Trabajar menos, trabajar todos



  • Michael Harris, del NEF, abandera el movimiento por la reducción de jornada
  • 'Vivimos una nueva realidad y hay que probar con fórmulas nuevas'
  • El paro se está convirtiendo en un problema crónico, afirma
  • 'Ahora se manifiesta una tendencia que lleva gestándose más de 30 años'
A sus 40 años, Michael Harris está a punto de experimentar en su piel todo lo que lleva predicando durante los últimos meses: la jornada laboral de 21 horas semanales.
"Voy a ganar menos y tendré que hacer pequeños ajustes, pero no tengo una familia que dependa de mí y puedo permitírmelo. Trabajaré tres días a la semana, posiblemente seré más productivo y creativo. Y tendré por fin tiempo para cultivar las relaciones, conocer nuevos sitios, vivir con menos estrés".
Michael Harris, del NEF. | Foto: C.F.
Michael Harris, del NEF. | Foto: C.F.

Pero la reducción voluntaria de su jornada es algo más que una decisión "personal". Después de estudiar a fondo el asunto para la New Economics Foundation (NEF), Michael está convencido de que la solución contra el desempleo pasa necesariamente por quienes aún tenemos trabajo y podemos "compatirlo". 'Trabajar menos, trabajar todos'. La vieja reivindicación sindical cobra nueva vida en medio de la crisis económica. Frente al lema 'Trabajar más, ganar más' con el que Sarkozy fustigó la semana laboral de 35 horas en Francia, el NEF ha decidido navegar contra la corriente en plena crisis y poner en el horizonte la meta utópica de las 21 horas.
"No es un número arbitrario, se trata exactamente de las horas semanales que pasan en el trabajo los británicos si incluimos a quienes tienen empleo, los que están en paro y los que están considerados como 'económicamente inactivos'", explica Harris. "El 21 es un objetivo más o menos difuso, que se puede alcanzar reduciendo la jornada, trabajando a tiempo parcial, compartiendo empleo o distribuyendo las horas a lo largo de un año".
Frente al fallido experimento francés -"demasiado corto de miras y con un gran impacto a corto plazo"-, Harris reivindica el modelo holandés, en el que el Gobierno predicó sin imposiciones y con el ejemplo. El experto de empleo del NEF nos remite a las palabras de la socióloga norteamericana Juliet Schor en el reciente encuentro -'About Time'- celebrado en la London School of Economics.
"Consideremos la 'hoja de ruta' holandesa. Desde los años ochenta, todos los nuevos funcionarios trabajan cuatro días a la semana por el 80% del sueldo. El Estado fue así capaz de generar cinco empleos donde antes había cuatro. Con el tiempo, el sector financiero adoptó el mismo sistema, y la jornada reducida acabó extendiéndose por toda la fuerza laboral. En Holanda existe hoy por hoy un mercado laboral que permite realmente la flexibilidad para el trabajador". Michael Harris recuerda cómo en los países donde la jornada laboral es más reducida -como Holanda y Alemania- los trabajadores han sufrido menos el impacto de la crisis por una sencilla razón: "El empleo está mejor distribuido".
El "sobretrabajo" y el desempleo son, en su opinión, las dos caras de la misma moneda, la doble expresión de la creciente desigualdad social y económica: "Y mientras sigamos atrapados en la misma dinámica, no va haber salida posible. Esta crisis va para largo y el paro se está convirtiendo en un problema crónico", insiste.

¿Y las familias que necesitan dos sueldos para llegar a fin de mes? "El coste de la vida tiene que bajar necesariamente", responde Harris. "El precio actual de la vivienda, del transporte o del cuidado de los niños es una soga para las familias. Es cierto que bajar el tren de vida puede en muchos casos no ser suficiente. La meta de las 21 horas tiene que entenderse como parte de una transición económica, social y ambiental que puede tardar una o dos décadas en gestarse. Está claro que vivimos en una nueva realidad, y que hay que probar con fórmulas nuevas". "Los jóvenes están dispuestos a experimentar con opciones más flexibles de trabajo", apunta el experto del NEF. "En la situación actual, ¿quién no se daría por contento con trabajar tres días a la semana? Pero las leyes no ayudan, siguen penalizando al trabajador a tiempo parcial, que también pierde gran parte de los beneficios. Y las empresas no se abren, ni reciben los suficientes incentivos".


