8 de diciembre de 2011

Julian Assange: el año vivido peligrosamente

El fundador de Wikileaks, Julian Assange. | APEl fundador de Wikileaks, Julian Assange. | AP


A las 9:30 de la mañana, hora de Londres, el hombre más buscado del mundo acudía por su propio pie a una comisaría de policía, flanqueado por sus dos abogados británicos, Mark Stephens y Jennifer Robinson. Desde que la Interpol emitió la orden internacional de arresto, Julian Assange sabía que sus días como hombre libre estaban contados y temía que la extradición a Suecia sería inevitable.

Un año después, tras saber que aún podrá librar una última y definitiva baza ante el Tribunal Supremo de Gran Bretaña, el fundador de Wikileaks se agarra al clavo ardiendo, acompañado esta vez por la abogada Gareth Peirce: “La lucha por la justicia continúa”.

Assange sabe que no puede decir mucho más: “Creo que es la decisión correcta y estoy agradecido”. Cualquier palabra, obra y omisión pueden ser usados en su contra en los pocos días que le quedan –doce apenas- para presentar su petición y evitar la extradición a Suecia por tres casos de cargos de agresión sexual y uno de violación.

¿Y si el Supremo no acepta el recurso? “Será el final del caso”, contesta sin paliativos Gareth Peirce, que no oculta su preocupación por el destino final de Assange en declaraciones a Democracy Now: “No hay un miedo real a que le manden a Guantánamo, pero ya hemos visto la situación de Bradley Manning... Pienso que el aislamiento extremo es un intento de destruir el espíritu humano, una forma de tortura”.

Controles regulares

Aislado del mundo, aunque en una mansión de diez habitaciones, Assange apura los días en la campiña inglesa y en compañía de la familia de Vaughan Smith, que ya le conoce como “el tío Julian”. Smith, un ex soldado y empresario comprometido con la causa periodística, fundador del Club Frontline y donante de WikiLeaks, no sabía a lo que se exponía cuando cedió su casa en Norfolk como “domicilio oficial” para que pudiera ser aceptada la fianza de 240.000 libras.

La mansión de Ellingham Hall, que así se llama, se ha convertido en uno de los edificios más vigilados del mundo. Assange tiene que presentarse puntualmente, todos los días, a firmar en la comisaría más cercana en Beccles, Norfolk. A todas las horas debe llevar conectada la pulsera electrónica que tiene ajustada en el tobillo y que permite a la policía conocer su paradero exacto en cualquier momento.

La mansión de su anfitrión es una suerte de “cárcel electrónica”, llena de cámaras que vigilan sus movimientos dentro y fuera (también hay dispositivos de vigilancia instalados en los alrededores de la mansión). Aunque se le permiten salidas ocasionales, como aquella del 15 de octubre cuando acudió a solidarizarse con los “indignados” de St. Paul, tiene que cumplir obligatoriamente el toque de queda.

En esas condiciones, y pese al cerco económico al que sigue sometido, Assange ha conseguido reactivar recientemente WikiLeaks con nuevas “filtraciones” que tienen algo de desquite personal por este año vivido peligrosamente: “The Spy Files”, la industria del espionaje al desnudo. Contra viento y marea, después del “cerrojazo” de los grandes medios y del “harakiri” que supuso la publicación de su biografía “no autorizada” (“seré un cerdo chovinista, pero no un violador”), Assange ha lanzado estos días un ataque postrero a la prensa en un documental emitido por Channel Four: “True Stories: WikiLeaks”.

El periodismo británico, asegura, es “una industria ratera y puta que te apuñala por la espalda”. Su animosidad está especialmente dirigida contra The Guardian, el periódico que publicó los “cables” del Departamento de Estado y con el que entró en un continuo forcejeo desde hace precisamente un año. Con el New York Times, otro de sus viejos y distinguidos socios, el “casus belli” es otro: su complacencia con la Casa Blanca... “Cuando un grupo mediático es poderoso por un tiempo demasiado largo, pasa a integrarse en el red y a formar parte de la elite”.

A finales del 2010, Julian Assange ganó la votación popular de hombre del año de la revista “Time” (la dirección editorial reescribió al final el guión y apostó por el “bueno” de la película, Mark Zuckerberg). Un año después, los grandes medios le castigan con el doble aislamiento y le fustigan con titulares como “From Heroe to Zero”. El apoyo que le queda, después de tantas deserciones y “traiciones”, vuelve a ser marginal, tanto en la red como en la calle.

Tal vez sea demasiado tarde para una secuela de WikiLeaks, y Assange lo sabe. Pero en su rostro había esta semana una extraña sensación de alivio y convicción que no tenía hace un mes, cuando lo daba todo por perdido. Continuará...

Carlos Fresneda (corresponsal) | Londres

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