12 de febrero de 2013

La verdad 'incómoda' de la economía


Captura de vídeo de la página de 'Desigualdad para todos'. Captura de vídeo de la página de 'Desigualdad para todos'.
Robert Reich siempre fue el más bajito de la clase. Por eso tiende a levantar la voz y a crecerse en público con su sentido del humor. En tiempos de crisis, sus delirantes clases sobre la riqueza y la pobreza en Berkeley rompieron los confines universitarios. Cientos de jóvenes hacían cola todas las semanas para escucharlo. Le invitaron a trasladar el aula al foro del movimiento Occupy, que hizo suyos algunos de sus originalísimos e ilustrativos dibujos…

Pero Robert Reich no es un economista anti-sistema, no nos confundamos. Fue secretario de Trabajo con Bill Clinton, auspiciado precisamente por Larry Summers. Estuvo vinculado al poder, aunque lleva más de 15 años por libre. Fustigó por igual a republicanos y demócratas y se desmarcó con un libro, 'Aftershock', que intentó explicar al gran público el antes y después de la debacle financiera.

'Aftershock' llegó a manos del director de cine Jacob Kornbluth ('El mejor ladrón del mundo') y de ahí surgió la «terrible idea" de hacer un documental sobre un tema tan palpitante como poco "sexy": la desigualdad económica.
"Dicho así suena como algo muy seco y aburrido", reconoce Kornbluth. "Pero si a la gente le decimos que es como 'Una verdad incómoda' sobre la economía, entonces se despierta el interés".

¿Comunista?

El interés se ha disparado tras el paso fulminante de 'Inequality for All' ('Desigualdad para todos') por el Festival de Sundance. El peso pesado Harvey Weinstein ha decidido poner toda la carne en el asador y convertirlo en "el documental del año". Y Robert Reich, mucho más punzante y divertido que Al Gore, se dispone a convertirse a los 66 años en lo que nunca fue: el gran "comunicador" de la economía.

A Reich empiezan a lloverle ya los improperios, de "manipulador" a "comunista". Los escépticos de la desigualdad (también los hay) no dudarán en usar todas las armas a su alcance para fustigar al profesor de la incorregible Berkeley y desacreditar el mensaje.
Esta vez, sin embargo, será difícil acusarle de afán de lucro por el "cuento de la desigualdad". La película ha sido posible gracias a una campaña de 'crowdfunding'»en Kickstarter hasta llegar a los 83.391 dólares. Pese al acuerdo para la gran distribución comercial, director y economista han prometido ser fieles al espíritu y entrar en el cuerpo a cuerpo con la audiencia en proyecciones populares.

El mensaje de Reich es así de simple: "La desigualdad nos ha llevado a un callejón sin salida. El 70% de la economía depende del gasto de los consumidores. Pero la clase media no gasta por la pérdida de empleo y de poder adquisitivo. Y las empresas no contratan porque no tiene clientes. Entre tanto, los Gobiernos han caído en la trampa de la austeridad y hacen que se contraiga aún más de la demanda. Simultáneamente, permiten que el 1% de los más ricos se hagan con más y más riqueza".
En apenas dos minutos y medio, ayudado por su rotulador negro, Robert Reich es capaz de explicar la "verdad" sobre los impuestos, y cómo es posible que multimillonarios como Mitt Romney acaben pagando sólo el 14% de sus ingresos. En 'Desigualdad para todos', orquestada en torno a las conferencias de Reich en Berkeley, los ricos como Nick Hanauer (inversor de capital riesgo) toman ocasionalmente la palabra y admiten que deberían pagar más impuestos. El propio Hanauer rompe ante las cámaras el mito: "No crean eso de que los millonarios crean empleo; quienes crean de verdad empleo son las clases medias".

R. ReichR. Reich
Entre tanto, y a bordo de su Mini Cooper, Reich sale al encuentro de los americanos de clase media venidos a menos. Gente como Robert y Erika Vaclav, que hace horas extras como cajera en un supermercado para poder pagar las actividades extraescolares de su hija. Al marido le despidieron como gerente de Circuit City, una cadena de venta de ordenadores que cerró, y desde entonces no encuentra un trabajo estable….

"Esta es la dinámica en la que estamos metidos", explica Reich. "La clase media, que era el motor de la economía, vive al límite y está totalmente exprimida. El poder adquisitivo ha caído en picado desde finales de los años setenta, mientras que los ricos han ido aumentando las diferencias. Los cien americanos más ricos ganan más que los 150 millones de americanos en el fondo de la pirámide. La mitad de los activos en Estados Unidos están en manos de 400 millonarios… Eso no es sólo malo para la economía, es malo para la democracia".

