24 de junio de 2010

EL "PURGATORIO" DE LOS PELICANOS

Una de las veterinarias durante sujeta un pelícano durante los trabajos de limpieza. | Carlos Fresneda
  • Los pelícanos pardos son ahora el símbolo lacerante del desastre en EEUU
  • En la nave de Fort Jackon el daño es ya bien visible
  • En el trailer de 'descompresión' reciben fluidos y alimento

Llegan los pelícanos pringados en ese barniz mortífero. Se quedan fosilizados, con el pico pegado al cuello, y miran a los visitantes con ojos inquisitivos y recriminatorios, como preguntándoles en silencio: "¿Qué nos habéis hecho?".

Los pelícanos pardos, emblema de Luisiana, son ahora el símbolo lacerante del mayor desastre ecológico en la historia de Estados Unidos.

Desaparecieron de estas costas en los años setenta, por el uso y abuso del DDT, y se habían recuperado milagrosamente en las dos últimas décadas. Acababan de salir de la lista de 'especies en peligro', y ahí les tenemos, masticando su suerte mientras esperan turno para ser 'descontaminados'.

En el proceso de limpieza, algunos pelícanos intentan rebelarse

Un operario mantiene el pico del pelícano cerrado.

Estamos en una nave idustrial Fort Jackson, reconvertida en centro de recuperación de las aves afectadas por el vertido del Golfo de México. Por aquí habían pasado hasta este martes 634 pájaros, en su mayoría pelícanos pardos, atrapados sin remedio en esa especie magma marrón que ha golpeado las islas 'barrera' y las marismas del Misisipí.

El parte de 'guerra' del vertido está aún muy lejos del Exxon Valdez: 957 aves muertas, 320 tortugas, decenas de delfines y un cachalote. Los oceanógrafos advierten, sin embargo, que aún no hemos visto nada, y que el daño mayor es el que se está cociendo en las profundidades marinas.

En la nave de Fort Jackon, sin embargo, el daño es ya bien visible. "La oleada empezó hace dos semanas y desde entonces no paramos", reconoce Jay Holcomb, director del International Bird Rescue Center de California, con 200 vertidos de petróleo a sus espaldas (el caso español del 'Prestige' entre ellos).

"En Galicia rescatamos sobre todo alcatraces, cormoranes, frailecillos y gaviotas", recuerda.

Los pelícanos se llevan la peor parte

"Aquí la peor parte se la están llevando los pelícanos, no hay más que verlos. Pero por más malas que sean las condiciones en que nos llegan, siempre hay esperanza. Son unas aves hermosas y resistentes. Lo que necesitan es desprenderse de la capa de petróleo para poder volver a volar y a flotar. Es una labor fatigosa, pero hemos logrado un porcentaje de supervivencia del 80%".

Los pelícanos son rescatados por los equipos de Servicio de Pesca y Vida Silvestre en las zonas más afectadas por el vertido y llegan hasta aquí en jaulas especiales, transportados en barcazas. Un equipo de seis veterinarios los reconoce uno a uno y los etiqueta.

De ahí pasan al trailer de 'descompresión', donde reciben fluidos y alimento, y un tratamiento con Pepto-Bismo para proteger el tracto digestivo (el petróleo, ingerido en grandes cantidades, puede destrozarles los riñones y el hígado).

En un par de días, pasado el 'estrés' inicial, los pelícanos son trasladados a la nave industrial, donde aguardarán su turno en amplios contenedores de madera habitalitados temporalmente como jaulas... Danene Birtell, que forma parte del equipo de 'limpiadores', viene corriendo con el último ejemplar de cinco kilos en sus brazos. La clave, asegura, está en "mantenerles el pico cerrado".

El lavado de los pelícanos: detergente limpiavajillas

En la mesa de preparación se les aplica aceite vegetal. Llegan después los pelícanos la barreño de lavado, y ahí conocen las virtudes espumosas de Dawn, el detegente limpivajillas que ha demostrado no tener rival a la hora de diluir el petróleo. Algunos intentan desplegar sus enorme alas: uno de los cuidadores se encarga siempre de inmovilizarlos, el otro limpia y limpia.

Dos veterinarios introducen al pelícano en un bidón con agua y detergente

Primero, el minucioso lavado de las manchas en el pico y en la cara, con cepillos de dientes y esponjas. De ahí directamente al enjuague, con especial atención al plumaje de las alas, para que no queden restos ni de detergente ni de petróleo.

En 45 minutos, después de una trago largo de fluido para reponer fuerzas, los pelícanos están listos para la secadora, que los dejará como si les acabaran de hacer la permanente.

Harold Doucet se encarga de la parte final, y pone especial interés en no cegarles los ojos con la manguera... "Es increíble la conexión emocional que puedes tener con estos pájaros. Sientes con ellos todo el estrés, y finalmente el alivio. Se rebelan a ratos, pero acaban cediendo. Creo que instintivamente saben lo que les espera".

A las jaulas del exterior se les llama 'Islas Pelícano'. Allí esperan tal día como hoy su destino un largo centenar de pelícanos pardos, con su lustroso plumaje y sus renovadas ansias de volar.

'Nadie sabe lo que pueden tardar en regresar'

Partirán rumbo a las costas de Texas y Florida, donde criarán y harán tiempo hasta que puedan volver a las marismas Luisiana.

"Nadie sabe lo que pueden tardar en regresar", asevera Jay Holcomb. "En el Prestige, como en el Exxon Valdez, sabíamos al menos la cantidad de petróleo que podía salir al mar. En esta catástrofe, plagada de incertidumbres, sólo hay una cosa cierta: la cosa empeorará cada vez más si no logramos cerrar pronto el pozo".

BP, por cierto, paga la factura de los seis veterinarios y los veinte especialistas, más el despliegue de maquinaria y el manjar diario de cientos de sardinas que dejan en el hangar un inconfundible olor portuario. Es la hora de la comida, y los pelícanos 'apestados' salen por fin de su triste inmovilidad y abren de par en par su enorme pico.

"Sé que ha habido mucha polémica recientemente sobre si merece la pena rescatar a las aves, teniendo todas las que mueren y posiblemente morirán", admite Melanie Driscoll, responsable del grupo Audubon en Luisiana.

"Pero mira a estos pájaros a los ojos y dime si no teon, entra una oleada de compasión. Tenemos que hacer todo lo humanamente posible por rescatarlos".

Carlos Fresneda, Fort Jackson (Luisiana)
Publicado en El Mundo América
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