28 de mayo de 2012

El poder de los alimentos















Foto: C.F.
Las manos enormes  de Will Allen están surcadas por infinitos surcos de tierra. El "oficio" le viene de familia, aunque su imponente altura -por encima de los dos metros- le llevó a triunfar antes como jugador de baloncesto y a descubrir la importancia de la autosuperación personal y del trabajo en equipo.
Cuando dejó los aros se pasó, todo hay que decirlo, a la cancha del "enemigo": Kentucky Fried Chicken. Después fue jefe de ventas de la multinacional Proctor and Gamble, y pudo muy bien haber ascendido en el escalafón corporativo, con su impactante presencia y sus dotes de comunicador.
Pero algo le dijo que tenía que volver a sus raíces y redescubrir el poder transformador de los buenos alimentos. Llevar la agricultura a los barrios más desfavorecidos de las grandes ciudades y embarcar en la faena a cientos de adolescentes. "Porque ellos son la auténtica semilla del cambio"...
Cierto que en su infancia el campo, allá en Maryland, le parecía "una labor demasiado fatigosa". Acabó no sólo alejándose de ella, sino renegando y prometiendo que nunca más metería las manos en la tierra. Hasta que tiempo después, de gira con su equipo de baloncesto, conoció en Bélgica a un grupo de agricultores ecológicos que le hicieron cambiar radicalmente su visión y su propósito.
"Mi misión ahora es que todo el mundo en la Tierra tenga acceso a buenos alimentos", asegura Will Allen a sus 64 años, al frente del equipo de más de 30 personas que trabajan en "Growing Power", la granja urbana en Milwaukee (Wisconsin) que rescató del abandono y el olvido hasta convertirla en modelo internacional del emergente movimiento de agricultura en los barrios, bajo el lema "Cultivar alimentos, cultivar mentes, cultivar comunidades"...
"La comida es lo que más une a la gente", asevera Allen con su poderosa voz. "Y sin embargo en barrios marginales como el que estamos, Park Lawn, la gente no tenía la posibilidad de comprar verdura o fruta fresca en un radio de siete kilómetros a la redonda. Todo lo que había eran McDonald's y establecimientos de "fast food", o tiendas con comida ultraprocesada y llena aditivos. Y luego se preguntan por qué la obesidad se ceba de esa manera con los chavales negros e hispanos".
"Growing Power" tiene una traducción de doble filo: el "poder" de cultivar o el poder "creciente". Instalado desde 1993 en la que llegó a ser la última granja en suelo urbano de Milwaukee, Allen ha convertido la hectárea larga de terreno en un impesionante centro experimental para cultivar en zonas frías. Los 15 invernaderos funcionan prácticamente durante todo el añoy, en combinación con otra granja rural quince veces mayor al norte de la ciudad, producen el equivalente a 250.000 dólares al año.
Por el centro de vermicompostaje de "Growing Power" pasan todos los años hasta seis millones de toneladas de basura orgánica. Cada cuatro meses, se producen 50.000 kilos de compost... "La tierra es la base de todo", precisa Allen. "En las ciudades, los suelos son muy pobres y están contaminados. Por eso es muy útil cultivar en lotes o en camas de cultivo. Y tener bien cerca a las lombrices trabajando para cerrar el ciclo: lo que creció en la tierra, vuelve a la tierra".