Sostiene Reich que la debacle financiera es precisamente un subproducto de la desigualdad, y recuerda como en el 2007 se alcanzó el mayor "pico" en la diferencia entre ricos y pobres desde 1928, un año antes del famoso "crack". Nos previene el profesor de Berkeley contra la polarización extrema, la política del miedo y los falsos profetas que suelen medrar en épocas de incertidumbre económica.
"Pero nuestro principal enemigo es el cinismo", insiste. "La falta de confianza en los políticos y en las instituciones no nos puede llevar al conformismo. El cambio es posible, pero no basta con votar cada cuatro años. Tenemos que ser ciudadanos activos e intentar cambiar el sistema desde dentro".

Reich reclama en el fondo "una economía que funcione para la gente". Y sus recetas pasan necesariamente por una mayor intervención del Gobierno, empezando por una subida de impuestos a las rentas más altas y con medidas de alivio y estímulo para las clases media. En pocas palabras, una "redistribución de la riqueza" (con perdón) como la que existía hasta primeros de los setenta, antes de la revancha del neoliberalismo.

"Una cierta desigualdad es inevitable e incluso deseable", admitía recientemente Reich, en declaraciones al 'Observer'. "Al fin y al cabo, es lo que ha hecho funcionar el capitalismo. Ahora bien, nunca hasta el punto al que hemos llegado ahora, en que el 70% de la gente tiene un pedazo tan pequeño de la tarta que no sólo afecta a sus vidas, sino a toda la economía".

Carlos Fresneda (Corresponsal) | Londres

8 de febrero de 2013

La voz del Ártico

Foto: Isaac Hernández

La suya es la "nación del caribú". Pertenece a los Gwich'in, la tribu india más septentrional del continente americano, y desde hace más de 20 años recorre el mundo para alertar contra los peligros que acechan su hábitat, el Refugio de Vida Silvestre del Artico, cercado por una doble amenaza: las prospecciones de petróleo y el cambio climático.

"La población del caribú se ha reducido casi a la mitad, de 189.000 a 100.000 cabezas en apenas dos décadas, y ésa es para nosotros una cruel advertencia", asegura Sarah James, 67 años, que suele presentarse con ironía como "la auténtica Sarah de Alaska" (en referencia a la ex gobernadora Sarah Palin).
     
"La pérdida caribú sería como la pérdida del búfalo que acabó con muchas culturas indígenas en el Oeste americano", advierte Sarah James. "Si desaparecen ellos, desaparecemos nosotros".
La nación de los Gwich'in se extiende en un espacio indómito de 78.000 metros cuadrados en el norte de Alaska. Viven repartidos en 15 aldeas, apenas perceptibles a vista de pájaro, en una zona protegida en su día por Eishenhower y acechada desde la era de George W. Bush. Por encima de ellos solo quedan los "inuit" (esquimales) y una vasta extensión cada vez más irreconocible...
       
Sarah James invita a todos los escépticos a que suban hasta Alaska, a comprobar de primera mano los efectos del cambio climático: "Los animales están hambrientos, confusos y desorientados. Los caribús no encuentran el forraje con que alimentarse. La taiga se está secando y los incendios duran todo el verano. El "permafrost" (la capa permanentemente helada) se está derritiendo y emitiendo grandes cantidades de metano. El sur est'a subiendo hacia el norte".
     
Fue en Alaska, precisamente, donde los pueblos indígenas se adelantaron a los países industrializados y reclamaron una acción directa y urgente para disminuir las emisiones y paliar los efectos cada vez más palpables del calentamiento global. Sarah James, galarodonada en el 2002 el Goldman Prize (el "nobel" del medio ambiente), se ha erigido desde entonces en algo así como "la voz ancestral del Ártico".
      
En los últimos dos años, se ha sumado activamente a la iniciativa "Conversaciones con la Tierra", que recoge las experiencias y los testimonios de los pueblos indígenas ante el cambio climático: de Alaska a Guinea Nueva Papúa, pasando por Perú, Camerún o Filipinas...
      
