9 de diciembre de 2011

Peligro, coches

 


Leo que en Valencia han decidido emprenderla a multas con los ciclistas, y me asombra la hostilidad hacia las dos ruedas que destilan muchos de los comentarios, sobre todo por parte de los “sufridos” peatones, los mismos que tragan a discreción el humo de los coches y que dan por hecho que el rey de la calzada es el automóvil.
      
Digámoslo así de claro: el imperialismo del coche está tocando a su fin. La “revolución” de la movilidad urbana alterará por completo el pulso de las ciudades. Las resistencias que ahora existen hacia la bicicleta son las mismas que hace treinta años habían contra la peatonalización de las calles. Tendremos que aceptar que el espacio en el que nos movemos es limitado y debe ser compartido por las tres partes en “litigio”. Y las que no contaminan –las dos piernas y las dos ruedas- han de firmar una tregua para que todos salgamos ganando.


 
Escribo, dicho sea de paso, desde la tiple condición de peatón, ciclista y automovilista que hace 18 años renunció al coche propio y que se reserva el placer del volante para los largos desplazamientos. Escribo también desde la condición de padre que todos los días tiene que abrirse paso sin soltar la mano de su hijo entre la marabunta motorizada de 4x4 y flamantes deportivos –el “Grand Prix” de Hampstead, como titulaba recientemente un diario- que separa nuestra casa del colegio.
     
Admito que tengo una visión sesgada de Londres como recién llegado y con la referencia inmediata de Nueva York, donde el tráfico –quitando a los taxistas- me parece mucho más civilizado. En Manhattan, sin ir más lejos, el 70% de los habitantes no tiene coche porque resulta un engorro; en Londres, el 65% de los desplazamientos hacia el trabajo se siguen haciendo en vehículo privado y pervive esa cultura de arrancar el motor para subir la cuesta o dar la vuelta a la esquina.
     
En Londres, nunca lo habría dicho, se me está despertando una fobia que creía superada contra los automovilistas, especialmente los que van arrasando al volante de los 4x4 , que deberían estar prohibidos en los cascos urbanos. Como caminante impenitente, me revientan las constantes barreras metálicas que entorpecen el paso a los peatones y no soporto tener que correr para poder cruzar los ocho segundos que te da el semáforo para cruzar la calle.
   
Como ciclista, y habituado a los más de 700 kilómetros de carriles-bici en Nueva York, me agobia la falta de espacio y me preocupa tener que compartir carril con los temerarios autobuses de dos pisos. Sé que todo sería más fácil si viviera al sur del Támesis o en el este, donde hay más “masa crítica”, y sé también que es cuestión de tiempo y de ir abriéndose hueco, pero reconozco que me está costando. Sigo sin entender por qué un paseo bucólico, como el que separa mi casa del parque de Hampstead Heath, tiene que convertirse en una carrera de obstáculos.
     
Lo cierto es que vine a Londres idolatrando medidas como la bici pública o el peaje de congestión, y me encontré con una ciudad terriblemente congestionada y contaminada, anclada en los años ochenta y salvada tan sólo por sus incomparables parques.


 
Me sorprende, eso sí, el activismo rebosante a pie de calle. En webs como FixmyStreet te ayudan a canalizar las quejas y resolver todo lo que no funciona en tu calle. La gente de Walkonomics te dice si tu calle es o no es suficientemente “caminable”, y todo lo que podría hacerse para mejorarla. Y urbanistas como Tom Stonor, de Space Syntax, reivindican el neccesario giro copernicano en las ciudades: “Dejemos de pensar en cómo se mueven los coches y adaptemos las calles y las plazas a los movimientos de los peatones. Empecemos a tratar de igual a igual a los caminantes”.

Carlos Fresneda / Londres

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