17 de mayo de 2008

Austin, el oasis de Texas - La otra América VIII


La cultura alternativa y la conciencia ambiental florecen en una ciudad que nada tiene que ver con el resto del Estado, uno de los más conservadores

Entrar en la Casa de Luz es sumergirse en el vergel de la vida. El bosque de bambú, la casa de té y el jardín zen van marcando el camino en medio de un revoloteo de pájaros. El colegio, las salas de yoga y masajes y la escuela culinaria son apenas una mancha de color ocre en medio de la fronda tropical. Cuando uno llega por fin al comedor, no es ya el hambre lo que azuza, sino más bien las ganas de volar.

Cuesta creer que todo esto fuera una planta empaquetadora de carne hasta 1991. Las fotos dan cuenta de la ruina, y la báscula queda como vestigio de aquel pasado cruel. Había que cambiarle el 'karma' al lugar, y nada mejor que un centro comunitario donde se explorara otra manera de comer, de pensar y de vivir en el corazón de Austin.

Eduardo Longoria, 'Wayo' para los amigos, es el alma del lugar. Mexicano de Nuevo Laredo, recaló en el insospechado oasis de Texas para medrar en los negocios. La recesión de los 80 golpeó duro, y en esos momentos de crisis personal nació la idea de crear un punto de encuentro que recogiera la semilla del Centro Este-Oeste, el faro que durante tantos años iluminó Austin.

El nombre le golpeó como un rayo: Casa de Luz. Y la desvencijada fábrica de carne, a medio camino entre el centro de la ciudad y el manantial sagrado de Barton Springs, le pareció como caída del cielo. Se unieron en la aventura Joe y Claire Bruno, que buscaban un local para una escuela Montessori.

«Nos dejamos la piel trabajando, pero fuimos capaces de construir nuestro propio sueño», recuerda Joe, al frente de la Parkside Community School, donde estudian ahora más de 130 niños. «Yo diría que Casa de Luz es más bien un sueño trascendente, más allá de lo que nunca pensamos», matiza Wayo, con un pie puesto ahora en la construcción de un pueblo donde practicar la experiencia de estos años.

«Empezamos como un centro minoritario, inspirado en la filosofía macrobiótica de George Ohsawa», recuerda Wayo. «Ahora llega cada vez más gente de todo tipo, buscando una manera de vivir más saludable y respetuosa con el planeta... El alimento es la punta del iceberg. Crear comunidad es lo que me interesa».

Las clases de cocina del Natural Epicurean School, el yoga en español de Patricia Méndez o las terapias alternativas de The Healing Touch son otros de los reclamos. En las mesas comunitarias de Casa de Luz se reúnen los miembros de Design, Build, Live o los jardineros orgánicos de Austin, al reclamo de las 'gorditas', las 'fajitas', el 'pozole' y tantas delicias locales, estrictamente veganas. «La naturaleza planifica nuestro menú», puede leerse en el lema escrito en la cocina y visible desde el luminoso comedor. La comida se bendice y se celebra cada mañana en un círculo ritual en el que participan la mayoría de los 30 trabajadores, en su mayoría hispanos.

«Somos muy afortunados con la dulzura y el trabajo de nuestra gente», asegura Wayo. «Los latinos formamos parte del espíritu de Austin, esta ciudad única que tiene tan sólo un problema: está rodeada por Texas». Certifica sobre la marcha uno de tantos contertulios a la hora del desayuno, Bruce Shotkin: «Yo dejé atrás Nueva York por Austin. El agua, las colinas y la geología contribuyen a la magia del lugar. Pero el auténtico secreto es la gente: todos venimos aquí con un tremendo deseo de explorar».

Dawn Pallavi, fundadora de la Natural Epicurean School, vive a caballo entre Boston y Austin y siente un apego indescriptible por la Casa de Luz: «Éste es un sitio que transforma en todos los sentidos. Es el baño de naturaleza, es la comida orgánica, es la gente que encuentras...». Dawn trabaja dentro del oasis mientras su hija de nueve años, Joey, va a la escuela al otro lado de la valla. A la hora del almuerzo, la Casa de Luz se troca en comedor idílico de la gran familia de Austin, rebosante de niños, destellos y pájaros.

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EL ALMA LÍQUIDA DE AUSTIN

El Manantial Sagrado de los tonkawa. Para los indios era el manantial sagrado. Los vecinos de Austin lo veneran desde 1917 como el alma líquida de la ciudad. Robert Redford aprendió a nadar aquí, en las aguas cristalinas de Barton Springs, y por eso ha querido apadrinar personalmente 'The Unforeseen' (Lo imprevisto), la película que relata la lucha de los austinitas por salvar su amado balneario de las garras de la especulación. En el documental de Laura Dunn, hay una imagen constante que se clava en la retina: la de los niños chapoteando en las aguas de Barton Springs como si fuera su elemento natural. El malo de la película, el magnate inmobiliario Gary Bradley, pone la tensión escénica: «Veo la tierra como un lienzo, sólo que en vez de pintar me dedico a urbanizar». Bradley no contaba con el espíritu rebelde y combativo de los vecinos de Austin, herederos de Angelina Eberly, la Agustina de Aragón local. La vibrante capital de Texas -nada que ver con el resto del Estado- defendió con uñas y dientes su más preciado bien público con una ruidosa campaña y un referéndum que sirve ahora de referente mundial. Lo imprevisto es un tributo a un paisaje y a un paisanaje, hermanados en esta ciudad que presume de ser capital de la música y de la alta tecnología. El orgullo local se demuestra en el arte callejero, en la pasión por los deportes al aire libre, en la veneración por los murciélagos autóctonos y en campañas como 'Keep Austin Weird' (Mantén Austin raro). El espíritu indomable se refleja todos días en este mágico manantial.

Enlace al espacio web del Natura de El Mundo, desde aqui al pdf completo y desde aqui al pdf del arttículo (con imágenes)

Carlos Freseneda | Corresponsal en Nueva York

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