"Reducir, reusar y reciclar están muy bien para las sociedades industriales", advierte. "Pero a nosotros, lamentablemente, no nos vale con las tres "erres". Los pueblos indígenas reclamamos una cuarta "erre", el derecho a "rechazar" (refuse) y elegir nuestro propio destino".
"La Nación del Caribú celebró un cónclave en 1988, y ya entonces decidimos oponernos a cualquier intento de explotar el Refugio de Vida Silvestre del Artico para la búsqueda de petróleo. Perforar nuestra tierra sería como perforar el corazón de nuestra existencia (...) Hemos estado casi una década resistiendo a las presiones. El presidente Obama es ahora nuestra mayor esperanza: queremos protección permanente para nuestras tierras".
    
Más de dos décadas lleva Sarah James ejerciendo de embajadora permanente de la Nación del Caribú, viajando de la Cumbre de Río hasta el Capitolio, desde la Villa del Artico hasta el Canal de Panamá, en esa Marcha por la Paz y la Dignidad donde confluyen cada cuatro años los indígenas del hielo con los indígenas del sol...
      
"Los pueblos de Alaska y del Amazonas venimos del mismo tronco. Mi madre me hablaba de la gente del sol, y he tenido ocasión de estrechar los lazos con ellos. Nuestro lenguaje por signos es muy parecido. Podemos entendernos sin abrir la boca... Y nuestra lucha contra la explotación indiscrimada de los recursos naturales y la preservación de nuestros habitas es básicamente la misma. Por eso nos unimos en el Canal de Panamá, que es donde partieron físicamente nuestro continente. Volvemos a tender simbólicamente nuestros lazos en una tierra herida".
     
"Vivimos en las zonas más vulnerables del planeta, y reclamamos la conexión sagrada entre la tierra, el aire, el agua, los bosques, los animales y las comunidades humanas que ven peligrar su propia supervivencia... Todo en nuestra cultura -las danzas, las canciones, la ropa, la dieta- gira alrededor del caribú. A ellos les debemos nuestra propia subsistencia".
      
Sarah James mira con inquietud hacia el futuro. Le preocupan los conflictos y las guerras por el control de los recursos, mientras los hábitats desaparecen ante nuestros ojos. La única salida, advierte, es el esfuerzo global de la tribu humana por encontrar una senda común...
"Los pueblos indígenas no somos perfectos, ni ustedes los occidentales lo son. Nuestras dos culturas tienen cosas buenas y cosas malas, y podemos aprender los unos de los otros. Necesitamos encontrar un camino por el que podamos avanzar juntos hacia un mundo mejor. No podemos tener la paz sin un aire limpio, sin un agua limpia... Dios nos dejó unas instrucciones muy claras sobre el "uso" del planeta: están escritas en la naturaleza".

Carlos Fresneda

De la queja a la acción

  [foto de la noticia]
   Julian Baggini | C.F.
  • Llevamos cincuenta años quejándonos más o menos de lo mismo
  • Las 'buenas' quejas tienen que ser específicas y proporcionadas

Y al principio fue la queja... "No podemos tener un cambio positivo si alguien no se levanta y dice: '¡Esto no funciona!'. Al fin y al cabo, eso es lo que hicieron Martin Luther King o Nelson Mandela".
Hablamos con Julian Baggini, autor de 'La Queja', '¿Se creen que somos tontos?' y otros manuales impagables de filosofía para los tiempos modernos (nuestro favorito sigue siendo 'El cerdo que quería ser jamón', todos ellos en la editorial Paidós). El pensador británico le hinca esta vez el diente no sólo a lo que hay detrás de las protestas reivindicativas, también a los "pequeños lamentos" cotidianos.
Pues resulta que de lo que más se queja la gente en general es de "la mala suerte o el destino", seguido de los "achaques" y de "lo que ha empeorado el mundo". Después vienen los esposos y los compañeros, y a continuación el mal tiempo, los líderes, el coste de la vida, la corrupción y la televisión.

Llevamos cincuenta años quejándonos más o menos de lo mismo, aunque en su reciente visita a España (donde llegó a vivir un par de años) pudo comprobar Baggini el cariz que están tomando las cosas por nuestras tierras, con el paro superando el 25% y la cesta de la compra cada vez más parca.
De lo que más se queja la gente en general es de "la mala suerte o el destino", seguido de los "achaques" y de "lo que ha empeorado el mundo", y después de los esposos y los compañeros.
"Estuve recientemente en Castell de Ferro, un pueblecito en la costa granadina, investigando para mi próximo libro sobre la comida", confiesa el filósofo. "Y pude percibir la preocupación que existe por la marcha de la economía. He seguido las protestas de los 'indignados', y me ha traído el recuerdo de cuando la gente se manifestaba en el País Vasco cuando viví allí. Las protestas reivindicativas son al fin y al cabo quejas organizadas y colectivas".
"En el origen de toda queja late la sensación de que las cosas no son como deberían ser", escribe Baggini en su último libro. "Quejarse es denunciarlo, y podemos hacerlo con irritación, agresivamente, con calma, sin motivo o de una forma constructiva".