"Los jóvenes son quienes más lo están pagando", reconoce Harris. "Es intolerable que uno de cada dos jóvenes en España no pueda trabajar, y la situación se está agravando cada vez más en el Reino Unido. Lo que los jóvenes necesitan son opciones de trabajo. Necesitamos fórmulas para que se abra la espita del mercado laboral, programas que permitan que los trabajadores de más de 50 años compartan su experiencia y parte de su 'tiempo' laboral con los recién llegados".



"Lo que estamos viendo ahora es la manifestación de una tendencia que lleva más de treinta años gestándose", asegura Harris. "La aspiración a encontrar un empleo estable en una gran compañía pertenece a la era industrial que ya quedó atrás. La revolución tecnológica ha traído un aumento de la productividad que, lamentablemente, no se ha traducido en la reducción de la jornada laboral que predijo Keynes en su día. El resultado es lo que tenemos ahora: una parte de la población trabaja 40, 50 o 60 horas semanales; otra parte no tiene empleo o trabaja en condiciones muy precarias".

Enlace al informe en castellano
Carlos Fresneda (Corresponsal Londres) Publicado en El Mundo.es

El activista incombustible















Bill McKibben tiene la planta espigada de un pívot baloncesto y el espíritu combativo de un llanero solitario. Se le reconoce desde lejos porque aventaja a todos por una cabeza y porque sabe crear en su entorno una especie de frenesí apremiante y contagioso.

El autor de "El fin de la naturaleza", en su faceta de activista incombustible, nos invita tal día como hoy a hacer la conexión definitiva con la iniciativa Climate Dots... "Necesitamos desesperadamente poner una cara humana al cambio climático. Tenemos que hacer ver a la gente que no se trata de una abstracción, ni de una amenaza en el futuro. Se trata de una crisis presente y real, que requiere acciones urgentes".
Hace tres años, con la campaña 350.org, McKibben puso el planeta en danza en vísperas de la frustante cumbre de Compenhague. Ajeno al desaliento, convencido de que aún es posible rebajar las emisiones hasta el límite recomendado por los científicos, el mensajero del clima se propone unir virtualmente miles de puntos "verdes" de norte a sur, de oriente a occidente...
"Queremos hacer visibles las soluciones que ya existen, a pequeña y a gran escala. De paneles solares a granjas eólicas, de jardines comunitarios a huertos en los tejados, de los barrios sin coche a las "ciclovías"... Tenemos que conectar a la gente y hacerles ver la conexión entre nuestras acciones individuales y el problema al que nos enfrentamos".
Con McKibben nos hemos cruzado una y mil veces en sus infatigables "cabalgadas" de la última década, desde su "patria chica" de Vermont hasta las escalinatas del Capitolio en Washington, pasando por la cumbre de los Bioneros en la bahía de San Francisco. Hasta hace poco llevaba sin embargo la vida ajetreada del ecologista teórico, preocupado en todo caso por disminuir su huella y dedicarle más tiempo a su familia, a sus caminatas por el bosque y a sus excursiones en canoa.
 En sus alforjas cabía el orgullo de haber sido el primero en alertar al gran público sobre los efectos del cambio climático (entonces llamado "efecto invernadero") all'a por 1989, cuando publicó "El fin de la naturaleza". Vinieron luego una larga decena de títulos –"La era de la información perdida", "Esperanza, Humanidad y Naturaleza", "Economía Profunda"- ahondando en el estrecho vínculo entre nuestro estilo de vida y el deterioro del planeta. 
Pero algo le faltaba. Cada regreso a casa, cada artículo publicado, cada charla ante una audiencia más o menos multitudinaria, le dejaban en el fondo una sensación de vacío. Algo en lo más íntimo –coincidiendo casi con la inevitable crisis de los cincuenta- le decía que había llegado el momento de pasar a la acción directa.
Empezó por lo que tenía más cerca, movilizando a un grupo de estudiantes universitarios en Vermont, uno de los estados más progresistas de la unión. Allí prendió la chispa de Step It Up, embrión de lo que con tiempo fraguaría en 350.org. McKibben cree sin duda en el poder de los números, y las 350 partículas por millón de CO2 (la cifra considerada por el climatólogo de la NASA James Hansen como el umbral de peligro) han dejado de ser una abstracción y figuran ya en la agenda de la ONU.
 A la depresión post-Copenjague, siguió la "decepción Obama": McKibben fue de los que se encadenó y se dejó detener a las puertas de la Casa Blanca, en protesta contra el oleoducto para transportar hasta Texas el petróleo de las arenas alquitranadas de Alberta.
La batalla ganada le hizo ver que no todo está perdido. "Pero hace falta un movimiento mucho más grande para forzar a los líderes a actuar",  reconoce. "Nuestra próxima meta es precisamente ésa: lograr cosas prácticas. Y podemos conseguirlo país a país, con acciones llamativas para calar en la opinión pública y mantener viva la llama de la acción ante el cambio climático".
"Organizar, organizar, organizar"... Son los tres consejos que Bill McKibben da a cualquier activista incipiente que quiere ir más allá del cambio personal y tener un verdadero impacto en su comunidad. "Pese a todos los obstáculos de este último año, el movimiento se encuentra más vivo que nunca: no hemos hecho más que empezar".
El activista compulsivo no ha podido sin embargo enterrar al escritor nocturno que sigue llevando dentro y que vuelvi'o a la carga recientemente con "Eaarth", algo así como "Tierrra" (con una "a" o una "r" de más, para recalcar que vivimos ya en otro planeta diferente al que conocíamos).
"El cambio se está produciendo de una manera rápida y furiosa, y no nos queda otro remedio que adaptarnos", advierte McKibben. "En nuestras manos está aún evitar que el clima entre en una espiral autodestructiva y deje el planeta irreconocible ante nuestros ojos".
Carlos Fresneda / Londres

