18 de junio de 2008

En busca de la 'ecociudad'

Los vecinos toman las riendas para devolver la dimensión humana a la urbe
CARLOS FRESNEDA | CORRESPONSAL EN NUEVA YORK / EL MUNDO
El páramo urbano se llamaba Portland. Estrangulada por las autopistas, asesinada por las industrias a orillas del río, la ciudad moribunda parecía condenada a seguir el triste destino de tantas urbes estadounidenses, trituradas por el coche. Pero algo empezó a cambiar a principios de los 80, cuando las calles se abrieron a las aguas anchurosas del Willamette. Poco después se rehabilitó Pioneers Square, la plaza-anfiteatro del pueblo. La gente volvió a caminar y a sacar la bicicleta, y luego volvieron los tranvías. La ciudad decidió no crecer hacia afuera, sino hacerlo hacia dentro. En vez de cinturones de asfalto, un inmenso anillo verde, con la cumbre cercana del Monte Hood como eterno ancla.

Aunque los cimientos de la ecociudad de Portland lo pusieron los vecinos allá por 1996. Un puñado de activistas crearon City Repair, con la misión de «transformar creativamente» los lugares en los que vivían. Los 'reparadores' 'de la ciudad' ocuparon espacios públicos, los pintaron de colores, construyeron parterres y jardines, y quioscos con tejados verdes, y ubicuos bancos de arcilla...

«Nadie nos dio permiso, pero así es como empiezan las revoluciones», recuerda el arquitecto Mark Lakeman, 47 años, uno de los pioneros de Portland. «El espacio urbano es de todos, y tenemos el derecho a reinventarlo. Los políticos no tardarán en seguir nuestro camino: lo que hemos conseguido aquí se puede replicar en cualquier ciudad del mundo».

Lakeman nos emplaza en la Sunnyside Piazza, uno de los lugares emblemáticos de City Repair. Lo que antes era un cruce como tantos otros, en la calle 33, es ahora un lugar especial, con ese sol pintado en el asfalto que irradia calidez en todas las direcciones. Los bidones de colores, el templete de hierro, la fuente con mosaicos... Todo incita a hacer un alto en el camino.

Surcado por un río plácido de ciclistas y paseantes, Lakeman nos explica los secretos de la permacultura urbana que ha transformado ya más de un centenar de espacios... «Es tan fácil como crear puntos de encuentro, recuperar el sentido de comunidad e incorporar algún elemento natural, alguna historia que sirva para conectar a la gente y transformar las calles».

Portland acaba de festejar su semana grande de Convergencia Vecinal, con cientos de 'reparadores urbanos' embarcados en el sueño común. Aquí se acaba de celebrar también la última conferencia de la Car Free Cities, caminando hacia la utopía de la ciudad sin coches. Con más de 1.000 kilómetros de carriles-bici en el centro y en la periferia, Portland es la meca norteamericana de las dos ruedas, marcando de paso la pauta del 'smart' 'growth' (el crecimiento urbano inteligente, como antídoto a la marabunta de los adosados y los suburbios).

Pero Portland (Oregón), con su medio millón de habitantes, no está sola en la busca de la ecociudad. Apenas 200 kilómetros la separan de Seattle, la primera urbe norteamericana en apuntarse a los acuerdo de Kioto. Como reacción a la ceguera de los gobernantes del país, las ciudades se han embarcado en un proceso de transformación cada vez más visible en lugares como Austin (Texas) o Chattanooga (Tennessee), y también en Nueva York, Chicago, Filadelfia o San Francisco, encaramadas al 'top' 'ten' de las ciudades más verdes.

En San Francisco se celebró en mayo la séptima conferencia mundial EcoCity, con expertos llegados de una veintena de países para explorar el presente y el futuro de las ecociudades. Ofició de maestro de ceremonias Jaime Lerner, ex alcalde de Curitiba (Brasil) y precursor de la «acupuntura urbana», con sus recetas probadas para dar nueva vida al tejido urbano.

