DE NUEVA YORK

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A la jungla de asfalto le está saliendo el musgo. El espíritu de la vieja Mannahatta, la isla de las 500 colinas, vuelve a pulular por la geometría plana de calles y avenidas, y ya no hay alcalde, especulador o constructor que lo enmiende: el futuro de la Gran Manzana, el gran laboratorio urbano del siglo XX, será necesariamente verde.

Los halcones de cola roja lo han descubierto desde el cielo, y han ido extendiendo sus dominios de Central Park al Lower East Side. En Manhattan brotan por doquier los mercados de granjeros y en Brooklyn, una explosión de huertos urbanos traen el olor a campo hasta los tejados de la ciudad. A los confines del Bronx llegó por cierto no hace mucho un intrépido castor, al que llamaron José, por incorporarle a la ola de inmigrantes hispanos.

Nueva York está cambiando a pasos de gigante: ahí tenemos al Empire State, el coloso “eficiente”, pasando por una puesta al día que servirá para ahorrar el 30% de la energía. Y qué decir de los 200.000 “locos” de los dos ruedas que recorren los más de 650 kilómetros de carriles-bici, del millar largo de “pedi-cabs” o de la flota creciente de taxis híbridos.


Quienes vivimos –y padecemos- Nueva York desde dentro no somos del todo conscientes de la metamorfosis. Pero quienes llevan diez años sin morder la Gran Manzana y pisan de pronto el Green Market de Union Square, o cruzan el puente de Brooklyn en bicicleta, o se suben al parque elevado del High Line, se preguntan con razón: “¿Qué está ocurriendo en esta ciudad?”.

Nunca pisarás dos veces el mismo Nueva York: ésa es la esencia misma del lugar y ésa es la regla no escrita con la que comulga todo el que decide instalarse en este bullicio de creatividad. Más allá de los tópicos y de las modas, más allá de las campañas oficiales como New York 2030, la Gran Manzana ha cambiado gracias a la labor soterrada de un puñado de “ecohéroes” que están sembrando las semillas de la ciudad que viene.


Pocos han hecho tanto por iluminar el pasado y el futuro verde de Nueva York como Eric Sanderson, ecologista del paisaje, infatigable geógrafo urbano, que ha reconstruido el incomparable estuario tal y como lo viera hace 400 años el mismísimo Henry Hudson. Su investigación ha cuajado en el “Proyecto Mannahatta”, plasmado en un libro, una fascinante exposición y una recreación virtual en internet que permite visualizar el estado original de la isla, palmo a palmo, manzana a manzana.


“En Mannahatta había 627 especies diferentes de plantas, 233 variedades de págjaros y una biodiversidad por hectárea superior a la de Yellowstone o Yosemite’, sostiene Sanderson. Si la isla hubiera aguantado tal y como la conservaron los 5.000 indios Lenape -precursores de eso que ahora llamamos el “desarrollo sostenible”- sería posiblemente la pequeña gran joya de los parques naturales de Estados Unidos.


Times Square, sin ir más lejos, era un estanque donde abrevaban los castores. Hasta los altos de Harlem llegaban los osos negros, y los pumas eran una presencia habitual en la fronda casi impenetable que precedió a la selva de cemento. La “civilización” no llegó a la tierra prometida hasta el siglo XVII.

En 1811 comenzó el proceso de “reducción topográfica” para construir la rejilla urbana y a mediados del siglo XIX se libró la primera gran batalla ecológica por el futuro de la ciudad... “La lucha por la construcción de Central Park fue una tremenda victoria de los vecinos de Nueva York”, atestigua Sanderson. “La decisión de preservar una gran trozo de naturaleza en el corazón mismo de la ciudad fue el mejor regalo que pudo hacerse a las futuras generaciones, y un modelo imitado luego en muchas otra partes del mundo”.


Hacemos un alto con Sanderson en el Umpire Rock, el “auténtico centro de Mahattan”. A nuestro alrededor, anclados en el lecho de roca, emergen los rascacielos como si se disputaran la mejor vista de este oasis urbano que diseñaron Frederick Law Olmsted y el Calvert Vaux… “Central Park es también un inmejorale ejemplo de lo que puede hacer el hombre, trabajando mano a mano con la naturaleza”.


Sanderson ejerce ocasionalmente de explorador urbano, acompañado por estudiantes y curiosos que quieren indagar en las raíces de Nueva York, o escuchar el rumor de los desaparecidos arroyos de la ciudad. “La recuperación y el aprovechamiento de las cuencas de agua será uno de los grandes retos del futuro”, vaticina. “Las ciudades funcionarán cada vez más como ecosistemas, y la vegetación se abrirá paso entre el cemento”.