Hortelana en las alturas












Fotos: Isaac Hernández
Fotos: Isaac Hernández

Los tallos de las coles y los palos de las tomateras se levantan a los pies de Annie Novak como un sugerente "skyline" vegetal, con el Empire Sate y todos los "totems" de Manhattan rasgando el cielo a lo lejos, recordándonos lo cerca que queda la "civilización"...
Estamos realmente en Brooklyn, sobre el tejado/granja de Eagle Street, recogiendo la cosecha tardía a cinco pisos de altura. El cinc caliente dejó paso hace dos años a la felicidad de la tierra, con el sudor de Annie Novak y su tropel de voluntarios, que cargaron con sacos y más sacos por las escaleras hasta "rellenar" los 2.000 mil metros cuadrados que ocupa la huerta en las alturas.
"Esto era un tejado inhóspito y sellado con alquitrán como cualquier otro", recuerda Annie Novak. "Hizo falta mucho esfuerzo y un poco de imaginación para convertirlo en lo que ahora es. Pero cualquiera puede cultivar en una azotea: basta con un buen aislamiento y un puñado de semillas".
Nacida en Chicago hace 28 años y forjada como agricultura en Ghana, Annie pertenece a esa nueva generación de granjeros urbanos inmortalizada en el documental "The Greenhorns". Las mujeres llevan la voz cantante en este movimiento que está  reverdeciendo desde muy dentro a las ciudades americanas...
"Recogemos el testigo de la generación que clamó por la vuelta a la tierra ("back to the land")", explica Annie. "Pero no queremos aislarnos del mundo en una comuna o en una granja lejana. Somos jóvenes y no sólo nos atrae la cultura urbana, sino que queremos ser parte de ella y trasformarla si es posible".
"A mí me tira particularmente Nueva York por su diversidad, por su bombardeo constante de ideas y estímulos", añade la hortelana en las alturas, rodeada de gallinas, conejos y abejas en su tejado-granja. "Aqu'i llevo una vida sana: como lo que yo misma cultivo, reparto la cosecha en bicicleta, tengo una comunidad de gente con mismas inquietudes... No hace falta renunciar a la ciudad para estar en contacto con la tierra. Hay que traer el campo hasta el asfalto".
La mayor parte de la cosecha de verduras y hierbas comestibles las distribuye Annie en los restaurantes locales de Greenpoint en Brooklyn. El sobrante se vende en la misma huerta o en los mercados locales de granjeros (más de 25 en Nueva York). Durante el invierno se dedica a la cocina natural ("Growingchefs") y a la docencia "verde", con un arte especial para contagiar su amor a la naturaleza a grandes y pequeños.
Aunque el grupo Earth Pledge labró los primeros surcos en las azoteas de Nueva York (con su proyeto Greening Gotham), lo cierto es que Annie fue pionera a gran escala, mano a mano con Ben Flanner, que ahora ha creado a tiro de pieda la mayor granja/tejado del mundo: Brooklyn Grange, más de 10.000 metros cuadrados y 140 hileras de cultivo (lechugas, tomates, guisantes, repollo, berzas, brócoli).
 "Hemos querido dar un salto cualitativo para demostrar que se puede cultivar en las grandes ciudades y a gran escala",explica Gwen Schantz, cofundadora de Brooklyn Grange, que sirve además como centro de compostaje local. "Eso sí, con métodos de cultivo orgánicos, sin usar fertilizantes químicos... Y con una huella ecológica mínima: casi toda nuestra producción se vende y distribuye en cinco kilómetros a la redonda".
La inmensa azotea de Brooklyn Grange, sobre un edificio industrial construido hace un siglo, tuvo que se acondicionada y aislada para recibir una capa de más de 30 centímetros de tierra, con un complejo sistema de irrigación. Al cabo de dos años, los 200.000 dólares de inversión empiezan a dar sus frutos. El uso del tejado como "escuela sin techo" y las visitas "prácticas" en plena temporada (hay que meter las manos en la tierra) han servido para que la granja/tejado eche ra'ices en la jungla de asfalto. Nada como una vista diferente y rabiosamente "verde" desde  las alturas de Nueva York...
Carlos Fresneda / Londres