Veinte cabras, cincuenta patos, seis pavos y 250 gallinas contribuyen también a  fertilizar la granja y a enriquecer su oferta con leche y huevos. Y por último están las percas y las tilapias, criadas en tanques de agua dulce en varios invernaderos donde se cultiva por hidroponía...
"La idea es reproducir la circulación del agua en un río... Abajo tenemos a los peces, el agua pasa luego por sistema de filtros naturales que rompen los componentes tóxicos de los excrementos y los transforman en nitrógeno que será usado como nutriente para las plantas. A este nivel usamos también nuestros populares berros como segundo sistema filtración. El agua es finalmente bombeada a las camas elevadas de cultivo, donde tenemos sobre todo tomateras, lechugas, espinacas y otras verduras".
Allen mete la red en el agua y captura un hermoso ejemplar de tilapia, cotizadísima por la decena larga de restaurantes a los que abastece en Milwaukee y Madison... "No sólo hemos creado cultura de comida local, sino que hemos enriquecido los horizontes y queremos seguir experimentando".
La cosecha de Growing Power se vende en la propia tienda y llega a los mercados locales de granjeros, aunque el modo más popular y económico de distribución es sin duda la Cesta del Mercado, que por 16 dólares garantiza verdura y fruta durante toda una semana para dos o cuatro personas.
Pero tanto como alimentar a 10.000 bocas urbanas, a Will Allen le interesan esos 3.000 agricultores en potencia que pasan por aquí todos los años, para aprender las reglas básicas para cultivar en la ciudad, o especializarse en cultivos hipodropónicos, o sacar un "master" en vermicompostaje.
"Digamos que Growing Power es el germen de muchas otras historias", palabra de Will. "Estamos asistiendo a un momento de cambio profundo y desde dentro en las ciudades. Al "boom" de movimientos como "slow food" o la comida local se une ahora la lucha contra el "racismo ambiental", que ha hecho que muchos jóvenes en nuestras comunidades se interesen por primera vez en cultivar la tierra como una herramienta de cambio social".
Will ha "pescado" para la faena a su propia hija, Erika Allen, que asus 44 años está al frente de la granja que Growing Power ha abierto en la periferia obrera de Chicago. "Me siento muy orgullosa de recoger la antorcha de mi padre y de toda mi familia, que lleva 400 años dedicada a la agricultura", asegura Erika. "Y siento también que nuestro trabajo es una gran contribución a la justicia social, para paliar las tremendas carencias que existen en nuestros barrios".
"Food From the Hood" en Los Angeles, "People's Grocery" en Oakland o "Just Food" en Nueva York son otros ejemplos de iniacitivas abanderan el movimiento de la "justicia alimentaria", que también ha echado raíces en la ciudad industrial y decadente por excelencia: Detroit. El renacer de la agricultura urbana en los solares vacíos de Detroit ha dado pie a un documental, "Urban Roots", que simboliza como ningún otro la nueva era de la autosuficiencia urbana.
En Milwaukee, entre tanto, Will Allen acaricia el sueño de hermanar agricultura, tecnología y justicia social con un proyecto que pondrá definitivamente a "Growing Power" en el mapa mundial: "Queremos construir un centro que sea una auténtica revolución en agricultura urbana, con granjas verticales de cinco pisos. Seríamos el primer centro en la nación, aunque no tardarían en imitarnos"...
Carlos Fresneda