«La ciudad no es el problema, la ciudad es la solución», proclamó Lerner. «Más de la mitad de la población mundial vive ya en ciudades. Es una tendencia imparable y fundamentalmente buena para las comunidades humanas, y buena para la salud del planeta».

'Curitiba: una verdad conveniente' fue el documental estrella de la cumbre EcoCity 2008, con Jaime Lerner en el papel del Al Gore urbano. «Nos enfrentamos a grandes resistencias iniciales»", recordó el arquitecto, «pero teníamos una visión muy clara de la ciudad y tomamos la decisión de caminar hacia ella lo más rápido posible. La primera calle la hicimos peatonal en una sola noche... Cualquier ciudad, en el plazo de tres o cuatro años puede mejorar radicalmente su calidad de vida».

Lerner nos invitó a subir -o a levitar- en la red radial de Autobuses Rápidos (BRT), que llegan puntualmente cada 15 segundos y surcan la ciudad con la celeridad del metro. De ahí pasamos al sistema pionero de reciclaje urbano, a la campaña precursora de plantación de un millón de árboles, a la red de humedales para controlar las inundaciones y a los parques donde los pastores y sus ovejas cortan regularmente la hierba.

«El estado del planeta está íntimamente conectado con la salud de nuestras ciudades», advirtió Richard Register, presidente de EcoCity Builders. «Sólo si logramos resolver los problemas ecológicos y económicos a escala local podremos plantar cara al reto del cambio climático. Tenemos que pensar en las ciudades como ecosistemas vivos, y como cuna de todas las innovaciones para reducir nuestro impacto ambiental».

Vivir en una ciudad compacta puede disminuir la huella de carbono del habitante medio hasta un 40%. Esa fue una de las principales conclusiones del EcoCity 2008, donde todos los reflectores apuntaron hacia Vancouver, la meca verde de Canadá, incubadora del concepto de ecodensidad.

«La densidad disminuye el consumo de energía y de agua, reduce drásticamente los residuos y retira miles de coches de la circulación», recalca el urbanista Brent Toderian, director de Planeamiento de Vancouver. «La densidad tiene multitud de beneficios ambientales y ayuda a liberar espacios verdes. En nuestra ciudad hemos decidido crecer de una manera compacta y desmontar la infraestructura diseñada para los coches».

Más de 45.000 vecinos han regresado a la ciudad desde los suburbios. Los niños vuelven a campar a sus anchas en bicicleta por la bahía, rumbo al incomparable Parque Vanier, bajo los destellos verdes de los nuevos rascacielos bioclimáticos. «Nuestro objetivo es seguir disminuyendo los kilómetros motorizados per cápita y rebajar año tras año la huella ecológica de nuestros 600.000 habitantes», concluye Toderian.

Seguimos en San Francisco, en la cumbre Ecocity, y nos pegamos ahora a la rueda de Jared Blumenfeld, el director de Medio Ambiente de la ciudad. En pocos hábitats urbanos la bicicleta se convierte en una experiencia tan trepidante: del Golden Gate a la fronda selvática del Presidio, del parque Twin Peaks a la Academia de Ciencias de California, a contemplar la ecomaravilla que ha diseñado Renzo Piano, con ese tejado verde que parece flotar sobre el parque. Y de allí al mítico Embarcadero, con más de 10.000 ciclistas sumándose a la masa crítica y reivindicando su espacio en la ciudad de los tranvías.

«La bicicleta se adapta a cualquier ciudad», sostiene Blumenfeld, que todos los días se hace 10 kilómetros de ida y vuelta al trabajo. «Las colinas de San Francisco nunca han sido un obstáculo y siempre se pueden rodear. Nos propusimos superar el objetivo del 10% de los desplazamientos en bici... Los objetivos son muy importantes: sin una meta concreta es muy difícil avanzar».