La 'redentora' de Nueva Orleans






























Jenga Mwendo estaba en Nueva York cuando golpeó el huracán Katrina. Trabajaba como dibujante en un estudio de animación, llevaba una vida ajetreada y vacía, sentía que algo le faltaba aunque se dejara arrastrar. Lo último que pensaba a esas alturas de su vida era "claudicar" y volver como si nada a Nueva Orleans.

Pero Jenga no podía dormir por las noches pensando en su familia y sus amigos en su ciudad natal, ahogada bajo las aguas. Sintió la desesperación de tantos otros ante el desastre, amplificada por ese personalísimo e intenso vínculo emocional que sólo quien haya vivido en Nueva Orleans puede llegar a entender.
En pleno éxodo del Katrina, cuando la ciudad era aún una ciénaga inhabitable, Jenga Mwendo tomó una decisión: regresar. Y allí sigue a sus 33 años y con su hija de siete, mojándose hasta el tuétano en la reconstrucción del Noveno Distrito Bajo, la zona que simbolizó la derrota amarga de una ciudad vapuleada y abandonada injustamente a su suerte.
Jenga (galardonada con el premio Cox Conserves Hero) simboliza ahora algo bien distinto: la esperanza en el futuro, incluso en una ciudad siempre al límite como Nueva Orleans. Al frente de la Backyard Gardeners Network, ha logrado devolver la vida a decenas de solares devastados por el huracán.
La historia cicatera no ha tenido nunca piedad con este lugar único en el mundo, enclavado en un peligroso paraíso (el delta del Misisipí) y sazonado por la vibración del jazz, la fiebre imcombustible del "mardi gras" y lo mejor de cuatro culturas superpuestas ("anglo", española, francesa y creole). Pese al olor a naufragio inminente -tantas veces anunciado y nunca consumado- generaciones sucesivas de "redentores" han acudido siempre al rescate de The Big Easy, y esta vez no podía ser menos.
"La ciudad ha recobrado la esperanza y la energía porque está habitada y forjada por auténticos supervivientes", certifica Jenga Mwendo. "Desde el Katrina, y pese a que nunca ha llegado a recuperar la población, se ha notado mucho la llegada de gente joven con ganas de empezar desde cero y hacer nuevas cosas".
El mérito de Jenga consiste precisamente en haber devuelto a la zona más castigada de la ciudad su pasado verde... "Yo recuerdo cuando paseaba de niña y veía a la gente cultivando en los patios. Ibas caminando y veías las tomateras, las lechugas, las sandías. Nadie pasaba hambre entonces; todo el mundo comía de lo que se cultivaba en los jardines".
"Pero la llegada de la alimentación industrial lo barrió todo", agrega Jenga. "Desaparecieron los huertos y el barrio se convirtió en un "desierto" de frutas y verduras. Los niños se alimentan básicamente de comida "basura", cuando tenemos un clima muy cálido y una tierra increíblemente fértil".
Sin apenas conocimientos agrícolas, aprendiendo sobre la marcha, Jenga rescató un pequeño solar junto a una casa en ruinas y creó uno de los primeros jardines comunitarios del época post-Katrina en el devastado Noveno Distrito Bajo. Echándole ganas e imaginación, el jardín Laurentine Ernst se convirtió con el tiempo en un centro de transformación social y ambiental.
"Hemos creado un espacio para la comunidad, un lugar en el que niños y adultos pueden reunirse, en contacto con la naturaleza", presume Jenga. "Hemos recuperado jardines y parcelas que estaban abandonados, y lo hemos hecho con el orgullo de estar labrando un cambio positivo para el barrio".
Se lamenta Jenga, y con razón, del abandono secular y de la poca ayuda recibida por parte de la ciudad o del Gobierno federal. La Red de Alimentos y Huertas de Nueva Orleans (Food and Farms Network) ha funcionado hasta ahora gracias a las donaciones y a la labor de decenas de voluntarios... "El nuevo alcalde (Mitch Landrieu) ha mostrado su interés, pero la ayuda no se acaba de materializar. Si miras alrededor, vivimos aún entre los escombros del Katrina. Todo está por rehacer en el barrio. Nueva Orleans ha salido a flote gracias a los activistas y a los grupos de base.Ahora le toca a los políticos ponerse a la altura".