27 de mayo de 2012

Rebelión en el jardín















Fotos: C.F.
En rigurosa competencia con el té y el cricket, pocas cosas hay tan esencialmente británicas como el "gardening". Por eso no es de extrañar que las entradas al celebérrimo Chelsea Flower Show se agotaran hace meses, o que en la reventa te pidan 300 euros para ver y tocar la pirámide verde de Diarmuid Gavin, el jardín japonés de Kazuyuki Ishihara, las esculturas vegetales de Cleve West o el festival de orquídeas y verbasco de Joe Swift...
Hay mucha pasión, es cierto, pero también mucho pijerío y mucho elitismo en estos jardines anti-alergias que parecen diseñados con escalpelo, para que todo esté en su prefecto sitio, incluidas las abejas y las mariquitas.
Contra esta versión pulcra y milimetrada del "gardening" se rebela últimamente una nueva escuela de arquitectos del paisaje, jardineros varios y guerrilleros verdes. El festival Chelsea Fringe pone la ciudad a sus pies, y es apasionante recorrer el laberinto de Londres buscando los brotes que surgen por doquier...













En la City, junto al impresionante mercado de Smithfield, aparece estos días el Jardín de la Desorientación. Deborah Nagan, con su estudio Uncommon, ha diseñado un jardín vertical de menta colgante, entre cajones donados por los carniceros y en un espacio por donde corría la sangre y ahora fluye libremente el ron...
"Lo he llamado así porque la gente se siente un poco perdida, y eso es bueno", confiesa Deborah. "Aquí, cuando mencionas la palabra jardín, la gente piensa en el típica y pulcra versión inglesa, con ese sabor a viejo que todos conocemos... Creo que va siendo hora de "modernizar" lo que entendemos por jardín".
En su Jardín de las Desorientación, entre mojito y mojito, Deborah nos invita a dejar volar nuestra imaginación, o a permitir que se impregnen todos nuestros sentidos... "Me gusta la menta en todas sus variedades porque es una planta fuerte y resistente, que parece que nos esté pidiendo a gritos: huéleme, tócame, mast'icame...".
En este patio amentolado que tiene algo de cubano y andaluz, Jyll Braley exhibe sus retratos de gente con flores, Little Sparta deja sonar su música y la Modern Garden Company pone los asientos rabiosamente modernos. Salimos de allí con la sensación de que a Londres le falta un punto cardinal, algo posiblemente cierto...
Menos mal que el sur existe, y que por allí anda haciendo de las suyas Richard Reynolds, al frente del movimiento Pimp Your Pavement, que está llenando de girasoles hasta la última grieta en el asfalto de Londres. Lo que empezó hace cuatro años en Perronet House, como uno tantos de jardines de guerrilla, se ido extendiendo por toda la geografía urbana por simple polinizaci'on.
Siguiendo el rastro del The Biycicle Beer Garden, un vergel ambulante a pedales y sobre latas de cervezas, hacemos una parada obligada en el Garden Museum. Y alli nos vamos finalmente al barrio de Lambeth, donde ha echado raíces lo último en jardinería comestible, el movimiento Incredible Edible,fundado por un puñado de mujeres iconoclastas en el pueblo de Todmorden y con el lema más inclusivo que imaginarse pueda: "Si comes, estás dentro"
Seguiremos explorando...
Carlos Fresneda / Londres

20 de mayo de 2012

Trabajar menos, trabajar todos



  • Michael Harris, del NEF, abandera el movimiento por la reducción de jornada
  • 'Vivimos una nueva realidad y hay que probar con fórmulas nuevas'
  • El paro se está convirtiendo en un problema crónico, afirma
  • 'Ahora se manifiesta una tendencia que lleva gestándose más de 30 años'
A sus 40 años, Michael Harris está a punto de experimentar en su piel todo lo que lleva predicando durante los últimos meses: la jornada laboral de 21 horas semanales.
"Voy a ganar menos y tendré que hacer pequeños ajustes, pero no tengo una familia que dependa de mí y puedo permitírmelo. Trabajaré tres días a la semana, posiblemente seré más productivo y creativo. Y tendré por fin tiempo para cultivar las relaciones, conocer nuevos sitios, vivir con menos estrés".
Michael Harris, del NEF. | Foto: C.F.
Michael Harris, del NEF. | Foto: C.F.