"Lo más fácil es expresar la frustración: no estás contento, te indignas... El propio Martin Luther King dijo aquello de "Liberaos de vuestro descontento". Pero con eso no basta, está claro. Hay que canalizar el descontento o todo seguirá igual. Quejarse es bueno... siempre y cuando venga acompañado de una acción positiva". Baggini distingue precisamente las "buenas quejas" de las "quejas erróneas", que suelen ser las que se pierden en generalidades y no van al grano. O las que están "mal canalizadas" y no alcanzan su objetivo. O las que se estrellan contra el muro implacable de la realidad (luego hablaremos de la "queja imposible").

 

La cultura de la queja

"Hay que canalizar el descontento o todo seguirá igual. Quejarse es bueno... siempre y cuando venga acompañado de una acción positiva".
El filósofo británico se lamenta también de la "cultura de la queja" implantada por influencia del "comportamiento legalista" de lo norteamericanos. "Nos quejamos por las cosas más nimias y recurrimos al pleito legal por sistema. Si no culpamos al otro, tal vez nos culpen a nosotros. Así es como funciona mucha gente, y todo esto acaba socavando las relaciones humanas y provocando una desconfianza mutua".

Volvemos sin embargo al terreno de la protesta reivindicativa, y le preguntamos a Baggini por la "queja" de los 'indignados' y del movimiento 'Occupy'. Su valoración es ambivalente: "El mensaje ha llegado sin duda a la sociedad y a los políticos. Pero creo que ha faltado un plan de acción. Está muy bien fijarse como meta que "la pobreza pase a la historia" o que haya menos desigualdad económica. ¿Pero cómo llegamos hasta allí? No se puede ignorar la complejidad de los problemas, ni dejarnos las energías en quejas genéricas".

¿Cómo hacer pues que una queja funcione? "Las 'buenas' quejas tienen que ser específicas y proporcionadas. Si no, pueden quedarse en lamentos generalizados e inútiles, dirigidos no se sabe muy bien contra quién. Otras veces, el problema es su envergadura: son totalmente desproporcionadas y no están a nuestro alcance. Por ejemplo, en vez que quejarse contra el capitalismo o contra el comercio sin más, tiene más sentido reclamar cambios para que los ricos y las multinacionales no puedan eludir impuestos. O se pueden pedir más ventajas fiscales y comerciales para las cooperativas, para impulsar otro tipo de economía más colaborativa y menos hipercompetitiva".

 

'Todas las luchas comienzan por una queja'

Entramos ya en el terreno de la "queja imposible", y Baggini se remite a la oración para la serenidad del teólogo norteamericano Reinhold Niebuhr: "Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para distinguir entre ambas".
"Nos quejamos por las cosas más nimias y recurrimos al pleito legal por sistema. Si no culpamos al otro, tal vez nos culpen a nosotros. Así es como funciona mucha gente, y todo esto acaba socavando las relaciones humanas y provocando una desconfianza mutua".
Como contrapunto, Baggini nos recuerda los lemas al estilo de "Lo imposible nos llevará un poco más de tiempo", de George Santayana. "Todo eso está bien como inspiración y pensamiento positivo, pero no nos llevan a ningún resultado concreto. En un mundo imperfecto como el que vivimos, el mensaje debería ser: "Quéjate de aquello que realmente pueda cambiar".
Ahora bien, entre el idealismo utópico y la resignación religiosa, Baggini se queda casi con el primero: 

"Yo me considero como un ateo no dogmático y he criticado muchas veces el papel de las religiones ante cuestiones sociales. El cristianismo ha ensalzado la resignación, de la misma manera que el budismo inculca la aceptación. La idea que tienen en común las religiones es que el sufrimiento es nuestro destino por orden divina, que tenemos que aceptar las cosas como son y que podemos esperar a la otra vida o la rencarnación para tener justicia".
"La queja, en todo caso, es un acto secular, universal y humanista", concluye Baggini. "Así es como se ha forjado muchas veces el progreso social: todas las luchas comienzan por una queja".

Carlos Fresneda (Corresponsal) | Londres