La llamada a la acción ecológica del Príncipe Carlos de Inglaterra



El actor Robert Redford (i) y Carlos de Inglaterra en la presentación del filme. | Reuters
El actor Robert Redford (i) y Carlos de Inglaterra en la presentación del filme. | Reuters
  • Reconoce que tiene disputas con Camila por el ahorro energético
  • El Príncipe Carlos solía pensar en las turbinas de viento como una afrenta contra la campiña inglesa o "una mancha horrenda en el paisaje". Una visita a la ciudad alemana de Trendelberg, que se abastece al 100% con energías renovables, le ha hecho cambiar de opinión.
"Debo confesar que no soy un admirador de las granjas eólicas por su intrusión en el paisaje y que las prefiero en los océanos", reconoce en el documental 'Harmony'. "Pero las visitas a la campiña alemana, donde los viejos edificios y los castillos se funden con los paneles solares y las turbinas, me ha hecho reflexionar".
"Apoyo el compromiso de trabajar libremente con la naturaleza y conseguir energía limpia", concluye el heredero de la Corona inglesa. "Con la economía global en crisis, hay una tremenda necesidad y una gran oportunidad de pensar en cómo podemos proteger la naturaleza y crear puestos de empleo al mismo tiempo".

Contra el uso abusivo de pesticidas

El apoyo del Príncipe Carlos -en contraste con el anatema contra la energía eólica de su padre, el duque de Edimburgo- le ha enemistado con el 'Daily Mail', el diario conservador que más ha hecho por alimentar la fobia a las turbinas en Gran Bretaña. El Mail se pregunta si el cambio de opinión del Príncipe se debe a los intereses monárquicos –a través de Crown Estate- en varios proyectos energía eólica 'off shore'.
Pero Carlos es precisamente el único miembro de la familia real que no sacará partido personal del negocio. El Príncipe, eso sí, aspira a dar un nuevo impulso a su granja biológica de Duchy Home en Gloucestershire. En 'Harmony', Carlos arremete contra el uso abusivo de pesticidas en la agricultura intensiva y habla largo y tendido sobre su visión de futuro mientras repasa su cosecha de coles y lechugas...
"No quiero que mis nietos miren hacia atrás y se pregunten: '¿Por qué no hicisteis algo? Sabíais que existía un problema". Eso es lo que en realidad me preocupa y me motiva”.