Pero la reducción voluntaria de su jornada es algo más que una decisión "personal". Después de estudiar a fondo el asunto para la New Economics Foundation (NEF), Michael está convencido de que la solución contra el desempleo pasa necesariamente por quienes aún tenemos trabajo y podemos "compatirlo". 'Trabajar menos, trabajar todos'. La vieja reivindicación sindical cobra nueva vida en medio de la crisis económica. Frente al lema 'Trabajar más, ganar más' con el que Sarkozy fustigó la semana laboral de 35 horas en Francia, el NEF ha decidido navegar contra la corriente en plena crisis y poner en el horizonte la meta utópica de las 21 horas.
"No es un número arbitrario, se trata exactamente de las horas semanales que pasan en el trabajo los británicos si incluimos a quienes tienen empleo, los que están en paro y los que están considerados como 'económicamente inactivos'", explica Harris. "El 21 es un objetivo más o menos difuso, que se puede alcanzar reduciendo la jornada, trabajando a tiempo parcial, compartiendo empleo o distribuyendo las horas a lo largo de un año".
Frente al fallido experimento francés -"demasiado corto de miras y con un gran impacto a corto plazo"-, Harris reivindica el modelo holandés, en el que el Gobierno predicó sin imposiciones y con el ejemplo. El experto de empleo del NEF nos remite a las palabras de la socióloga norteamericana Juliet Schor en el reciente encuentro -'About Time'- celebrado en la London School of Economics.
"Consideremos la 'hoja de ruta' holandesa. Desde los años ochenta, todos los nuevos funcionarios trabajan cuatro días a la semana por el 80% del sueldo. El Estado fue así capaz de generar cinco empleos donde antes había cuatro. Con el tiempo, el sector financiero adoptó el mismo sistema, y la jornada reducida acabó extendiéndose por toda la fuerza laboral. En Holanda existe hoy por hoy un mercado laboral que permite realmente la flexibilidad para el trabajador". Michael Harris recuerda cómo en los países donde la jornada laboral es más reducida -como Holanda y Alemania- los trabajadores han sufrido menos el impacto de la crisis por una sencilla razón: "El empleo está mejor distribuido".
El "sobretrabajo" y el desempleo son, en su opinión, las dos caras de la misma moneda, la doble expresión de la creciente desigualdad social y económica: "Y mientras sigamos atrapados en la misma dinámica, no va haber salida posible. Esta crisis va para largo y el paro se está convirtiendo en un problema crónico", insiste.

¿Y las familias que necesitan dos sueldos para llegar a fin de mes? "El coste de la vida tiene que bajar necesariamente", responde Harris. "El precio actual de la vivienda, del transporte o del cuidado de los niños es una soga para las familias. Es cierto que bajar el tren de vida puede en muchos casos no ser suficiente. La meta de las 21 horas tiene que entenderse como parte de una transición económica, social y ambiental que puede tardar una o dos décadas en gestarse. Está claro que vivimos en una nueva realidad, y que hay que probar con fórmulas nuevas". "Los jóvenes están dispuestos a experimentar con opciones más flexibles de trabajo", apunta el experto del NEF. "En la situación actual, ¿quién no se daría por contento con trabajar tres días a la semana? Pero las leyes no ayudan, siguen penalizando al trabajador a tiempo parcial, que también pierde gran parte de los beneficios. Y las empresas no se abren, ni reciben los suficientes incentivos".


"Los jóvenes son quienes más lo están pagando", reconoce Harris. "Es intolerable que uno de cada dos jóvenes en España no pueda trabajar, y la situación se está agravando cada vez más en el Reino Unido. Lo que los jóvenes necesitan son opciones de trabajo. Necesitamos fórmulas para que se abra la espita del mercado laboral, programas que permitan que los trabajadores de más de 50 años compartan su experiencia y parte de su 'tiempo' laboral con los recién llegados".



"Lo que estamos viendo ahora es la manifestación de una tendencia que lleva más de treinta años gestándose", asegura Harris. "La aspiración a encontrar un empleo estable en una gran compañía pertenece a la era industrial que ya quedó atrás. La revolución tecnológica ha traído un aumento de la productividad que, lamentablemente, no se ha traducido en la reducción de la jornada laboral que predijo Keynes en su día. El resultado es lo que tenemos ahora: una parte de la población trabaja 40, 50 o 60 horas semanales; otra parte no tiene empleo o trabaja en condiciones muy precarias".

Enlace al informe en castellano
Carlos Fresneda (Corresponsal Londres) Publicado en El Mundo.es

El activista incombustible















Bill McKibben tiene la planta espigada de un pívot baloncesto y el espíritu combativo de un llanero solitario. Se le reconoce desde lejos porque aventaja a todos por una cabeza y porque sabe crear en su entorno una especie de frenesí apremiante y contagioso.

