8 de mayo de 2010

UNA "DIARREA" IMPARABLE DE PETRÓLEO

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Primero avistamos los hilillos, que diría Rajoy. Poco a poco, el mar va adquiriendo ese color de leche chocolateada que ha saboreado el congresista Gene Taylor. Hasta que llegamos por fin las islas Chandeleur, estranguladas por las rayas anaranjadas de un gigantesco tigre oleaginoso que arrasa con toda la vida marina.

Estamos sobrevolando la mancha de petróleo del Golfo de México, que nunca llegará a ser negra. Desde la avioneta seguimos las idas y venidas de 30 barcos de pesca, revoloteando como moscas alrededor de una auténtica diarrea de crudo, un excremento aceitoso que se extiende ya a lo largo y ancho de 4.600 kilómetros cuadrados y que avanza no se sabe muy bien hacia dónde.

Lo que sí conocemos ahora es el auténtico alcance de esta marea de color sangrante, ante los esfuerzos tardíos, insuficientes e inútiles de una flota desesperada de pescadores que intenta achicar el crudo mientras sigue brotando a raudales. La madre de todos los vertidos queda a más de 50 kilómetros al sur, pero es aquí, en la proa norte, en un día radiante como hoy, donde puede calibrarse la amenaza que se cierne sobre las marismas y las costas que despuntan en el horizonte. Aquí sale también a flote la intoxicación informativa a la que a diario nos somete BP, que hace dos días negaba que el petróleo hubiera llegado a las islas barrera de Chandeleur.

Señores de BP, las islas han sido ya embestidas por la marea roja, naranja y marrón, pese a las barreras flotantes que intentan proteger sus desoladas playas. Se diría que las aves han oteado el peligro y han desertado del paraíso, estrangulado por este empacho de petróleo al que todos hemos contribuido.

Por el camino hemos visto ya las manchas acechando las inmensas marismas de Luisiana, pero la Guardia Costera y BP seguramente lo negarán, como han negado hasta ahora el acceso por mar y aire a los periodistas empotrados que llevamos 10 días esperando. Nos hemos subido finalmente a la avioneta por gentileza del Sierra Club, el mayor grupo ecologista de EEUU, dispuesto a ofrecer una perspectiva real del campo de batalla.

"Nos enfrentamos a uno de los mayores desastres ecológicos causados por el hombre", asegura Michael Brune, director del Sierra Club y compañero privilegiado de viaje. "El daño aún no es visible en tierra, pero estas aguas están llenas de delfines, ballenas y tiburones. Estamos volando sobre la punta norte del vertido, pero la extensión es inmensa y los daños sobre la fauna marina son ya incalculables".

Durante su primer viaje a la mancha, Brune no puede ocultar su desaliento y su estupor. El geólogo Barry Kohl, que trabajó durante 26 años para las compañías petroleras, mira hacia abajo con cierto sentimiento de culpabilidad: "Cuanto más profundo perforamos, mayores son los riesgos... La fuga no pudo evitarse por un doble fallo mecánico. Lo que realmente me preocupa es que todas estas plataformas que siguen funcionando y que estamos viendo tienen los mismos y desfasados sistemas de seguridad".

A Jill Mastrotomaro, organizadora de campo del Sierra Club, le sorprende sobre todo el caos de la respuesta: "Desde el aire se ve todo mucho más claro. Hay pocos barcos y no hay una mínima coordinación. Están desbordados ante la magnitud del desastre".

"Permítanme que les dé mi opinión personal", apunta el piloto, Phillip Krasner. "Respuesta sí que ha habido, pero da la impresión de que no saben qué hacer. Está claro que no tenían ningún plan".

"¿Crees que el petróleo se está dispersando como dicen?", le preguntan a Phillip por la radio. «A mí desde luego no me da esa impresión. Aquí, en las islas Chandeleur, me parece que está más concentrado. Se ven cada vez más manchas".

Tamara Lush, nuestra colega de la agencia AP, acariciaba el sueño (más bien la pesadilla) de aterrizar con el pequeño hidroavión sobre la mancha de petróleo. "No podemos bajar de los 3.000 pies por razones de seguridad", advierte el piloto. "Vamos a virar un poco hacia el sureste: allí hay más acción".

No muy lejos de las islas, en torno a una plataforma petrolífera de un cegador color blanco, puede verse un remolino de barcos con tentáculos naranjas. "Se diría que están intentando absorber el petróleo o acorrararlo de algún modo", apunta el geólogo Barry Kohl. "No creo que aquí estén usando dispersantes. Normalmente los utilizan más cerca del vertido, y ésa es otra de nuestras preocupaciones: no sabemos qué productos están usando y cuál es su toxicidad".

Por la radio nos llega la noticia de una nueva quema controlada. Desde la avioneta, con la calima, no alcanzamos siquiera a ver el humo. Las escasas nubes proyectan su sombra negra sobre el océano. Es entonces cuando las gruesas líneas rojas del vertido cobran su aspecto más hiriente.

A la vuelta, las inmensas marismas nos parecen aún más desprotegidas. Vemos bandadas blancas de aves que vuelan sobre un manto verde, ajenas a esta primavera letal. Dejamos de ver plataformas petrolíferas; ahora contamos por doquier las refinerías, y el último pensamiento de Michael Burne se nos queda rondando la cabeza: "Las empresas petrolíferas invierten mucho dinero en relaciones públicas, incluso en momentos tan graves como éste, para minimizar a toda costa el impacto. Pero creo que los americanos van a salir de su apatía cuando vean los efectos de este desastre. Ha llegado el momento de alinear nuestras acciones con nuestros valores: tenemos que superar nuestra adicción al petróleo".

Carlos Fresneda, enviado especial, Islas Chandeleur (Luisiana)
Publicado en El Mundo
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