Apoyo de Robert Redford

'Harmony' ha sido una de las películas estrella en la edición del Festival de Sundance en Londres. Robert Redford ha decidido dar un impulso al documental y ha recordado su pasión compartida con el Príncipe de Gales "por preservar el medio ambiente e identificar maneras innovadoras y realistas para poder llevar a cabo esa misión".
Redford advierte que el filme logra "transmitir la pasión y los logros de los innovadores sociales que están cambiando el mundo". Su director, el cineasta norteamericano Stuart Sender, recalcó cómo el Príncipe no se limitó a poner la voz sino que decidió "volcarse íntimamente en cada escena y poder una enorme dedicación en el proyecto".
En la escena inicial de la película, con el fondo de varias turbinas en un paisaje bucólico, la voz en 'off' del Príncipe Carlos advierte que el tiempo se está acabando y que ha llegado el momento de llamar a la acción: "La armonía ofrece una nueva manera de ver el mundo que puede llevarnos, de una manera práctica a comportamientos más sostenibles en muchas áreas".

Disputas con Camila por el ahorro de energía

En confesiones más íntimas, esta vez a la revista 'Good Housekeeping', el Príncipe Carlos admite que más de una vez ha tenido disputas domésticas con Camilla en su mansión de Highgrove por cuenta del ahorro energético y del termostato...
"Soy de los que prefiere estar un poco más abrigado en casa que poner la calefacción alta. Cuando la mayoría de la gente tiene frío, yo me siento estupendamente. Debe ser una cosa de la circulación de la sangre. Creo que lo heredé de la Reina Victoria, a quien le encantaba sentarse en medio de las corrientes".
El Príncipe Carlos reconoce también con buen humor que su obsesión por reciclar y reusar le lleva a veces a extremos poco usuales: "Por ejemplo, hace poco cambiamos las cortinas del baño, y yo no dejaba de darle vueltas a la posibilidad de hacer unos cojines con ellas. Odio tirar las cosas porque soy consciente de que siempre van a parar a algún sitio".
Carlos Fresneda (Corresponsal) | Londres

Algo se mueve en el barrio



Sarah Nicholl y Alexis Rowell (en bicicleta) cofundadores de Transition Belsize.| C.F.
Sarah Nicholl y Alexis Rowell (en bicicleta) cofundadores de Transition Belsize.| C.F.


Primero llegan las carretillas con tierra abonada. Después aparecen los rastrillos y los azadones. Y finalmente los árboles frutales: manzanos, perales, ciruelos, cerezos, avellanos... La idea es transformar el aséptico aparcamiento de un hospital en un vergel que pueda alimentar generosamente en unos años a los vecinos de Belsize Park.
Sarah, Alexis, Helen, Anna y Pandora se van relevando en la dura tarea. A lo largo del fin de semana se dejarán caer decenas de sudorosos voluntarios. Los niños pondrán finalmente la pequeña gran semilla del cambio que acabará fraguando calle a calle, manzana a manzana, barrio a barrio...
Así trabajan los grupos de Transición como éste en Belsize Park, al noroeste de Londres, uno de los más dinámicos de los más de treinta que funcionan ya en la ciudad. Más de 1.600 vecinos se han embarcado en los últimos cuatro años en la ardua misión de transformar el barrio desde dentro.
La Feria Verde de Belsize.| C.F.
La Feria Verde de Belsize.| C.F.
Los tres acicates de Tansition Towns son el cambio climático, el pico del petróleo y la regeneración económica. Pero lo que une sobre todo a la gente son las ganas deconectar con su entorno, de sentirse parte de algo en movimiento, de contribuir al cambio visible y palpable...
"Hacen falta también grandes dosis de tiempo y de energía", apunta Sarah Nicholl, cofundadora de Transition Belsize. "No es fácil funcionar con grupos, cualquiera que lo haya intentado puede atestiguarlo. Al final, el éxito depende del impulso de unas pocas personas que han decidido salirse de los cauces convencionales y volcarse por completo en los proyectos para intentar cambiar las cosas".
Cada grupo de Transición tiene su propia receta, pero hay dos ingredientes que nunca deben faltar, y eso lo tiene muy claro Sarah Nicholl: "Organización y celebración. Las cosas no ocurren por sí solas, alguien las tiene que planificar. Y hay que procurar ante todo que sean atractivas para el común de la gente... Nosotros proyectamos películas y organizamos debates sobre problemas ambientales, pero no podemos quedarnos ahí. Tenemos que ofrecer un abanico de respuestas desde lo local y celebrar todo lo bueno que tenemos a mano".
La Feria Verde que desde hace tres años ocupa las aceras de Haverstock Hill ha sido uno de los grandes reclamos del grupo. Las gallinas, las ovejas y las cabras se convierten ese día en la gran atracción de las aceras, donde también hay sitio para los apicultores urbanos, los jardineros "verticales", los constructores de balas de paja, los mecánicos de bicicletas, los instaladores de placas solares o los "cazadores de corrientes" (en el nombre de la eficiencia energética).
La Feria Verde de Belsize.| C.F.
La Feria Verde de Belsize.| C.F.
Lo más "revolucionario" del barrio salta ese día a la vista, incluido el ManCan, el robot de productos reciclados construido por los niños de Transition Kids. Aunque lo más importante es la labor invisible de las decenas de voluntarios que durante todo el año se reúnen en Olviver's, donde semana tras semana se reinventa el "arte" de socializar.
Lo que ha puesto definitivamente a Transition Belsize en el mapa de Londres es el grupo de "Draught Busting", que ha contagiado a todo el barrio su obsesión por la eficiencia energética. "Nuestras facturas eléctricas podrían reducirse del 15% al 25% con una simple mejora del aislamiento", recalca Sarah, "y ese es un mensaje que ha calado en los responsables políticos de nuestro distrito y sobre todo en las escuelas".