El autor de "El fin de la naturaleza", en su faceta de activista incombustible, nos invita tal día como hoy a hacer la conexión definitiva con la iniciativa Climate Dots... "Necesitamos desesperadamente poner una cara humana al cambio climático. Tenemos que hacer ver a la gente que no se trata de una abstracción, ni de una amenaza en el futuro. Se trata de una crisis presente y real, que requiere acciones urgentes".
Hace tres años, con la campaña 350.org, McKibben puso el planeta en danza en vísperas de la frustante cumbre de Compenhague. Ajeno al desaliento, convencido de que aún es posible rebajar las emisiones hasta el límite recomendado por los científicos, el mensajero del clima se propone unir virtualmente miles de puntos "verdes" de norte a sur, de oriente a occidente...
"Queremos hacer visibles las soluciones que ya existen, a pequeña y a gran escala. De paneles solares a granjas eólicas, de jardines comunitarios a huertos en los tejados, de los barrios sin coche a las "ciclovías"... Tenemos que conectar a la gente y hacerles ver la conexión entre nuestras acciones individuales y el problema al que nos enfrentamos".
Con McKibben nos hemos cruzado una y mil veces en sus infatigables "cabalgadas" de la última década, desde su "patria chica" de Vermont hasta las escalinatas del Capitolio en Washington, pasando por la cumbre de los Bioneros en la bahía de San Francisco. Hasta hace poco llevaba sin embargo la vida ajetreada del ecologista teórico, preocupado en todo caso por disminuir su huella y dedicarle más tiempo a su familia, a sus caminatas por el bosque y a sus excursiones en canoa.
 En sus alforjas cabía el orgullo de haber sido el primero en alertar al gran público sobre los efectos del cambio climático (entonces llamado "efecto invernadero") all'a por 1989, cuando publicó "El fin de la naturaleza". Vinieron luego una larga decena de títulos –"La era de la información perdida", "Esperanza, Humanidad y Naturaleza", "Economía Profunda"- ahondando en el estrecho vínculo entre nuestro estilo de vida y el deterioro del planeta. 
Pero algo le faltaba. Cada regreso a casa, cada artículo publicado, cada charla ante una audiencia más o menos multitudinaria, le dejaban en el fondo una sensación de vacío. Algo en lo más íntimo –coincidiendo casi con la inevitable crisis de los cincuenta- le decía que había llegado el momento de pasar a la acción directa.
Empezó por lo que tenía más cerca, movilizando a un grupo de estudiantes universitarios en Vermont, uno de los estados más progresistas de la unión. Allí prendió la chispa de Step It Up, embrión de lo que con tiempo fraguaría en 350.org. McKibben cree sin duda en el poder de los números, y las 350 partículas por millón de CO2 (la cifra considerada por el climatólogo de la NASA James Hansen como el umbral de peligro) han dejado de ser una abstracción y figuran ya en la agenda de la ONU.
 A la depresión post-Copenjague, siguió la "decepción Obama": McKibben fue de los que se encadenó y se dejó detener a las puertas de la Casa Blanca, en protesta contra el oleoducto para transportar hasta Texas el petróleo de las arenas alquitranadas de Alberta.
La batalla ganada le hizo ver que no todo está perdido. "Pero hace falta un movimiento mucho más grande para forzar a los líderes a actuar",  reconoce. "Nuestra próxima meta es precisamente ésa: lograr cosas prácticas. Y podemos conseguirlo país a país, con acciones llamativas para calar en la opinión pública y mantener viva la llama de la acción ante el cambio climático".
"Organizar, organizar, organizar"... Son los tres consejos que Bill McKibben da a cualquier activista incipiente que quiere ir más allá del cambio personal y tener un verdadero impacto en su comunidad. "Pese a todos los obstáculos de este último año, el movimiento se encuentra más vivo que nunca: no hemos hecho más que empezar".
El activista compulsivo no ha podido sin embargo enterrar al escritor nocturno que sigue llevando dentro y que vuelvi'o a la carga recientemente con "Eaarth", algo así como "Tierrra" (con una "a" o una "r" de más, para recalcar que vivimos ya en otro planeta diferente al que conocíamos).
"El cambio se está produciendo de una manera rápida y furiosa, y no nos queda otro remedio que adaptarnos", advierte McKibben. "En nuestras manos está aún evitar que el clima entre en una espiral autodestructiva y deje el planeta irreconocible ante nuestros ojos".
Carlos Fresneda / Londres