A Nueva York le queda un largo camino, sobre todo en la gestión del agua y de los resuiduos, pero Sanderson vaticina que la Gran Manzana será el espejo al que vuelvan a mirarse las grandes ciudades del mundo: “El consumo de energía y la huella de carbono del neoyorquino es tres veces inferior a la media norteamericana. Ahora sólo falta que la muchedumbre silenciosa que se mueve a pie, en metro o en bicicleta, acabe desplazando finalmente al coche. La vida compacta del futuro se está ensayando aquí todos los días”.


Al otro lado del East River, en un tejado de Brooklyn, está germinando el presente de la agricultura urbana. Annie Novak y Ben Flanner han sabido sacarle todo el partido posible a esta superficie de más de 1.500 metros cuadrados, a cinco pisos de altura, en lo más alto de viejo edificio industrial y con el trepidante “skyline” de Manhattan marcando el horizonte.

Annie Novak, la granjera en el tejado, admite a sus 27 años que Nueva York era el último sitio que tenía en mente cuando sintió la llamada de la tierra… “Trabajé un tiempo en Ghanha, y también en Latinoamérica, pero siempre me atrajo poderosamente la vida en la ciudad. Lugares como Brooklyn o Berkeley son ahora el destino natural para los agricultores jóvenes que estamos deseando romper con las barreras artificiales entre los urbano y lo rural”.

Durante el último año, al edificio industrial de Greenpoint le ha salido una cresta de lechugas y coles, tomates y coliflores. “El acondicionamiento del tejado lo hicimos sin problemas, aunque lo más fatigoso fue subir hasta aquí arriba la tierra”, confiesa Annie, ayudada por un tropel de voluntarios de todos los puntos de la ciudad. La primera cosecha nutrió sobre todo los restaurantes locales; el sobrante se vendió a pie de obra: auténtica comida biológica y local.


El huerto en las alturas no es más que la punta visible de un movimiento de agricultura urbana comparable sólo con la explosión musical de Brooklyn, la cuna de la cultura “localívora”. La red de Just Food, las cooperativas de cosumo y los huertos comunitarios han encontrado un inmejorable caldo de cultivo en la extensa trastienda de la Gran Manzana.

Aunque en el Village aún se conserva la tradición, iniciada en tiempos por la Green Guerrillas y continuada gracias al apoyo de ecoheroínas como la actriz Bette Midler, que salvó de la piqueta a decenas de jardines comunitarios amenazados en su día el por el alcalde Giuliani. En el campus de la Universidad de Nueva York, en uno de esos milagrosos vergeles que brotan en medio del asfalto, tiene precisamente su pequeña “parcela” Colin Beavan, más conocido como el No Impact Man.


Beavan se ha convertido en algo así como el último héroe de Nueva York tras completar su experimento: un año reduciendo al mínimo su impacto ecológico. Su mujer, Michelle, y su hija, Isabela, hicieron lo imposible por seguir su cura de austeridad (seis meses estuvieron sin electricidad). Lo que empezó como un reto personal -y como un “producto” literario y cinematográfico- ha terminado cuajando en un proyecto nacional, incitando a los americanos a que intenten emular su reto durante una semana.

“El sistema no va a cambiar si antes no cambiamos nosotros”, asegura Beavan. “Uno a uno, manzana a manzana, barrio a barrio se puede acabar cambiando una ciudad como Nueva York. Es fácil desanimarse porque los primeros en criticarte serán tu familia, tus vecinos o tus compañeros de trabajo. Pero hay que persistir, y sobre todo conectar”.


El reverendo Billy (nombre de guerra del actor y activista Bill Talen) lleva persistiendo más de 15 años por las calles de Nueva York. Empezó declarando la guerra al consumismo rampante, a cuestas con Mickey Mouse crucificado. De ahí pasó a su cruzada contra los McDonald’s y los Starbucks, y todo lo que huela a tufo multinacional frente a la cultura de barrio.

Con levita azul o blanca, y con su tupé a prueba de vendavales, el reverendo Billy fue el candidato el Partido Verde en las últimas elecciones municipales. “¡Agualuya!”, fue la bendición que nos echó bajo el aguacero en Times Square. Poco después le vimos con su coro anticonsumista, entonando un gospel reivindicativo en el nombre de Rainforest Relief:: “Bloomberg se las da de verde y aquí estamos, relajando nuestras posaderas en bancos de madera traída del Amazonas”.


Al reverendo Billy le han detenido tres veces ante nuestras propias narices. “Alteración del orden”, alega la policía. La última vez fue en Union Square, protestando con su inseparable megáfono por la “privatización” de los espacios públicos...



En Union Square, la gran plaza del pueblo, conocimos un día a otro ecohéroe bastante menos ruidoso: James Conroy, el hombre que susurra a los árboles. El “treewhisperer” fue patólogo de plantas y trabajó para una compañía química antes de su reconversión a la causa natural, en contacto directo con la madera viva... “Digamos que trabajo con la energía de los árboles. He aprendido a “escucharlos” y a encontrar curas con una intervención mínima. La falta de espacio vital, la pobreza del suelo y el daño que causan los animales, o los propios humanos, son los principales enemigos del árbol en la ciudad”.


