25 de marzo de 2011

La larga emergencia

 

Lejos queda ya la tragedia de Japón, enterrada por el fragor de las bombas en Libia. Lejos también la alerta radioactiva de Fukushima, mitigada por la campaña de la industria nuclear para dar la vuelta a la tortilla: si una central resiste el terremoto más potente del último siglo, será capaz de soportarlo todo...
Los medios llaman a capilla a sus enviados especiales, los “desvían” hacia la nueva zona de guerra y cuentan los días hasta el próximo desastre natural. Apenas queda tiempo  para la reflexión. El vértigo de la actualidad lo devora todo.

Pronto, demasiado pronto, Japón será un eco lejano en los telediarios, como pasó con el tsunami de Indonesia en el 2004, como ocurrió con el huracán Katrina en el 2005, como sucedió con el terremoto que causó más de 200.000 muertos en Haití, con los temblores de Chile y Nueva Zelanda, con la sequía de Rusia, con el vertido del Golfo de México o con las inundaciones que dejaron sin hogar a cuatro millones de personas en Pakistán hace unos meses.

Cualquiera diría que los desastres naturales suceden cada vez con más frecuencia, y con la misma rapidez decidimos olvidarlos, incapaces de extraer lecciones que podrían sernos bien útiles para mitigar en lo posible futuras catástrofes.

Quienes echen en falta estos días un espacio para calibrar las auténticas dimensiones  sociales y humanas de lo ocurrido, quienes estén hartos de los balances estrictamente económicos, quienes quieran responder a la eterna pregunta -¿qué puedo hacer yo ante una tragedia de tal magnitud?-, pueden sumarse a las Voces en Transición, una comunidad global extendida ya por un larga decenas de países con la espinosa misión de cambiar nuestras pautas de producción y consumo y nuestra relación con la Tierra.

Las últimas catástrofes parecen esconder siempre un mensaje cifrado que nos resistimos a escuchar: la combinación devastadora de la pobreza y la degradación ambiental (Haití), cara y cruz del cambio climático (Rusia y Pakistán), la cuenta atrás de la era del petróleo (Golfo de México), los riesgos de la energía nuclear (Japón).

Todo lo que está ocurriendo revela el margen de fragilidad de la vida moderna”, escribe el ecologista Bill McKibben, autor de “El fin de la naturaleza” y del más reciente “Eaaarth”. Sostiene McKibben que el planeta, por una combinación de causas naturales y humanas, está dejando de ser el paraíso habitable que permitió la “civilización”, y que va siendo hora de que vayamos adaptándonos. “La lección que deberíamos aprender es tal vez que ha llegado el momento de replegarse un poco, que no hay nada suficientemente duradero, estable o robusto”.

En la misma línea, Lester Brown publica estos días “El mundo en el límite”, en el que advierte del efecto combinado de la crisis de la energía y de la crisis de la producción de alimentos, que se está larvando por debajo de todos los desastres y que está teniendo ya un grave impacto en los países en desarrollo.

Estamos tal vez entrando en lo que James Howard Kunstler llama “La larga emergencia”: un período de convulsión económica, política y social estrechamente ligado a la falta de recursos y en un planeta cada vez más hostil y proclive a las catástrofes.
Sostiene Kunstler que, de todos los países del mundo, tal vez el peor preparado para la “larga emergencia” es precisamente Estados Unidos, donde todo o casi todo ha sido diseñado a la medida del coche en la era del petróleo barato. Kunstler, autor de una de las más desvastadoras críticas del “sueño americano” (“La geografía de ninguna parte”), predice la muerte irreversible de los suburbios y la agonía de las grandes ciudades.

Los lugares mejor preparados para la “larga emergencia”, sostiene, serán las pequeñas ciudades que sean capaces de “relocalizar” la economía, autoabastecerse de energía y destinar el espacio suficiente al cultivo de sus propios alimentos. La autogestión, la autosuficiencia y los lazos comunitarios serán las reglas de oro de esta era incierta en la que la movilidad será mínima y deberemos escoger a conciencia nuestro “lugar en la tierra”.

Kunstler ya ha elegido el suyo, al norte de Nueva York, y desde allí interpreta todo lo que está pasando últimamente como síntomas inequívocos de que el momento ha llegado, así le llamen apocalíptico y alarmista... “Cuando me preguntan que cuánto nos queda para entrar en la “larga emergencia”, suelo responder que ya estamos en ella. Están ocurriendo definitivamente muchas cosas”.

Carlos Fresneda, Nueva York

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