Hortelana en las alturas












Fotos: Isaac Hernández
Fotos: Isaac Hernández

Los tallos de las coles y los palos de las tomateras se levantan a los pies de Annie Novak como un sugerente "skyline" vegetal, con el Empire Sate y todos los "totems" de Manhattan rasgando el cielo a lo lejos, recordándonos lo cerca que queda la "civilización"...
Estamos realmente en Brooklyn, sobre el tejado/granja de Eagle Street, recogiendo la cosecha tardía a cinco pisos de altura. El cinc caliente dejó paso hace dos años a la felicidad de la tierra, con el sudor de Annie Novak y su tropel de voluntarios, que cargaron con sacos y más sacos por las escaleras hasta "rellenar" los 2.000 mil metros cuadrados que ocupa la huerta en las alturas.
"Esto era un tejado inhóspito y sellado con alquitrán como cualquier otro", recuerda Annie Novak. "Hizo falta mucho esfuerzo y un poco de imaginación para convertirlo en lo que ahora es. Pero cualquiera puede cultivar en una azotea: basta con un buen aislamiento y un puñado de semillas".
Nacida en Chicago hace 28 años y forjada como agricultura en Ghana, Annie pertenece a esa nueva generación de granjeros urbanos inmortalizada en el documental "The Greenhorns". Las mujeres llevan la voz cantante en este movimiento que está  reverdeciendo desde muy dentro a las ciudades americanas...
"Recogemos el testigo de la generación que clamó por la vuelta a la tierra ("back to the land")", explica Annie. "Pero no queremos aislarnos del mundo en una comuna o en una granja lejana. Somos jóvenes y no sólo nos atrae la cultura urbana, sino que queremos ser parte de ella y trasformarla si es posible".
"A mí me tira particularmente Nueva York por su diversidad, por su bombardeo constante de ideas y estímulos", añade la hortelana en las alturas, rodeada de gallinas, conejos y abejas en su tejado-granja. "Aqu'i llevo una vida sana: como lo que yo misma cultivo, reparto la cosecha en bicicleta, tengo una comunidad de gente con mismas inquietudes... No hace falta renunciar a la ciudad para estar en contacto con la tierra. Hay que traer el campo hasta el asfalto".
La mayor parte de la cosecha de verduras y hierbas comestibles las distribuye Annie en los restaurantes locales de Greenpoint en Brooklyn. El sobrante se vende en la misma huerta o en los mercados locales de granjeros (más de 25 en Nueva York). Durante el invierno se dedica a la cocina natural ("Growingchefs") y a la docencia "verde", con un arte especial para contagiar su amor a la naturaleza a grandes y pequeños.
Aunque el grupo Earth Pledge labró los primeros surcos en las azoteas de Nueva York (con su proyeto Greening Gotham), lo cierto es que Annie fue pionera a gran escala, mano a mano con Ben Flanner, que ahora ha creado a tiro de pieda la mayor granja/tejado del mundo: Brooklyn Grange, más de 10.000 metros cuadrados y 140 hileras de cultivo (lechugas, tomates, guisantes, repollo, berzas, brócoli).
 "Hemos querido dar un salto cualitativo para demostrar que se puede cultivar en las grandes ciudades y a gran escala",explica Gwen Schantz, cofundadora de Brooklyn Grange, que sirve además como centro de compostaje local. "Eso sí, con métodos de cultivo orgánicos, sin usar fertilizantes químicos... Y con una huella ecológica mínima: casi toda nuestra producción se vende y distribuye en cinco kilómetros a la redonda".
La inmensa azotea de Brooklyn Grange, sobre un edificio industrial construido hace un siglo, tuvo que se acondicionada y aislada para recibir una capa de más de 30 centímetros de tierra, con un complejo sistema de irrigación. Al cabo de dos años, los 200.000 dólares de inversión empiezan a dar sus frutos. El uso del tejado como "escuela sin techo" y las visitas "prácticas" en plena temporada (hay que meter las manos en la tierra) han servido para que la granja/tejado eche ra'ices en la jungla de asfalto. Nada como una vista diferente y rabiosamente "verde" desde  las alturas de Nueva York...
Carlos Fresneda / Londres