Convertir ideas en proyectos

"Draught Busting" se ha convertido también en el germen de una empresa social que en el último año ha reforzado el aislamiento de 700 ventanas en seis escuelas del barrio, y las que aún quedan... "Otro de los retos de los grupos de Transición es la capacidad de convertir ideas en proyectos que sean rentables y contribuyan a la economía del barrio", asegura que Sarah, que cede la palabra al cofundador Alexis Rowell.
Por su experiencia como concejal y su infatigable militancia ambiental, Alexis es algo así como el motor (sin emisiones) del barrio. Sin bajarse de la bici, nos invita a que le sigamos desde la "frutería" recién plantada junto al hospital Royal Free hasta el aparcamiento de un hotel cercano donde crece uno de los dos mini-huertos urbanos del grupo.
Entre coles, hierbas y tomateras, Alexis nos habla de la "proposición radical" que a su entender une a los grupos de Transición: "A simple vista, podemos parecer un movimiento amigable y positivo de agricultores urbanos y productores caseros de mermelada. Pero en el fondo nuestro mensaje es muy subversivo, yo diría que revolucionario".
Alexis Rowell, en su huerta.| C.F.
Alexis Rowell, en su huerta.| C.F.
"La pregunta de fondo es:¿Podemos salirnos total o parcialmente del sistema económico?", reflexiona Alexis. "¿Pueden los grupos de Transición ayudar realmente a la gente a hacer ese salto revolucionario? ¿Estamos creciendo suficientemente rápido y a un nivel profundo? ¿Qué nivel de interacción deberíamos tener con la política convencional?".
"La proposición es buena, pero aún no tenemos un veredicto", admite Alexis, que ha llegado a dedicar más de 20 horas semanales a Transition Belsize, como complemento inseparable de su personalísima cruzada contra las emisiones, Cutting the Carbon. Hace unos años le nombraron "Eco Campeón" del distrito de Camden, y ahí sigue, a golpe de pedal, involucrado ahora hasta el tuétano en las elecciones municipales de Londres que están al caer...
"Aún somos pocos los "transicionistas", pero me pregunto si con el tiempo podremos incluso convertir nuestra pasión personal en un modo de vida. Nuestro Gobierno está yendo exactamente en la dirección equivocada: austeridad, privatización, crecimiento, globalización... Honestamente, creo que no los necesitamos. Lo que sí necesitamos es llegar a los gobiernos locales, o hacerles entender todo lo que podemos hacer en momentos críticos como éste. Necesitamos que las comunidades locales den un paso adelante y tomen el futuro en sus manos".
Carlos Fresneda (corresponsal) | Londres