Otra misión cumplida: el 70% de la basura que produce la ciudad se recicla. Unos 200 camiones de basuras funcionan con biodiésel y tienen compartimentos especiales para la recogida de reciclables. La ciudad cuenta con varios centros de compostaje para la basura orgánica y la meta es llegar en 2020 a la utopía del 'zero' 'waste': residuos cero.

San Francisco ha sido también la primera ciudad norteamericana en atajar la plaga de los 100 millones de bolsas de plástico que circulaban libremente todos los años, hasta que la ciudad decidió prohibirlas hace un año de modo escalonado y sustituirlas por bolsas de material compostable o reciclado.

«Ahora nos hemos propuesto avanzar en la construcción», asegura Blumenfeld. «Todos los edificios nuevos tienen que tener una certificación de oro del LEED (liderazgo de diseño en energía y medio ambiente), y pronto acometeremos la tarea de pedir la renovación de los edificios viejos para lograr la máxima eficiencia». El sol, el viento y la energía maremotriz le permitirán a la ciudad alcanzar el objetivo de 20% renovables en el año 2015.

Bajo la consigna 'Pon la naturaleza en tu patio', San Francisco se ha embarcado la tarea de reverdecer aún más la ciudad. «Contamos con la gran ventaja de unos ciudadanos muy concienciados con el medio ambiente», admite Blumenefld, con sangre británica en las venas. «Muchos hemos venido aquí buscando precisamente un vibrante ambiente urbano y un contacto muy directo con la naturaleza».

Saltamos a la otra costa y nos plantamos en Filadelfia, que está pasando por un intenso proceso de reconversión a la ecociudad. Howard Neukrug, director del Departamento de Cuencas de Agua, tiene en mente la idea de la ciudad esponja: aprovechar el caudal del río Skuylkill, recuperar los arroyos que quedaron cegados por el asfalto y construir una red de calles permeables y de filtros vegetales.

«Las ciudades han cercenado la naturaleza y han creado muros y barreras por doquier», recalca Neukrug. «Queremos recuperar al máximo la orografía original, devolver los meandros a la ciudad y permitir que la naturaleza fluya. Podemos capturar y reaprovechar hasta un 75% de las lluvias, y utilizar ese agua tan preciada para reverdecer la ciudad, en vez de colapsar los sistemas de alcantarillado».

El esplendor fluvial del parque Fairmont lo dice todo sobre el futuro de la ciudad, que ha decidido darle un uso a decenas de solares baldíos como huertas urbanas... Jade Walker, 28 años, faena con el rastrillo y con el azadón en la Mill Creek Farm, un vergel surgido en apenas tres años en el corazón de un barrio de clase baja y de mayoría negra. «La gente aquí no tenía acceso a verdura fresca y se alimentaba sobre todo de comida basura», recuerda Jade. «Ahora tienen por fin la cosecha autóctona: lechugas, espinacas, guisantes, zanahorias y remolachas cultivadas a la vuelta de la esquina».

Jade Walker y Johanna Rosen son el alma compartida de la huerta urbana de Mill Creek, donde las abejas producen también la miel autóctona. Su labor tiene también una punto de activismo social: «En los barrios marginales de las grandes ciudades se están sembrando las semillas de la justicia ambiental, que reclama un medio ambiente sano y comida limpia para todos».

Acabamos nuestro recorrido en el Greenmarket de Nueva York, el más emblemático de los más de 6.000 mercados de granjeros en EEUU que traen hasta el asfalto el olor a tierra mojada. Hace 30 años, Union Square era un parque desolado donde sólo crecían las malas hierbas, hasta que el urbanista Barry Benepe tuvo la idea de hermanar campo y urbe. Aquí, entre puerros silvestres y rábanos rabiosamente rojos, late el corazón verde de la ecociudad, en la que también hay sitio para los tejados verdes, los taxi-bicis, los jardines comunitarios y los anhelos compartidos de millones de ciudadanos.

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