12 de julio de 2008

Burning Man: la utopía en el desierto - La otra América

foto: Isaac Hernández


CARLOS FRESNEDA | BLACK ROCK CITY (NEVADA)

Llegamos a una ciudad imaginaria que no existe en los mapas. El único punto de referencia son las tormentas de polvo, fruto de la estampida colectiva de 50.000 almas, desfilando a todas las horas en bicicleta o en alucinógenos carromatos, por calles de arena abiertas como un prodigioso abanico y proyectadas hacia el horizonte infinito.

El espejismo dura una semana, la última de agosto, pero el espíritu de Black Rock City y el olor a arcilla blanca perduran meses. Bienvenidos a Burning Man: la Tierra es como el hombre, y un día será quemada...

Al aquelarre utópico y artístico en el desierto de Nevada se llega siguiendo una caravana que tiene algo de romería libertaria. Los prejuicios se cuelgan en la entrada: entre los 'burners' existe una delirante camaradería que va creciendo día tras día, hasta llegar a esa rebosante sensación de libertad en medio de la nada.

El poblado nómada se rige por 10 principios que van de la «inclusión radical» a la «autoexpresión», pasando por el «esfuerzo comunitario» y la conciencia ambiental. El Hombre Verde arderá en la traca final, pero en unas semanas no quedará ni rastro de lo que fue la ciudad.

El impacto total será de 34.000 toneladas de dióxido de carbono, aunque gracias al proyecto Coolingman se compensarán gran parte de las emisiones. Los paneles del Black Rock Solar se triplicarán y el programa Yellow Bike se asegurará de que nadie se quede sin bici (ni siquiera las amazonas que se apunten al 'critical tits' y quieran exhibir sin pudor sus pechos en dos ruedas). Los únicos vehículos a motor que podrán circular por la playa serán lo que logren la distinción de mutantes.

Pedaleando a lomos de un gigantesco pez de aluminio, Duane Flatmo se pasea a última hora de la tarde por el secarral. Flatmo es posiblemente el más celebrado autor de esculturas cinéticas del noroeste americano, «todas ellas de tracción humana y emisiones cero». El pez se lo ha fabricado en dos años, fundiendo baterías de cocina y exprimiendo como nunca la imaginación.

En Burning Man podremos subirnos también a un gigantesco triciclo solar, o ascender a una torre petrolífera para contemplar «El crudo despertar» de la especie humana, o meternos en los intestinos de dos camiones retorcidos, clavados como un oxidado interrogante en mitad del desierto ('Big Rig Jig', de Michael Ross).

El arte y el arco iris ponen el telón de fondo, pero lo que importa es participar, sumarse al rito iniciático y colgar los hábitos de la civilización durante unos días, con los torsos al desnudo y sin dólares en el bolsillo. Tan sólo el café y el hielo se pueden comprar; la moneda corriente en Black Rock City es la generosidad y el trueque.

Monique Brown, bailarina y profesora de yoga, vino de California en un autobús 'hippie'. Sus padres estuvieron en Woodstock «pero se acomodaron hace tiempo». Se apuntó por segunda vez a Burning Man «para quitarle el polvo a eso que llamamos vida normal y descubrir que hay otras posibilidades».

Burning Man es ante todo un bazar humano, en el que uno puede encontrarse arlequines en bicicleta como Frankie Marcuso, fabricante de tambores. O predicadores ecológicos al estilo de Tian Harter, que aborda a los paseantes con minidiscursos de dos minutos, llevando a rajatabla las prédicas de Gandhi: «Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo... Convéncete a ti mismo de que puedes prescindir del coche».

En el mirador de Sustainable Village, uno de los campamentos temáticos , nos encontramos con Jean Luc Bango, ocupante del bus que funciona con aceite vegetal. «Nunca había asistido a una fiesta tan masiva como ésta», asegura tambaleándose a plena luz del sol.

Ahí le duele al Burning Man: muchos de los pioneros han desertado porque aquello se parece cada vez más a una interminable fiesta 'rave', con el retumbar incesante de la música 'techno' y poco espacio para todo lo demás. Hay quienes critican al fundador Larry Harvey por haber permitido que la llamada del desierto, emblema de la otra América durante casi dos décadas, se convierta en una contrautopía comercial que mueve al año 10 millones de dólares.

De ahí el interés por ponerle sustancia a la traca final, que en la última cita se llamó el Hombre Verde y en la próxima afronta el reto de reinventar a estas alturas el Sueño Americano.

Publicado en Natura 27 - 12.07.08

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