En la calle 24, Conroy ha insuflado nueva vida a varias acacias moribundas, de eso dan constancia los vecinos. En Colorado está poniendo en práctica su método, Green Centrics, para controlar las plagas “fortaleciendo los árboles, y no inundándoles con productos químicos”. La campaña para plantar un millón de árboles en Nueva York le parece una buena idea, “pero también hace falta una cultura del árbol, un mayor aprecio por nuestros venerables hermanos vegetales”.

Steve Brill, más conocido como el “Wildman”, lleva precisamente 25 años contagiando a sus vecinos su pasión por la vida silvestre. Las expediciones del “Wildman” por Central Park y otros reductos de la naturaleza urbana son ya una leyenda dentro de la Gran Manzana. A 15 dólares por cabeza (diez los niños), el “hombre salvaje” garantiza un alimento casi completo sobre la marcha con plantas comestibles y bayas silvestres.


“Durante millones de años, la especie humana se ha alimentado de lo que recolectaba en el bosque”, recuerda, mientras explica las virtudes de las bardanas, de la “pimienta” del hombre pobre o de las azucenas amarillas, por no hablar (mientras comemos) de las moras blancas que saben a lluvia o de los frutos del guillomo que nos esperan junto al lago de Central Park.


Podríamos concluir el periplo aquí, que fue donde empezamos, pero la geografía invertida de Nueva York es muy vasta. La riqueza se acumula en el sur, y las miserias han procurado esconderse en el norte, en ese Bronx azotado en tiempos por la violencia y acechado ahora por las centrales térmicas, las plantas de tratamiento de basura, las depuradoras, las autopistas y los índices de asma más altos del país.

La gente de Sustainable South Bronx organiza “tour tóxicos” para quienes quieran respirar a fondo la esencia del barrio. El grupo, fundado por Majora Carter, fue la punta de lanza del movimiento de la “justicia ambiental”. Allí dio sus primeros pasos Omar Freira, 34 años, hijo de inmigrantes dominicanos, que ha decidido pasar a la acción con “Green Worker”, la primera cooperativa “verde” del Bronx.


“El primer paso de la economía gris a la economía verde tenemos que darlo en nuestros barrios, gestionando nuestros propios recursos y reinventado el sistema desde la base”, sostiene Omar. Los currantes de ReBuilders Source –el primer brazo autóctono de “Green Worker”- se dedican a la “deconstrucción” y cargan y catalogan todo lo que se puede reaprovechar en las demoliciones o en las obras de reforma.

La crisis ha golpeado duro en el Bronx, pero Omar Freira –que puso en el empeño los 100.000 dólares de premio de la Fundación Rockefeller por su contribución a las “nuevas ideas y el activismo” en Nueva York- planea ya la futura expansión de la cooperativa a los campos de la eficiencia energética, la agricultura urbana y la restauración.


Bajando del Bronx podríamos hacer una parada en Harlem, donde Peggy Shepard abandera We Act, otro de los grupos punteros de la justicia ambiental. A la altura del City College, visitaríamos a la arquitecta Hillary Brown, creadora de la primera oficina de diseño sostenible en Nueva York. En la Universidad de Columbia nos esperaría Dickson Despomier, a punto de publicar su visión futurista de las “Granjas Verticales”.


En el Midtown, Jack Hidary nos contaría su empeño en acelerar el avance de la energía solar y de los coches eléctricos a través de su organización, Pace. Jamie Cloud, al frente del Cloud Institute, nos invitaría a embarcar a los más niños en el cambio que viene, y Wendy Brawer, diseñadora gráfica y creadora del Green Map, nos daría el consejo más certero para trasformar la ciudad: “Conoce tu entorno”.


Siguiendo el rastro a dos ruedas de David Byrne, el ex cantante de los Talking Heads y autor de “Diarios de la bicicleta”, volveríamos a Brooklyn, a conocer de primera mano el proyecto “Living Streets” (“Calles Vivibles”) de Aaron Naparstek, o a visitar finalmente a su colega, el diseñador y visionario Mitch Joachim, convencido de que la utopía del futuro se está cociendo a la sombra de los rascielos.

Pero este viaje, al fin y al cabo, no ha hecho más que comenzar. Los ecohéroes de Nueva York son en todo caso la avanzadilla de ese otro mundo posible que nos está esperando a la vuelta de la esquina.


Carlos Fresneda, Nueva York
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1 comentario:

Pablo dijo...

Hola,

Os envío el enlace de un blog que acabo de abrir, por si os interesa: Disfrutar más consumiendo menos. Va dirigido a las personas que estén reduciendo su huella ecológica siguiendo algún método como Simplicidad Radical, la Bolsa o la vida, o de cualquier otra manera.
Gracias.
Pablo.