13 de septiembre de 2011

El aventurero del río invisible


George Wolfe, founder of LA River Expeditions, wants to open the river to the public. The river is accessible in some areas now, like in North Atwater Park, next to the 5 Freeway. Los Angeles, California. June 15, 2011. Photo: ©2011 Isaac Hernandez/IsaacHernandez.com                                                                                                             Foto: Isaac Hernández

Atrapado sin remedio en el tráfico infernal de Los Angeles, George Wolfe optó por una solución mucho más “civilizada” que la de Michael Douglas en “Un día de furia”: aparcar el coche en la cuneta y lanzarse en “kayak” por el río (sin quitarse el traje). Ante los ojos atónitos de sus vecinos, que ni siquiera intuían que existiera un río en Los Angeles, Wolfe tuvo hace cinco años una idea aún más descabellada: lanzar una expedición en canoa, interrumpida por la policía al más puro estilo Hollywood, con helicópteros desde el aire y gran despliegue mediático.
     
“Nos dijeron que podíamos filmar en el río, pero que no se podía navegar por él”, recuerda George, que desde aquel momento se fijó una meta muy clara: organizar expediciones con todas las de la ley por el río invisible, que tan sólo aflora en películas al estilo “Terminator 2” o “Transformers”, como si fuera el reguero agonizante del fin del mundo.
     
La tribu de los Tongva fue la primera en descubrir las virtudes de este río, que nace en la confluencia del Arroyo Calabasas y el Bell Creek y viene a morir a la bahía de San Pedro en el Pacífico. A lo largo de sus 80 escasos kilómetros se afincaron en tiempos los colonizadores españoles, que fundaron el Pueblo de la Reina de Los Angeles. Hasta primeros del siglo XX fue el principal suministro de agua de la ciudad (hoy no llega ni al 15%) y en los años treinta se convirtió en lamentable protagonista de una crecida que ocasionó 85 víctimas.
     
El Cuerpo de Ingenieros del Ejército lo condenó entonces a lo que ahora es: un triste riachuelo de asfalto, canalizado en todo su trayecto urbano, con repentinos brotes de vida silvestre como éste en el que "navegamos", a la altura de Glendale, con la autopista número 5 recordándonos que estamos en la capital del mundo motorizado.
    
La gente en Los Angeles se orienta por las autopistas y desconoce por completo por dónde pasa el río”, asegura George Wolfe, nuestro aventurero urbano. “Nuestra intención, ahora, es no sólo reclamar la navegabilidad del río, sino hacerlo más visible y accesible”.
     
“Lo más duro ha sido navegar por la burocracia”, advierte George, activista y remero, curtido sobre la canoa en el noroeste del Pacífico, a punto de la botadura de la primera expedición legal por el río de Los Angeles. “Pero felizmente hemos superado todos los trámites: por fin tenemos la oportunidad de explorar la ciudad como nunca antes”.
      
“Rock the boat” dará título próximamente al documental protagonizado por George Wolfe y dirigido por su mujer, Thea Mercouffer, recreando los tres días que hicieron historia y lograron lo que parecía imposible: que el río invisible, acechado históricamente por la contaminación o por la falta de cauce, fuera finalmente declarado como “navegable”.
       
Lo cierto es que desde la Gran Limpieza, que atrajo a más de 3.000 voluntarios en el 2006, ha empezado a forjarse una cierta conciencia de río en Los Angeles. Jenny Price y el grupo Hidden LA organizan últimamente giras para vecinos y turistas por los cauces. Desde hace 25 años, Friends of LA River trabajan por la recuperación de las márgenes, mientras que el plan de revitalización dibuja un horizonte de auténtica ciencia ficción en la marabunta urbana de Los Angeles: un río de película, “desasfaltado” y con agua, para uso y disfrute de los automovolistas, reconvertidos en "remeros", paseantes o personas.

Carlos Fresneda, Nueva York

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