5 de junio de 2010

ULTIMA TARDE EN EL DELTA

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Tarde de tormenta en el delta del Misisipí. La lluvia nos sorprende llegando a Venice, el pueblo mundialmente famoso por su proximidad al vertido. Habíamos quedado con unos pescadores para volver a rastrear el petróleo. Pero la tromba nos obliga a parar el coche... a la altura de la carretera Halliburton.

El crudo lo impregna todo en el delta, ya se sabe. En el horizonte atisbamos aún el replandor de la última refinería, antes de llegar a las marismas. Aunque esta vez no hace falta ir mucho más allá: la lluvia convierte la carretera en un pantano improvisado, al que irán llegando decenas y decenas de garzas blancas cuando amaine el temporal.

El primer impulso es arrancar el coche y salir de allí cuanto antes, no vaya a ser que siga subiendo el nivel del agua. Pero de pronto abre el cielo y el sol tamizado cubre la tarde con un manto inexplicable de paz. Ya no huele a petróleo sino a tierra empapada. El aleteo incesante de las aves es una invitación a echar el freno y observar pacientemente.

Tan obsesionados estamos con encontrar la “prueba del delito” que apenas hemos tenido tiempo de destilar la magia del mayor ecosistema marino de Estados Unidos. El delta de Misisipí es una especie de Doñana gigante, moteado inevitablemente por las refinerías, los oleductos y las plataformas, pero de una belleza asombrosa si uno es capaz de borrar la huella del hombre.

No muy lejos de aquí, en la isla Grand Terre Este, los pelícanos pardos sucumben bajo la marea viscosa. El símbolo de Luisiana –reintroducido hace apenas ocho años después de estar al borde la extinción- nos ha acompañado durante días y días, cuando el daño no era aún visible. El año pasado, precisamente, salió de la lista de especies en peligro por su asombrosa capacidad de recuperación. El desastre ha sorpendido a cientos de ejemplares incubando sus huevos en las “islas barrera” del delta, golpeadas de lleno por del crudo.

Tampoco vemos esta vez a las garzas rojas, que salieron a nuestro encuentro en otra reciente incursión. Pero a cambio no dejan de llegar garcetas grandes, y patos moteados, y gorriones costeros. Estamos en plena temporada de cría y de migración, y el movimiento es incesante. Se calcula que por el mosaico inabarcable de tierra y agua en sur de Luisiana pasan cada primavera hasta 500 millones de aves de 400 especies diferentes, todas ellas amenazadas por el vertido.

Como si no intuyeran el peligro, los pájaros comparten con nosotros esta tarde, que bien pudiera ser la última. El sol se esconde: respiramos hondo. En la retina quedan fijadas algunas de las imágenes que aquí dejamos. Nos tememos que todo será muy distinto cuando regresemos en unas semanas o unos días.

Carlos Fresneda
Publicado en el blog En La Ruta Verde, de El Mundo
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