24 de noviembre de 2010

CAMBIO CLIMÁTICO: DE LA ALARMA A LA APATIA


 

Seamos sinceros: escribir a estas alturas sobre el cambio climático es una tarea ingrata, peliaguda y fatigosa. Tal vez tenga razón Arnold Schwarzenegger: deberíamos inventar otro término más “sexy”, para vencer la resistencia tenaz de quienes han decidido que el medio ambiente no es “cool”, ya no vende, y que por tanto conviene esconderlo bajo tierra, a la espera de tiempos peores (inundaciones, huracanes, incendios, sequías, vertidos y demás desastres).

Hace un año, por estas fechas, el calentamiento global estaba en la mente de todos. Copenhague emergía como la última y gran oportunidad para una acción a escala planetaria. Pero el inoportuno “Climategate” (¿por qué nadie ha investigado hasta el fondo los oscuros intereses detrás de los emails “pirateados”?) pinchó el globo antes de tiempo. Los científicos quedaron como manipuladores y “mentirosos”. La cobardía de los políticos hizo todo lo demás.

Y aquí estamos, en la antesala de la cumbre de Cancún, con las expectativas bajo cero y con 15.000 expertos, delegados, funcionarios y emisarios de segunda fila intentando insuflar nueva vida al enfermo agonizante y febril.

No va a haber un “Big Bang” en la lucha contra el cambio climático”, advierte con los pies en el suelo Christiana Figueres, la costarricense con sangre catalana que lleva las riendas de la Convención Marco sobre Cambio Climático en Naciones Unidas (UNFCCC). A lo máximo que aspira Figueres es a “cambiar la dinámica” y a recuperar la menos un ápice de aquella “sensación de urgencia” que había hace un año y que se ha diluido por muchas y complejas razones.

Entre ellas, el silencio cómplice de los medios, con excepciones dignísimas como The Guardian, que sigue apostando por el medio ambiente como asunto de máximo interés, o de webs como Worldchanging, Treehugger y Grist, sacando a los americanos del conformismo y ofreciendo soluciones y acciones bien concretas.

Aunque la raíz del problema es sin duda la politización del tema. Creer o no creer en el cambio climático se ha convertido en un asunto de izquierdas o derechas. La cuestión se ha radicalizado cada vez más y no hay manera de tender puentes –ni siquiera lianas- entre los dos extremos.

El “ecologista escéptico” Bjom Lomborg lo han intentado a su manera –más o menos discutible- con su documental “Cool it”. El climatólogo de la NASA James Hansen (a quien entrevistamos este sábado en El Mundo) se ha desmarcado dando su apoyo a la energía nuclear. El propio Schwarzenegger se ha rasgado la vitola de republicano para defender hasta el último momento la Ley del Clima de California e impulsar ahora el grupo R20 para impulsar soluciones regionales a gran escala.

Dicen que nada hay tan paralizante como el miedo; en todo caso, la autocomplacencia. En pocos meses hemos pasado de la sensación de alarma a la total apatía. Nos han convencido de que no sólo no es posible un acuerdo político, sino que de poco o nada sirve cambiar las bombillas, conducir en bici, dejar de comer carne, compostar en casa o reciclar la basura.

Lo que hace falta ahora es huir de los extremos y actuar con sentido común. Firmar una tregua, pero sin olvidar que el tiempo apremia. Porque el mundo cambia, es ley de vida, aunque la resistencia al cambio la llevemos en los huesos... Informémonos, contrastemos opiniones y actuemos en conciencia. Cualquier cosa menos hundirnos en la resignación y en el sofá.

Carlos Fresneda
Publicado en el blog En la Ruta  Verde de El Mundo.es América
.

Nota:  Por su estrecha relación con el tema eje del post, insertamos un vídeo de la conferencia de Domingo Jiménez Beltrán, vicepresidente de la Fundación Renovables, que interviene en la sesión  Las contribuciones de la empresa a una economía sostenible, en Conama10

Llamada a la proactividad estimulando la acción para el cambio.  
"¿Estamos hablando de cambio? Pero si ni siquiera somos capaces de cambiar de compañía de móvil".


No hay comentarios: