25 de abril de 2008

soñando Nuevo México - La otra Amércia IV


Foto: Isaac Hernández

La Tierra es la madre, el agua es la sangre»... Miguel Santistevan habla un castellano ancestral, de cuando llegaron a Nuevo México los conquistadores con los caltecas, allá por 1598, y empezó ese mestizaje que aún perdura, en los surcos de la piel y en los poros sedientos del desierto, recorrido por los brazales, las 'sangrías' y las acequias.

Estamos en La Española, a medio camino entre Santa Fe y Taos, en tierras entrañablemente cercanas por la aridez y por las resonancias... «El agua es la vida y aquí la veneramos como el maná del cielo», afirma Miguel Santistevan, azadón en mano, a la vera de la acequia madre de Santa Cruz.
Miguel conoce las 'venas' de Nuevo México como si
fueran las de su propio brazo. Lleva la mitad de sus 37 años recorriéndolas, velando para que mantengan el rumor y el caudal, defendiendo el «repartimiento» y la «querencia» de los parciantes frente a los abusos del urbanismo salvaje y los campos de golf.

Hasta en eso se nos parece el paisaje de Nuevo México. En un territorio algo mayor que media España, partido en dos por el Río Grande y apenas poblado por dos millones de habitantes, la mancha de ladrillo y asfalto está mordiendo a la tierra y al adobe. «La herencia milenaria de los indios y los españoles que crearon los canales de irrigación está bajo amenaza», advierte Miguel. «Como reza el dicho, el agua corre hacia arriba cuando hay dinero por medio».
«¡El agua no se vende, el agua se defiende!» es uno de los lemas de los parciantes, hermanados por un sistema cooperativo que ha sobrevivido a sequías y hambrunas.
Pero el cambio climático ha hecho estragos en la última década, y Santistevan teme que «la avaricia y la ceguera» acaben drenando el fluido vital y condenando al estado a la sed permanente.

Nuevo México es suelo fértil para las ensoñaciones, pero no para las cosechas. De sueños también se vive, y en eso están la Asociación de las Acequias, y Amigos Bravos (velando por los cauces, y Tierra Lucero (uniendo a los agricultores ecológicos), y la Asociación de Agricultores Tradicionales Nativos (protegiendo las semillas), y New Energy Economy (impulsando la conversión a las renovables). Bajo el paraguas de Dreaming New Mexico, más de medio centenar de grupos ha unido fuerzas para soñar con un Estado mejor.
«Sin un sueño al que aspirar peligra el futuro», asevera Kenny Ausubel, fundador de los Bioneros, que han echado raíces en la lejana Lami y desde allí dibujan el mapa imaginario. Con la ayuda de Google, esa visión futurista sostenible se ha hecho realidad desde el cielo, y hacia ella avanzan.

Uno de los primeros pasos ha sido la Declaración de la Soberanía de las Semillas, firmada en Alcalde por decenas de agricultores «resistentes al sistema de industrialización de los alimentos que corrompe nuestra salud, nuestra libertad y nuestra cultura». Entre los impulsores de la declaración está Clayton Brascoupé, un indio 'mohawk' que cambió los bosques del noreste por los bancales del río Tesuque, donde cultiva maíz, judías, guisantes y verduras orgánicas.
«Casi todo es para nuestra subsistencia», asegura. «Los indios trabajamos para poder comer y luego tenemos otro empleo para pagarnos los gastos».
Clayton Brascoupé nos abre las puertas de su casa de adobe en el pueblo polvoriento de Tesuque para enseñarnos sus más preciados tesoros: mazorcas de maíz negro, azul, rojo, blanco, multicolor... «Son las semillas que nos dejaron como legado nuestros ancestros, y para nosotros tienen un contenido espiritual».

Brascoupé lleva las riendas de la Asociación Americana de Agricultores Nativos y Tradicionales. Hace 17 años, preocupados por el impacto de la alimentación industrial y la cultura de los casinos, los granjeros indígenas unieron fuerzas y ahora cuentan con gran presencia en mercados locales.

«Los alimentos sanos son sagrados para nosotros», añade Brascoupé. «Nada atenta más contra nuestros principios que el maíz transgénico. Creemos que una semilla saludable hará a la gente saludable». Su sueño es la creación de una red de «bibliotecas de semillas» donde se preserve la herencia agrícola de los pueblos.

En territorio de los Navajo, al sur del Estado, los médicos Lucy Boulanger y John Fogarty pudieron palpar otro de los efectos descarnados del progreso. «Allí son bien visibles los efectos de las energías sucias», asegura Fogarty. «Es el lugar con mayor índice de enfermedades respiratorias del país». Tras siete años de trabajo, Boulanger y Fogarty decidieron crear New Energy Economy e impulsar la conversión de la reserva a las energías eólica y solar. «El paisaje está cambiando a pasos agigantados: los navajo han descubierto que hay un modo mucho más limpio de invertir en su propio futuro». Y también rentable, en un lugar con 300 días al año de puro sol


LOS 'RÍOS Y PÁJAROS' DE ROBERTA
Salir al exterior. Las montañas de la Sangre de Cristo velan por el pasado y el presente de Arroyo Seco, un poblachón de apenas 1.000 almas, entre la madera y el adobe, con un pie en el valle y otro en el desierto. Doscientos años hace que echaron raíces aquí los hermanos Cristóbal y José Gregorio Martínez, que venían de Río Arriba. Y una década lleva Roberta Salazar agitando las alas de la asociación Ríos y Pájaros, invitando a los niños a que exploren el mundo natural, arrastrando a los visitantes hasta orillas del lago Williams, donde se reflejan los picos más altos e insospechados de Nuevo México. «Los niños de hoy en día apenas pasan tiempo a cielo abierto», se lamenta. «Incluso en un lugar como éste, donde el apego a la tierra ha perdurado durante siglos, se han perdido los lazos con el entorno. Si queremos un futuro saludable y sostenible, tenemos que ayudar a los más pequeños a conectar con la fuente primordial de la vida».
Roberta, 50 años, ejerció como bióloga hasta que sintió la llamada de la educación. Junto al ornitólogo Jim Travis y a un equipo de científicos y pedagogos fundó Rivers and Birds, con ese pájaro de la paz como emblema y un lema que lo dice todo: «Aventuras en el aprendizaje». Más de 2.000 niños en medio millar de escuelas aprenden en la actualidad con ellos.

Carlos Fresneda. El corresponsal de EL MUNDO en Estados Unidos sigue buscando a quienes proponen alternativas a la crisis ambiental del planeta. En su cuarta entrega, recala en Nuevo México, donde algunos pioneros exploran otro modo de vida

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