12 de junio de 2009

SERPETENADO POR EL “SKYLINE”

El parque elevado del High Line se convierte en el nuevo símbolo del Nueva York “verde”

NY.- La herrumbre del High Line llevaba 75 años ahí, elevándose sobre la avenida 10, volando ruidosamente sobre las cabezas de los neoyorquinos. En tiempos sirvió para que los trenes trajeran todo su cargamento de viandas hasta el oeste de la gran ciudad, pero en los años ochenta cayó en el pozo del olvido. La naturaleza recuperó entonces el terreno perdido, y entre las vías abandonadas crecieron vergeles que motearon de verde el paisaje industrial.

El destino natural del High Line era la demolición, como tantas estructuras elevadas que surcaron en tiempos la ciudad. Pero los vecinos hicieron causa común, proclamaron su insospechado amor por la decadente infraestructura ferroviaria (Friends of the High Line) e invitaron a sus paisanos a imaginar lo imposible: el primer parque elevado de Nueva York.


“A los parques se suele ir para “escapar” de la ciudad, pero a este parque se viene para “surcar” la ciudad, para conocerla desde una perspectiva nunca vista”... El arquitecto Ricardo Scofidio, postrado como un centinela frente a la mole acristalada del hotel Standard, intentaba mentalizar a los primeros visitantes del parque flotante, que no tardaron en contagiarse de esa extraña sensación de ligereza urbana...

Caminar sobre el High Line es lo más parecido a serpentear entre el “skyline”, con la ciudad rugiendo bajo nuestros pies y el río Hudson trazando un remanso incalcanzable y paralelo. La única referencia reconocible es el Empire State, despuntando en el noroeste. Todo lo que va surgiendo a nuestro paso emerge como por primera vez.


El estudio Diller Scofidio + Renfro (artífice del fascinante edificio “nube” de la Expo de Suiza) está detrás de esta insólita intervención que se ha convertido ya en símbolo del Nueva York “verde” y que el diseñador urbano James Corner –otro de los artífices del proyecto- ha definido como “agritectura”.

Las hierbas y las plantas autóctonas que echaron raíces entre los raíles durante tres décadas reivindican su espacio entre la vereda de hormigón, con “grietas” diseñadas para que la naturaleza siga avanzando entre la marabunta humana. La horticultura, el reciclaje y el arte servirán de reclamo en el primer verano estelar del High Line, donde se echan en falta –eso sí- los necesarios oasis de sombra.


“Hemos combinado lo orgánico con los materiales de construcción, la vida silvestre con la superficie cultivada, los espacios íntimos con la interacción social”, expica James Corner en ese “manifiesto” que reclama el High Line como prototipo de “parque lento”: allá donde la vida recupera su pulso natural y el ritmo frenético de la ciudad queda atrás, como un lejano eco subterráneo.


En el parque elevado, a la altura de la calle 17, hay incluso un anfiteatro-mirador con amplios ventanales desde donde uno consigue el prodigio de meditar suspendido sobre el tráfico. Lejos de seguir un trazado monótono y lineal, el parque avanza entre un juego de adivinaciones y sorpresas, con las vías del tren marcando vagamente el itinerario, pero con invitaciones permanentes a la contemplación de ese paisaje mutante que avanza a nuestro paso.


A nuestra derecha, los bajos de Chelsea, donde las galerías de arte dejan paso a las tiendas de moda y a los últimos vestigios cárnicos del Meat Packing District. A nuestra izquierda, el pulso que libran Frank Gehry y Jean Nouvel en las orillas del río Hudson.


Ricardo Scofidio habla entre tanto del “efecto Bilbao”, del poderoso imán que Nueva York ejerce sobre cualquier arquitecto (y viceversa) y de la “fragilidad” de la profesión en tiempos de crisis, cuando las tensiones naturales entre los promotores y los políticos parecen agravarse.

La primera fase del parque –que ocupa una tercera parte de los dos kilómetros del High Line- ha costado 172 millones de dólares y ha salido milagrosamente adelante, pese a los recortes presupuestarios y pese al maleficio que pesa sobre cualquier obra pública después del 11-S. El alcalde Bloomberg, que en noviembre se juega la reelección, ha decidido poner la expectativas muy altas con esta quimera de hierro y hierba que traza ya el camino hacia la Nueva York del futuro.


Carlos Fresneda desde NY.

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