15 de abril de 2011

El 'voyeur' invisible de Nueva York

  • Bill Cunningham lleva la mitad de sus 82 años inmortalizando a los paseantes
  • Cunningham está considerado como uno de los mejores fotógrafos de moda
  • El dominicano Oscar de la Renta es otro de sus más devotos admiradores

Por su bicicleta lo conoceréis. Y por su cámara al hombro, por su chaqueta de un azul chillón y por su pelo albino. Agazapado en las esquinas, parado en un semáforo o en mitad de la acera. Esperando siempre el milagro callejero en forma de sombrero rojo, falda amarilla o conjunto de rombos blancos y negros. Clic, clic, clic.

Bill Cunningham lleva la mitad de sus 82 años inmortalizando a los paseantes de Nueva York con vocación de 'voyeur' invisible. Su presencia es tan ubicua como la de los vendedores de pretzels y perritos. Todos lo hemos visto alguna vez, empotrado en la marea urbana. Lo suyo es algo así como el sacerdocio del asfalto...

"Se supone que uno no se puede enamorar de su trabajo, pero eso es lo que a mí me pasa. Me divierto muchísimo... Necesito estar en la calle y dejar que la calle me hable".
Cunningham está considerado como uno de los mejores fotógrafos de moda, pero hace tiempo que renunció a sus quince minutos de fama. La vanidad y la codicia no van con él: "El dinero es barato, la libertad es mucho más cara". Hasta hace poco vivía en un estrecho apartamento sin baño, son cocina y sin televisión, y dormía en un lecho de presidiario entre su inmenso archivo fotográfico en el Canergie Hall.

La modestia es lo primero, pese a su reputación ganada a pulso. Cuando los cineastas Richard Press y Philip Gefter se propusieron a seguirle los pasos, el fotógrafo escurrió una y otra vez el bulto. Diez años tardaron en vencer su timidez y su resistencia: el fruto es un conmovedor documental, 'El Nueva York de Bill Cunningham', que sigue agotando las entradas al cabo de un mes de su estreno.
Parece un hombre de otra época o de otro planeta, y sin embargo Cunningham es un auténtico precursor en todos los sentidos. Entre otros méritos, lleva 40 años pedaleando en Nueva York y se ha 'dejado' robar 28 bicicletas. El sillín ha sido durante mucho tiempo su incomparable 'mirador', y lo sigue siendo casi todos los días, así le caiga encima un aguacero primaveral (su poncho lleno de parches forma parte de su 'uniforme' y es otra muestra indeleble de su austeridad). Los días de lluvia y nieve, confiesa, se lo pasa como un niño mientras fotografía a las mujeres saltando charcos.

Católico hasta la médula, de misa dominical, reconoce que su pasión por la moda nació precisamente de pequeño, "observando los sombreros de las señoras" en los bancos de la iglesia. De joven, tras su paso frustrado por Harvard, creó su propia línea de sombreros, William J.', antes de dedicarse a fotografiar la fauna colorista de la jungla urbana.

"La mejor pasarela de moda ha estado siempre en la calle", sostiene Cunningham, que inició su andadura en Women's Wear Daily y marcó un hito con sus monográficos en 'Details'.
En 1978 saltó a las páginas del 'New York Times', donde su sección dominical ('On the Street') es todo un clásico del periodismo gráfico. Fue el primero en presentar al público americano a Jean-Paul Gaultier y a tantos diseñadores, y en las pasarelas de París se le venera como el último gran mito (en el 2008 le nombraron 'caballero' de la Orden de las Artes y las Letras).

"Todas nos vestimos para Bill", confiesa la mismísima Anna Wintour, que admite cómo recurre una y otra vez a los 'collages' callejeros de Cunningham para otear las tendencias del momento (en esta primavera destemplada, por cierto, despuntan las trencas blanca). Oscar de la Renta es otro de sus más devotos admiradores: "Nadie ha sabido captar como él la historia visual de esta ciudad en los últimos cuarenta años".

Cualquier fiesta de la alta sociedad neoyorquina no es nada sin la presencia del fotógrafo huidizo, que cumple con su misión sin beber siquiera un vaso de agua y luego desaparece como un duende nocturno, reservando lo mejor de sí mismo para la masa anónima que desfila ante sus ojos a plena luz del día.

"La moda es la armadura que llevamos para sobrevivir a la realidad de cada día", palabra de Bill Cunningham, que nada detesta más que le confundan "con uno de esos paparazzi que se dedican a torturar a la gente".

Greta Garbo se puso en una ocasión a tiro de su objetivo, y aún recuerda los días en que se codeaba con Marilyn Monroe, Ginger Rogers o Joan Crawford. Pero en su trabajo no hay lugar para la nostalgia, sino una ligereza envidiable y una frescura constante: un sentido de la anticipación para cazar al vuelo esas 'aves del paraíso' que pululan por sus páginas.

Sigue disparando en película, y en la tienda donde revela religiosamente los carretes le da pudor confesar su nombre cuando llama por teléfono: "Soy yo, el tipo de la chaqueta azul"...

Carlos Fresneda, Nueva York
Publicado en El Mundo

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